En defensa de las altas

Cuenta la leyenda que si alguna vez tienes que poner verde a una mujer y resulta que es guapa, debes decir que encima es altísima y con unas piernas de aquí a Lima. También se dice, se comenta, que si te hablan de una chica joven muy alta, tú ya presupones que tiene las medidas de una modelo.

Y yo tengo una misión con este post: desmentirlo.

Por desgracia, no todas las patilargas somos así

Algunos me conocéis desde que era una mocosa con voz de camionero (toda la vida he tenido esta ronquera, sí), y sabéis que no siempre medí el 1.81 m. que gasto ahora. “Dios mío, 1.81 m.”, pensará alguien, “como las modelos”, pensará alguna señora mayor muy simpática y agradable. Mal.

Por partes.

No mola nada que piensen que eres idiota

Yo empecé a crecer de repente, pero hasta hace poco vivía feliz pensando que de pequeña tuve un tamaño lógico. No obstante, mi querida madre  me abrió los ojos cuando me contó que en el cole, como no arranqué a hablar hasta los dos años (angelito) y era considerablemente más grande que los demás niños, el resto de madres se preguntaban si yo era retrasada. Reconoced que no empecé con buen pie.

La cuestión es que antes era una cosa… digamos… abarcable. Es decir, era grande pero no pasaba nada, había ropa de niñas mayores que me podía valer. Pero cuando en cuarto de Primaria (9 años) mides 1.42 m., en quinto 1.52 m., en sexto 1.62 m., y así llegas a tus dulces 13 años midiendo 1.72 m., pues las cosas se complican. Y encontrar uniformes de tu talla, también.

Ya hemos comentado que mi adolescencia fue bastante dura en cuanto al físico se refiere, pero si encima destacamos que yo le sacaba dos cabezas a casi todo mi curso, pues peor el trauma. ¿O no? ¿No os doy pena?

Paula y yo, orgullo del punto y la i

Bah, seré sincera, nunca he llorado por las esquinas. De hecho, mi amiga Paula mide 30 cm. menos que yo y vamos las dos por la calle tan pichis cuando nos miran de reojo.

Pero no es eso. A mí que todo el mundo que pase por la calle me mire los pies para ver si llevo tacones (la mirada traza el trayecto cara-pies-cara para asegurarse de que sigo a esa altura), me da igual -a veces me da corte porque no soy de lavar mucho los zapatos, seamos sinceros, pero en general camino mirando al suelo y punto-. Tampoco me importa que absolutamente todas las personas que conozco antes o después me comenten lo alta que soy como si fuera un descubrimiento, como si en 24 años no me hubiera dado cuenta. Ni es un problema que todo Madrid tenga curiosidad por saber cuánto miden mis padres (“¿Que tu padre es más bajo que tú? Ya te puedes parecer, que si no nadie diría que eres hija suya, ja, ja, ja.” “…”). Ni me molesta que prácticamente todas las mujeres de 25 para arriba alaben mi altura (demostrado), mientras que el 100% de los chicos de 20 a 30 años lo comenten como si fuera una desgracia.

A mí eso me da igual, la cuestión es que el ser alta tiene ciertos problemas prácticos. También tiene sus ventajas, claro, pero suelen ser ventajas para terceros: “perdone señorita, puede alcanzarme esa camisa de ahí” o el clásico “Blanquita, hija, coge la ensaladera que yo no llego”.

Pues mira, sí, me encantaría llevarlos más

Algunas el hecho de que no tenga que llevar tacones lo veréis como una ventaja, pero el día que me apetece ponérmelos, o que la ocasión lo requiere, válgame el cielo, tengo que pedir perdón hasta al apuntador. “Pero tía, ¿cómo eres tan asquerosa de ponerte tacones?, ahora nos dejas a todas enanas”; “joder, tronca, si ya eras alta, ahora eres una torre, parecemos  enanos a tu lado, Blancanieves, jo, jo, jo, jo, ¿lo pillas?”; y mi favorita, la de mi señor padre: “¿necesitas una bombona de oxígeno ahí arriba?”.

