Archivo de la etiqueta: Gimnasio

Los que hacemos deporte somos gilipollas

Me he dejado de tonterías en el título. Es una verdad como una casa, amigos: los que hacemos deporte con cierta asiduidad nos convertimos en gilipollas de primera. Expondré mis argumentos antes de que un montón de runners vengan resoplando con sus sneakers a trote cochinero a darme una colleja.

deporte3A priori, yo no soy carne de gimnasio. Siempre he sido torpe. Torpe y vaga. No, esperad: torpe, vaga y glotona. Y encima no soy Ana Blanco, así que los años pasan por mí y ahora una buena comilona me deja hinchada para una semana. Y para colmo, digamos que me he echado un novio que también es de buen comer. El otro día en un restaurante tuvimos que convencer al camarero de que de verdad queríamos pedir toda esa comida; él la trajo escéptico, pero nosotros arrasamos con todo y añadimos un postre.

deporte4El tema es que esos excesos no caen en saco roto. De hecho, caen en mis caderas, mis muslos y mi tripa. -Y en los brazos un poco, debo dejar de engañarme con este tema.- Y esta, amigos, esta es la verdadera razón para machacarme en el gimnasio: el poder comer bien y luego no verme como cuando regresé de Erasmus, que ni mi propio padre me reconoció de lo foca que estaba.

¿Que me encuentro mejor desde que hago deporte de una manera regular? Sí.
¿Que lo cierto es que mi cuerpo ya lo “necesita”, y si no voy lo echo en falta? Sí. ¿Que he conseguido que me divierta cada vez más? Sí.
¿Que prefiero ir al gimnasio antes que tumbarme en el sofá? NO.
¿Que me gusta más hacer spinning que irme a tomar una caña? NO.
¿Que el gimnasio me entretiene más que una tarde de tiendas? Tampoco.

Hacer deporte es incómodo. Hacer deporte es sucio. Hacer deporte cansa y, a veces, duele. Y quien diga lo contrario, miente. Pero no es por esto que los que hacemos deporte somos gilipollas, porque después de practicarlo te sientes genial, y al fin y al cabo estás haciendo algo bueno por tu cuerpo. Así que no es eso, no es que seas gilipollas por el hecho de querer hacer ejercicio, no es que la estupidez sea un denominador común de la gente que se ejercita. El asunto es otro: hacer deporte nos convierte gradualmente en gilipollas.

El pobre Arnold se tuvo que poner a hacer películas para que la gente valorara sus músculos.

El pobre Arnold se tuvo que poner a hacer películas para que la gente valorara sus músculos.

No somos gilipollas por el hecho de practicarlo, sino que algo nos hace clic y nos convierte en unos posturas insoportables. Los concursos de culturismo empezaron a existir porque no había Facebook y de alguna manera esos cachas tenían que demostrar las palizas que se metían con las pesas. Porque si no lo demuestras, ¡¿para qué vas?!

Todos sabemos quiénes de nuestros amigos hacen deporte, y no porque se les note, sino porque sienten la imperiosa necesidad de contarlo. A algunos sí se les puede ver, es verdad que a la mayoría de los chicos en los brazos se os nota bastante, pero no importa: no necesito fijarme o tocarte el bíceps, ya voy a saber de antes si haces deporte gracias a Facebook, Twitter o Instagram. Y si no eres de redes sociales, me lo harás saber, tranquilo. Mi padre lleva años de sutiles comentarios sobre lo fuerte que está gracias al gimnasio (que no quita que sea cierto, padre).

Esos partidos en los que aún sentís que puede haber ojeadores del Madrid observando.

Esos partidos en los que aún sentís que puede haber ojeadores del Madrid observando.

Me da igual qué hagas: pachanguita de fútbol con los colegas que os hace sentir más jóvenes (sí, lo siento, es así), máquinas de gimnasio fichando las mallas de esta o los músculos de aquel, spinning, zumba, boxeo, body combat, body pump, crossfit, running o petanca. Da igual. Todo vale y todos lo contamos. Todos.

Yo me apunté al gimnasio hace muchos años. De hecho, en 2007 escribí aquí el día de mi inscripción, y en 2008 reconocí que se quedó en eso, en inscripción. No había ido ni una sola vez, pero en esta segunda ocasión ya contaba que estaba empezando a ir y relaté mi experiencia introduciéndome en el ambientillo del gimnasio. En un alarde de genialidad lo titulé Gym-Tonic (nunca dejaré de sorprenderme a mí misma).

Claudia y yo vamos a hacer deporte, por si no os habéis enterado.

Claudia y yo hacemos deporte, por si no os habéis enterado.