Lo de Blancanieves y los enanitos lo llevo entendiendo toda la vida, por cierto.

Pero bueno, envidiosos de mierda, pasemos a los aspectos prácticos.

Postura en cuestión que me da problemillas

Hace poco fui a Yoga (sí) con mi hermana. Jamás he sido flexible ni especialmente grácil, así que quizá estoy forzando un poco, pero bueno, el caso es que fui. Y yo ahí tan contenta en calcetines “perro para arriba”, “perro para abajo” (os juro que eso existe) dale que te dale en la colchoneta, hasta que nos viene la “postura del triángulo extendido”. La cuestión es que mi hermana y yo bajábamos considerablemente la media de edad, e, ilusa de mí, yo pensaba que a las señoras descalzas y en chándal de mi lado las iba a tener que mirar con condescendencia al final de la clase… Pero no sólo me miraron ellas a mí con pena mientras hacían el pino apoyadas en sus cabezas (¿?) y yo hacía mis abdominales en la colchoneta -con cuidado de no tirar demasiado del cuello-, sino que, en la postura del triángulo que os digo, era la única, repito, la única de la clase que no llegaba al suelo. ¿Por qué? Porque soy demasiado grande, y menos mal que la profesora fue un alma caritativa y me trajo una especie de bloque para que me apoyara y dejara de hacer esfuerzos inútiles por llegar al suelo. No sé, me  sentí como si en una clase de bici yo fuera la única con ruedines.

Pero vamos, lo de que soy torpe ya lo conté en su día en otro post, y no puedo hacer mucho por mejorarlo. Sólo una cosa: paciencia. Paciencia si tropiezo contigo, si te tiro las cosas, si misteriosamente mi codo acaba en tu cara. No lo controlo, lo juro. Jamás conseguí hacer un puñetero pino o una voltereta lateral por algo; básicamente, no sé sujetar las piernas arriba, se me doblan por el peso y me caigo. Y desde más arriba, recordemos.

Quizá sea un poco exagerado compararme con Alicia, pero anda que no mola esta foto

El tamaño también suele ser un problema importante a la hora de viajar. Aún no soy rica (insisto, aún), así que los aviones de las compañías low cost son los que más frecuento. Y los aviones low cost no es que sean más pequeños, es que ponen más filas. Y en los aviones low cost, al haber más filas, hay menos espacio. Y en los aviones low cost mis rodillas sufren. Mucho.

Pero en los aviones low cost y en algunos autobuses y en más de un restaurante con las mesas ridículamente bajas. Y también os diré que la mayoría de camas de hoteles de este bendito país no están pensadas para mí, y dormir con los pies colgando NO ESTÁ BIEN. Exijo mobiliario decente para piernas largas, maldita sea.

Otro problema práctico y el que más noto, sin duda, es el de la ropa. Tengo que reconocer que no soy la típica chica… tocha. Es decir, soy muy alta, no tengo unas medidas de Victoria’s Secret (dadme tiempo, que el Yoga está para algo), pero tampoco soy la típica armario ropero, en eso tengo suerte. Lo digo porque es verdad que cuando me encuentro con otras chicas igual o más altas que yo -con las que me miro como si fuéramos dos cachorros de la misma especie, por cierto-, veo que muchas de ellas son más grandes en general; y obviamente yo no voy a tener el brazo ni la pierna de una persona delgadita que mide 1.60 m., pero bueno, al menos hay tallas para mí. ¿Tallas de todo? No, de todo no: no tengo pantalones.

Dios bendiga la moda de los pantalones pesqueros (Colección S/S Mango 2012)

He aquí mi problema: todos los pantalones me vienen cortos y cuando me pongo falda se me ve demasiada pierna al descubierto, lo cual no siempre es bueno (véase en la oficina). ¿Qué hacer? Gracias a Dios la moda de las botas por fuera del pantalón se mantiene (tendríais que ver cómo voy por dentro) y los pantalones pitillo pesqueros también. Mi máxima es comprar cualquier pantalón que me pueda quedar relativamente largo, aunque de culo me quede fatal o me apriete muchísimo la tripa.

Ah, y quizá os haga gracia si os cuento que cuando me hice el láser en las piernas tuve que partir las sesiones, y cada vez que iba me lo hacían sólo de rodillas para abajo o de rodillas para arriba. ¿Por qué? Porque la cantidad permitida de crema anestésica apenas daba para un muslo, y así preferí hacer más viajes que morir de dolor agarrada a una camilla de una señora con gafas de soldador.

Cambiando de tercio, como comentaba antes, mientras que muchas mujeres alaban mi altura, la reacción de los chicos suele ser: “pobre… si al menos fuera chico…”. Es decir, los hombres, cuando están consiguiendo salir de esa época terrible de bigotillo absurdo y granos, se dan cuenta de que las chicas existen… Y a veces incluso están en su clase. En ese momento comienza una cruenta lucha entre los machos para llevarse a la fémina más apta para formar pareja en el patio del colegio. Y ahí nunca entré yo.

Sophie Dahl le saca dos cabezas a Jamie Cullum y quiero creer que son felices

Cuando los chicos aún no habían dado el estirón yo ya les sacaba un par de cabezas. Entonces era la torre, la jirafa. Beh. Mi madre me decía en aquel entonces “verás a los 20”. Y bueno, ellos crecieron y yo también, y aprendí a aceptarme y a entender que al fin y al cabo mi altura es la marca de la casa, sin ella sería algo menos llamativa (al menos la gente me recuerda por algo concreto)… Y en efecto, no es que llegaran los 20 y arrasara con todos, pero bueno, tengo mi público.

¿Y sabéis cuál es mi público? Los mayores… bueno, ya los que se acercan a mi edad, de 25 para arriba. Porque vosotros, hombres del mundo, hasta que no tenéis cierta edad no aceptáis que una mujer sea un poco más alta que vosotros, os sentís amenazados. Sólo lo asumís si es más joven que vosotros y podéis fardar con vuestros amigotes. Bueno o si es Gisele Bundchen, pero ya hemos dejado claro que no es el caso.

Hay excepciones, hablo de los que intentan ligar por ligar, porque un par de novios que he tenido sí que son más bajos que yo y, aparte de los comentarios  de mi abuela (“tú lo que tienes que hacer es encontrar un chico altito”), todo fue normal.

Ahora estoy con un chico al que mi señor padre califica de armario ropero o 4×4. No es casualidad, le conocí precisamente porque algún amigo suyo me debió ver apta para su amigo el gigante y me empujó hacia él. El resto es historia y por primera vez un chico me coge por la calle por encima del hombro.

Y eso a mí me parece de lo más tierno que me ha pasado nunca. Snif.

Lo bueno es que voy bastante tranquila con él por la calle

PD: Soy igualita que mi padre.

Yo sobreviví al Erasmus: le differenze culturali

Veamos: somos clasistas. Da igual lo que digamos, el norte y el sur siempre serán diferentes, tanto en España como fuera de ella. Y por eso, de toda la vida de Dios -bueno, desde la creación de la UE-, los países del norte de Europa nos han mirado como de refilón a los del sur. (Hay que reconocer que algo de razón tienen.) Esos rubios de ojos azules nos ven a los morenos de abajo como los majetes que les reciben en verano. De hecho, y siendo más exactos: como los majetes ruidosos y maleducados que les dan de beber en verano.

Bah

Por eso, aunque cualquier destino Erasmus es divertido (todos decimos que vamos a la primera o segunda ciudad más grande de estudiantes; no sabemos si de la región, del país, o del mundo), y aun habiéndolo pasado genial visitando a amigas en destinos como Copenhague, he de decir que yo soy mu’ caserita, y lo de irme a Italia me apetecía bastante. Y a Perugia más aún, que es la segunda ciudad más fiestera de Italia después de Bolonia, por si no lo sabíais. Ja.