La cuestión es que durante estos seis años he ido de manera bastante irregular, hasta hace unos meses, cuando mi amiga Claudia y yo nos hemos puesto muy en serio y procuramos ejercitarnos cuatro o cinco días a la semana. Y me parece que esto no es nuevo para nadie, porque, insisto, OS LO HE CONTADO A TODOS, y no sólo por Facebook, porque en los grupos de WhatsApp también hay que dejar caer el deporte que se hace durante el día. Y si no conocías este aspecto de mi vida, es que no me conoces en persona o tan cercanos no somos, reconsideremos nuestro grado de amistad.

Mira que yo intento parecerme a Irina, pero oye... algo debe de estar fallando.

Mira que yo intento parecerme a Irina, pero oye… algo debo de estar haciendo mal.

Como no puedo dejarme palpar por toda la humanidad que tan gustosamente comprobaría mis tonificados músculos (ojo a las piernas, ojo), y como empiezo a asumir que jamás tendré el cuerpo de Irina por mucho que me machaque, pues lo cuento. Lo cuento porque si no, no cargo todo el día con una bolsa sudada para arriba y para abajo, no me ducho en baños comunes con chanclas, ni sudo como una condenada frente a 30 desconocidos mientras un monitor me grita a ritmo de bachata.

Lógicamente, encuentro sus beneficios, que por ahora superan a los inconvenientes. Como decía antes, me encuentro mejor y yo sí me lo noto, que al final es lo importante. Pero en el fondo, por muy orgullosa que esté de mí misma, la gente no tiene por qué saber que si yo no me ejercitara pesaría unos cuantos kilos más. Es más, sospecho que en la playa este verano nadie va a darse cuenta de que tengo la curva de la cintura ligeramente más marcada gracias al pump… y voy a tener que acercarme a contarlo, lo estoy viendo. -Nota mental: mandar a imprimir folletos informativos de mis avances en el gimnasio. Buscar afluencia de veraneantes en playas de Tarifa para calcular la cantidad.-

Me da igual reconocer esta gilipollez en este foro de la autohumillación en el que he convertido mi blog. Esta vez me da igual porque no soy la única, las redes sociales están plagadas de posteos de amigos vuestros que hacen deporte. Existen cuatro tipos de testimonio:

Yo confieso: me he puesto las calas de spinning en la calle sólo para esta foto.

Yo confieso: me he puesto las calas de spinning en la calle sólo para esta foto.

-Los que ponen (ponemos) foto de las zapatillas: los mindundis. En verano quizá os deje ver mis pintas en chándal, porque al menos estaré morena y en un sitio chulo, pero el resto del año se ponen las zapatillas. En la calle, en el gimnasio o donde sea. Yo, que me consideraba normal, he llegado a ponerme las calas de spinning ya en la calle porque a Claudia y a mí se nos había olvidado hacer la foto de rigor dentro del gimnasio un día que fuimos a una clase especialmente dura.

-Los que publican la ubicación del gimnasio: los mindundis efectistas. Entiendo que estos son los que van a buenos gimnasios y lo dejan caer: “hago deporte y tengo poderío, nena.” Relacionado con el deporte es un postureo regulero, pero seguro que tiene su público objetivo.

-Los que comparten los tiempos y recorridos de sus carreras: los pro. Nadie pone que ha hecho 4 km. corriendo en círculos y en plano por Canal. Tienes que molar para poner tu recorrido. Y lo sabes.

-Los que se hacen autofoto en el espejo: los muy pro. Es una vertiente latina que comienza a aflorar en mi muro de Facebook. Suelen ser tíos y, obviamente, están cachas, si no no hay huevos de subirla.

No importa. Yo lo entiendo y lo voy a seguir haciendo.  Porque, como veréis, desde el titular y a lo largo de todo el post, siempre he hablado en primera persona. Sí, yo hoy lo reconozco: HACER DEPORTE ME HA CONVERTIDO EN UNA GILIPOLLAS.

Y esto os lo digo mientras miro si el hotel al que voy la semana que viene tiene gimnasio.
-Nota mental: buscar ubicaciones con mar de fondo en las que contrasten mis zapatillas de correr. Digo de running.-

deporte8

Gym-Tonic

Shame on me. ¿Recordáis que me apunté al gimnasio el año pasado? Bueno, pues en esa ocasión desperdicié, (frente a todo pronóstico, ¿eh?) un maravilloso bono de diez entradas válido durante seis meses… Porque fui dos veces.