Los italianos, psé

El caso es que tú llegas pensando que te vas a encontrar a la misma gente que aquí. Es más: piensas que te vas a encontrar a chicos más guapos (psé), chicas más glamourosas (no especialmente), pero que todo va a seguir siendo más o menos lo mismo. Y no, no tenemos nada que ver con los italianos en muchas cosas.

Podría dármelas de erudita y deciros que en la universidad hay grandes diferencias (que las hay) pero, sinceramente, sé que os importa un bledo. Yo tengo una misión con este post: y es que no os llevéis una sorpresa si vais a Italia y salís por ahí. Por lo tanto, os voy a hablar sobre las relaciones sociales con gli italiani. Lo hago por vosotros, no porque sea lo poco que conozco sobre Italia, que conste.

Así que, hablemos de la fiesta en Italia.

Tras hacer varios, breves pero intensos, viajes por Europa he llegado a una conclusión (inevitable canturrear Rafaella Carrà, ¿eh, pillastres?): el único país donde ponen una copa decente, lo que viene siendo una copa, es España. Situación real: París, discoteca, “whisky con Coca-Cola, por favor” ¿Y qué creéis que me ponen? ¡¡Un vasito de fiesta de cumple, de plástico transparente, CON TAPA y pajita!! ¡¡Como si hubiera pedido un zumo!! Y mejor no os cuento a qué sabía aquello y lo que me sablaron. Y así en todas partes: LovainaCopenhague, Innsbruck, Colonia, Dublín, Londres… Y Perugia, ovvio.

Él también exige copas decentes

¿Dónde esconden los vasos de tubo? Es que ya ni intento que distingan el vaso que debería ir con cada bebida. Pero, sobre todo, ¿por qué no hay hielos? POR QUÉ. Eso es lo que más me cuesta entender: como en España hace más calor, ¿decidimos ser el único país europeo donde hay hielos?

De verdad que no encuentras en ninguna otra parte. “Hay bolsas para hacerlos”, sí, para hacer una especie de granizo del tamaño de guisantes en unas fundas de plástico que recuerdan a las del goteo de los hospitales. Nada, nada: yo quiero mi bolsa de hielos, donde se hagan un mazacote que sólo se pueda romper estrellándolo contra el suelo; luego quiero meter tres o cuatro, los que quepan… y ya. Si no pedimos ni limón ni tonterías.

Habrá que hacer una plataforma internacional para reivindicarlo, o algo.

Siguiendo con el tema de las copas, os diré que jamás os podéis fiar de un italiano. Mi buena amiga Ana, que estuvo de Erasmus en Florencia, ya me avisó: “esconde tu alcohol”. Esta recomendación, que podría llevarnos a pensar que Ana sufre cierto grado de alcoholismo, la comprendí bien pronto. En España es tradición que, a menos que el anfitrión te invite, cada uno lleve lo que quiera beber, ya sea Kas Naranja, Anís del Mono o Tang. El caso es que Vero, Carlos y yo éramos responsables, y la primera noche que tuvimos fiesta en una casa llegamos con lo que queríamos tomar… para ver que eso era lo que iba a beber absolutamente toda la fiesta. Hasta que se acababa, que no era mucho tiempo después.

Todo con tal de no beber su mosto

Su procedimiento es fácil y especialmente efectivo, puesto que no dejan que veas sus intenciones hasta que hayan cumplido su misión. Ellos llegan, arrivano tutti, con botellas de vino. “Uy, qué finos, y a mí que no me gusta, qué cateta”, pensé yo el primer día. ¡Ja! Napolitani e sicialini tenían que ser, que nada más llegar dejaron en la mesadelasbebidasparatodosporqueaquícompartimostodo sus botellas de vino de misa (porque aquello no era vino ni era ná), para pimplarse el alcohol medio decente que los españoles, curtidos en la materia, habíamos llevado.

El resultado es que, cuando les llamamos la atención al cabo de varias fiestas (robos), se metieron con nosotros durante meses, diciendo que éramos unos ratas, che tutto era di tutti. Lo que sea, (qualsiasi, amico): que te aproveche tu mosto de un euro, que yo me ocupo de lo mío. Hombre ya.

Otra plataforma reivindicativa, rápido.

¿Me he pasado con el ejemplo?

Bueno, y como estamos hablando de la fiesta, y sé que es lo que estáis todos esperando, hablemos de los italianos ligando; o lo que es lo mismo, de la fama de pulpos de los italianos. ¿Verdad o mentira? Verdad. Assolutamente vero. Verdad como un templo. Se han ganado la fama a pulso, porque los italianos son unos pulpos de primera, si no te andas con ojo te costará muchísimo salir de sus tentáculos, y más si eres extranjera.

Ojo ahí, yo soy una firme defensora de los italianos. No porque me parezcan más o menos guapos, sino porque los pobres tienen un motivo para ser así de plastas: las italianas, claro.

Inflexible SIEMPRE

Una italiana es tan estupenda, es tan diva, que aunque se muera de ganas de quedar con un chico o pedirle el móvil, tendrá que hacerse de rogar… dos meses como mínimo y calculando a ojo. Y repito que hablo de cosas tan inocentes como charlar o quedar otro día, no estoy diciendo que tengan que ser más… alegres. Pero claro, viendo el panorama, las extranjeras somos presa fácil para los italianos -las inglesas ni te cuento-, pero tienen un defecto de fábrica, y es que aunque vean que ya tienen a una entre sus redes, no pararán de darle la matraca. Pero si no quieres, es peor aún, porque les estás poniendo un reto, y no hay cosa que más les guste a los italianos que los retos –le sfide-; así que, mientras que un español, tras tu tercera bordería y consiguiente plantón, te suele dejar en paz -aunque conozco a alguno que tiene técnicas avanzadas para hacer como si nada y tirar pa’lante-, un italiano lo tomará como algo lógico, algo que tiene que  superar trabajando. Y lo trabajan. Vaya si lo trabajan.

Ríe, ríe, a ver si te dice lo mismo mañana

No daré detalles porque yo la verdad es que no tengo ni idea -no estaba casadera durante mi Erasmus-, pero tengo amigas que han soportado mucha palabrería. Y mientras que la palabrería de un español es relativamente soportable (“me importas de verdad”, “hacía tiempo que no sentía esto”, “nunca me había entendido así con nadie”, y un largo etcétera), los italianos te hablan de la luna y las estrellas y se supone que tienes que caer a sus pies en vez de vomitar sobre ellos. Punto negativo a los italianos en cuanto a babosos, por tanto.

Como amigos tengo menos quejas. Así como hemos dicho que los italianos son perro ladrador y poco mordedor a la hora de ligar -aunque morder es precisamente lo que intentan-, en cuanto a la amistad… también. No me malinterpretéis, yo me fui de ahí con grandes amigos, pero es que son siempre tan grandilocuentes, taaaan profundos, taaaaaaaaaaaan…. taaaaaaaaan. Tantissimo tutto.

Me explico. Yo en España tengo amigos chicos, y hablo con ellos y me llevo genial. Pero siempre seré yo la pesada, la que más hable y la que saque los temas incómodos. Si por ellos fuera, sólo hablaríamos de fútbol, tías, copas y caca (sabéis quiénes sois, maldita sea). En cambio, un italiano espera que seas bastante más femenina, y serán precisamente ellos los que te saquen los temas incómodos y te den las charlas profundas.

Por ejemplo, cuando Vero y yo estábamos en esos días sensibles en los que no debes preguntar si estamos en esos días sensibles, sentaba bien tener a un tío más profundo que tú que te diera consejos. Pero a la vez pensabas (al menos yo), “tú eres el enemigo, no me puedes estar ayudando con este tema porque NO sabes”, y veías al lado a Carlos que te miraba con cara de pena, te ponía una mano sobre el hombro, un vídeo absurdo en Youtube, y te hacía la comida. Eso era apoyo masculino al fin y al cabo, que a veces es lo que viene bien.