¿Y por qué debería avergonzarme? Pues porque desde abril de este año vuelvo a ser abonada del mismo gimnasio y, atención, ¡voy! ¡Y no lo he contado todavía aquí!, con el jugo que puede dar el tema…

Atentos: de abril a julio, miércoles y viernes, una hora de lo que llaman GAP (Glúteos, Abdómen, Piernas). Pero no es operación bikini, ¿eh? Eso es demasiado tópico…

Tú te apuntas, y cuentas emocionada el total de días que asistirás, y así a ojo calculas lo estupenda que te vas a poner para el verano. Error, queridos, error. El primer número lo divides por la mitad, la segunda imagen la doblas exactamente. Et voilá! Tu imagen en bikini para el verano.

Aparte de eso, a mí me divierte bastante ir al gimnasio, la verdad; es como adentrarte en una dimensión desconocida. Y tras cuatro meses no acabo de adaptarme.

Lo primero, ¿por qué son todos tan felices? No voy a hacer suposiciones malintencionadas sobre lo que se echan en los batidos estos reconstituyentes -sólo con pensar en sabores tales como chocolate con plátano me pongo enferma-, pero en serio que no me parece normal lo sonrientes que son todos los de la recepción. ¿El problema?, pues que no sé a qué se debe tanta amabilidad. ¿Quieren retenerme más meses? ¿Les caigo bien? ¿En realidad su sonrisa es de pena y te miran de arriba abajo pensando “pooobre…”? No sé. Me confunden; no consigo captarles y cada vez que entro en el recinto me siento incomodísima.

De todas maneras eso se pasa pronto, porque en seguida ves que todos los cachitas que te saludan y sonríen publicitan un calendario en el que han posado desnudos para recaudar fondos. Que qué manía, ¿eh? De toda la vida, para poder irte de viaje de fin de curso hacías fiestas y camisetas, no te ponías a posar en pelotas. Pero últimamente la gente ha perdido la vergüenza y se dedica a apropiarse meses del año y a hacerse fotografías absurdas -y por lo general malas- con cualquier excusa. Con lo cual, ya lo siento si habéis participado en algo así, pero consiguen que pase de la confusión a cierto sentimiento de… ¿superioridad?. No sé, pero ya no me atoran.

El caso es que después de eso, toca bajar las escaleras hacia el vestuario, el lugar donde se comprueba que, definitivamente, la gente no tiene ningún tipo de pudor. Tengo veinte años y puede que esté anticuada, pero a mí ver señoras completamente desnudas ya me descoloca del todo. Que sí, que suena bien, que será la fantasía de muchos… Pero no os equivoquéis, porque a mi gimnasio no vienen, gracias al cielo, Gisele Bundchen y Jessica Alba, sino la señora que está echando barriga y la gordita que necesita hacer ejercicio. La realidad puede ser muy cruda…

Para superar este mal rato (yo vengo cambiada de casa) me concentro en mirar mis zapatillas, con lo cual no sé muy bien cómo es el vestuario, porque es que se pasean como Pedro por su casa, y en cuanto te descuides, ¡zas!, más de lo que querías verle a la señora de sesenta años.

Otra persona a la que no le importa enseñar más de lo que yo opino que debería es a mi monitor. Es un mocetón encantador -sí, mocetón es la palabra- y muy profesional, pero debe de ser que no encuentra pantalones cortos de su talla, por lo que el pobre va más bien apretado. Si lo ves de pie, bueno, choca pero está todo controlado; pero, claro, cuando te tienes que poner de rodillas en el step y levantar la pierna para atrás… la cosa se complica. Una vez más, yo opto por mirar al suelo y hacerme la sueca.

Pedro, así se llama el mocetón, también es un espécimen propio del hábitat del gimnasio, que cada dos por tres siente la necesidad de gritar cosas como “¡Vamos, chicos!” o “¡Sí! ¡Con fuerza, siéntelo!”. También tiene la capacidad de gritar por encima de una música que ni la mejor rave de Madrid. Ésta varía con el profesor, pero jamás cambiará algo: cuanto más hortera, más motiva. O eso es lo que deben de pensar ellos, porque madre mía, aparte de que suelen ser letras hablando de cosas completamente inapropiadas cuando te encuentras tumbada boca arriba aprentando el culo para endurecerlo, la música es como de feria de pueblo. Pero a ver quién rompe esa tradición. No seré yo, desde luego.

Lo cierto es que cuando termino en el gimnasio me siento bien, estoy contenta por haber hecho algo. Y aunque no es que esté consiguiendo el cuerpo envidiable que yo me imaginaba mientras firmaba la matrícula, sí que estoy contenta. Lo malo es que, mientras pienso lo buena deportista que soy, me paseo por la Castellana con los pelos de punta, roja, y bebiendo agua sin parar; y sólo me doy cuenta cuando llego al portal de mi casa y me encuentro con el nuevo vecino guapísimo del 4º, ése con el que nunca coincido cuando voy con vestido corto para ir de fiesta. Claro, cosas del directo…