Eso sí, esa excesiva supuesta profundidad se compensa con su amor a la cocina italiana. El ritual para hacer el café, la manera en que se enfadan si mezclas dos tipos de pasta distintos, las recetas que todos se saben de sus madres… Touchè.

Como veis, me ciño a hablar de chicos, porque la verdad es que sólo me hice una amiga cercana italiana. Pero precisamente eso desmonta un poco mi teoría: fui capaz de irme de Italia con varios amigos chicos, de los que guardo un recuerdo buenísimo… y sin que ninguno me comiera la oreja. Bravo per voi.

O male per me, che forse vi faccio schifo.
(O malo para mí, que a lo mejor os doy asco.) 

Típica noche perugina con Michele y Francesco

PD: Desde aquí mi agradecimiento a Carlos por soportar tantas hormonas juntas, con este post me he acordado de lo que nos aguantaste. Mamma mia.
PPD: Todas estas generalizaciones son fruto de mi experiencia durante meses de erasmus, no pretendo tener la verdad absoluta. Aunque la tengo. Desde mi punto de vista.
PPPD: Ya he hablado antes de Perugia… No en no uno, ni en dos, sino en tres posts.  Ponte al día pinchando en los números anteriores, anda.

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Ora sul serio. So che a qualcuno gli piacce leggere questo blog se vede che parlo di Perugia… Ancora mi mancate e mi piacerebbe tanto tornare in Italia per uscire tutti insieme. Vi voglio bene, ragà.

Turbia adolescencia

A raíz del último post, en el que hablaba sobre cómo nuestros fantasmas del pasado somos nosotros mismos en unas cuantas fotografías de la adolescencia, salió el inevitable tema de las discotecas light.

Para quien no esté familiarizado con el término, las light son discotecas normales que hacen horas extra por las tardes, aguantando a un montón de niñatos con granos que juegan a ser mayores. Mamá, papá, puedo deciros con tranquilidad que en general era todo muy patético, pero realmente no había nada de malo en ello… ni siquiera te servían Red Bull (un día me aventuré a pedirlo y la camarera se rio de mí).

Esto es como los euros pero en viejuno, niños

Últimamente veo que estoy cayendo en un pozo del que jamás saldré: el de contar anécdotas como la abuela cebolleta. Y como ya lo he asumido, permitidme que os dé un detalle simbólico: el precio de la entrada de cuando yo iba a la discoteca light era de 1.200 pesetas. Sí, amigos, yo he llegado a ir a una discoteca en pesetas. Light, vale, pero he hecho cola y he dado en la entrada de un garito un billete de mil y dos monedas de cien. Y eso es duro.

Centrémonos.

Yo, con 13 años y un collar de caramelos por bisutería

El caso es que a los 14 años llegaba el ansiado momento en el que podías entrar en una de esas discotecas, lo que pasa es que la mayoría conseguíamos ir antes gracias a los DNIs de hermanas mayores.

Recuerdo la primera vez como si fuera ayer. Tenía 13 años, y decidí ponerme guapa. Para ello me planté unas botas marrones (de punta cuadrada), medias transparentes, minifalda color vino (¿?) y top de punto beige (¿¿??); todo ello aderezado con unos buenos aros plateados. Bailé Safri-Duo como si no hubiera un mañana y me cogí un taxi a las 21.30 h., para estar a las 22.00 h. en mi casa. Mi madre ya nos tenía abierta la cama a Vicky y a mí, que vino a dormir esa noche, y las dos nos acostamos enseguida con los oídos pitando. Nos dormimos como bebés a los 5 minutos y al día siguiente no podíamos con nuestra alma. Qué épocas.

Cuando ya cumplimos todo el grupo de amigas los 14 empezamos a ir a Élite, la discoteca en la que nos encontrábamos a todo mi colegio. El asunto consistía en quedar el sábado a las 4 o 5 de la tarde en casa de alguien -mis padres se acordarán bien- y pintarnos todas con mucha raya de ojos blanca y brillo de labios con purpurina.

La moda entonces era la que os contaba en el último post: camisetas todas iguales, zapatillas muy grandes o alpargatas, collares asfixiantes, lazos, gafas de sol… No sé, cualquier cosa que se te ocurriera para estar completamente ridícula era válida. Incluida toda la bisutería de plástico de colores que pudieras llevar.

Y lo delgada que estaba, ¿qué? ¿Eh?

Pero lo más importante eran los collares. Qué nos empujaba a ponernos collares de caramelos, por ejemplo, jamás lo sabré. Eso sí, reconozco que los llevé durante mucho tiempo y que me daba igual que tuvieran colonia o sudor, seguía dándoselos de comer a la gente que me lo pedía. Hasta entonces, incluso con todo mi pavo en pleno apogeo, supe reconocer que los gilipollas eran ellos, no yo, porque habré llevado durante años un absurdo colgante de elefante blanco, pero no he mordido jamás un collar envenenado del cuello sudoroso de otro ser humano. Por muy mono que fuera el chico en cuestión. Ah, porque sí, ellos también los llevaban.

El caso es que nosotras nos poníamos guapas, guapas, y nos íbamos a la estación de Chamartín, donde estaba la discoteca. Aunque de primeras el sitio parezca raro, era perfecto, porque subías desde el parking unas escaleras mecánicas y te encontrabas una explanada llena de adolescentes horribles pegando gritos. Nosotras nos movíamos en grupitos tapándonos la boca para hablar de las demás, y ellos iban caminando de aquí para allá como si les escociera todo: los brazos abiertos, las piernas arqueadas… Se contoneaban como si tuvieran ALGO de músculo mientras se apartaban el flequillo de los ojos, y de paso así enseñaban la ristra de banderas de España que cubría su muñeca (derecha).

Igual que en las discotecas de noche, en Elite Light también había RR.PP., o sea, millones de niños a los que prometían el oro y el moro si conseguían repartir no sé cuántos pases (tarjetas de cartón con un garabato). Así que aquello era una lucha para ver quién era el más simpático, y se solían escuchar frases como “venga, no me falles, tío”. Pero tú en realidad sólo querías que te pasaran, no para evitar tener que aguantar cola, como ahora, sino para que todo el mundo viera que, efectivamente, estabas pasando por delante de los demás. Esto solía implicar un peloteo importante a los RR.PP. (dicho erre-erre-pé-pé) y a los puertas, gritando cosas del tipo “¡Rafa! ¿Te acuerdas de mí? El viernes pasado me miraste, ¿por qué no me pasas la cola?”.

El mito del puerta que no deja entrar por la ropa apenas lo veo ya, pero en aquella época más de un pobre desgraciado se quedó fuera por las zapatillas o por ir con camisa fea. Y he llegado a la conclusión de que nos hacían esperar fuera por puro placer… Probablemente apostaban nuestra capacidad entre ellos: “eh, macho, te apuesto 10 pavos (acababa de entrar el euro y las cantidades de las apuestas aún no se habían establecido bien) a que el grupito de niñas feas de ahí aguanta una hora”.

Y aguantábamos, claro.

Aunque hiciera calor, las capas eran fundamentales
(Defendiendo lo indefendible: esto no es de una discoteca)

En invierno, bueno, pero yo recuerdo aquello en verano… Llegábamos (mal) pintadas como puertas, con cientos de capas (camiseta sobre polo, polo sobre camisa remangada) y collares que nos ahogaban, y nos metíamos a empujones en una cola durante el tiempo que hiciera falta. Había días que podías levantar los pies del suelo y no te caíais, te sujetaba toda aquella masa de gente. ¿Para qué?, pienso ahora. Pero lo cierto es que esa era mi idea de la diversión entonces, oye.

Una vez dentro, veías lo mismo que en cualquier garito de noche, pero sin alcohol de por medio. Para qué, no hacía falta, las hormonas eran suficientes para colocar al personal.

No os preocupéis, yo no era de esas

Qué magreos se veían por las paredes (torta en la mano si intentaban tocar el culo), qué bailes en la plataforma, cuántas niñas comiendo piruletas de corazones, qué poses, qué pintas… Qué pendoneo. Sí, mamá, papá, he visto cosas turbias, pero no os preocupéis, al parecer mi look no era suficiente para triunfar en aquella jungla… Aunque no os creáis que me importaba, porque me lo pasaba como una enana con mis amigas.

Recuerdo con especial cariño la época en la que movimos chiringuito a But Light. Seguía habiendo colas, pero eran más soportables y, encima, había sofás. Nuestro plan era llegar a las 5 en punto a la discoteca para coger sitio y sentarnos a cotillear, guardando en una esquina todos nuestros bolsos de espejitos en verano y el blanco de flecos de Mango en invierno.

Me estoy poniendo sentimental con este post, qué queréis que os diga. Podría contar tantas anécdotas de aquella época… Pero no quiero convertirme en la abuela cebolleta one more time, sólo espero que estas fotografías os sirvan para enseñárselas a vuestros futuros hijos y les hagáis ver que siempre deben haceros caso durante sus años de adolescencia. El mismo mensaje que en el anterior post, vaya.

De nada.

Cuando mi hermana y yo aún nos dejábamos poner hasta el camisón igual. Éramos infinitamente más monas y manejables.

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PD: Mil gracias a Adriana y a Caro, sin su inestimable ayuda no habría podido poner ni una sola foto.
PPD: A los que identifiquéis las fotos y veáis que os he cortado, no os lo toméis como una ofensa, sino como un acto de amor hacia vosotros que os libra del escarnio público.

Escucha siempre a tu madre

Nací en 1988. Eso quiere decir que tenía todas las papeletas de sufrir unos años terribles respecto a la moda.

Es verdad que cosas que nos parecerán ahora muy chic, harán que nos llevemos las manos a la cabeza dentro de unos años (no sé por qué presiento que mis uñas naranjas del verano pasado causarán estragos en mi relación con mis hijos). También dicen que toda moda vuelve. Lo que queráis, pero lo que vivimos en los 80 y 90 no era normal. Y lo sabéis, lo sabéis bien pero queréis hacer como si nada, como si aquello no hubiera pasado.

Y pasó.

Dejando aparte los looks estrafalarios propios de las pasarelas de moda o de las más atrevidas… Mujeres del mundo: ¿en qué pensabais para llevar esas hombreras? ¿Os veíais favorecidas? Mi madre dice que sí, pero realmente todas parecíais listas para ir a jugar la final de la Superbowl. ¿Erais conscientes acaso?

Esos pendientes enormes, de colores o dorados… de clip. ¿Por qué? Eran incongruentes, como tratando de darle un poco de clase a aquellas chaquetas de colores chillones o de flores, combinadas con las faldas ajustadas y zapatos de medio tacón. Y eso cuando ibais monas, porque si no, os poníais unas bambas, que ni zapatillas eran aquello, unos vaqueros de diez tallas más de las necesarias, y una camiseta de propaganda metida por dentro del pantalón. ¿PERO EN QUÉ PENSABAIS?

Y no he empezado con los peinados, pero es que en ese tema no tengo tanto valor para meterme con vosotras… creo que tenéis demasiado mérito. ¿Cómo lo hacíais? ¿Cómo? ¿Por qué mi madre era capaz de tener dos niñas pequeñas y llevar siempre el pelo como Diana Ross? ¿Por qué otras optaban por ponerse flequillo y mucho, pero mucho, mucho volumen? ¿Qué os pasaba, en serio?

Mi madre, una heroína de su tiempo

El caso es que en aquella época yo era muy pequeña, y, en el fondo, casi prefiero ver a un bebé con aquellas pintas de los 80 y 90, que al menos eran cachondas, que los típicos padres que llevan a la niña de Zara de los pies a la cabeza de beige. Nada, donde estén aquellas cenefas en los jerséis, esas mallas, esas diademas gigantescas que se te echaban hacia delante y te creaban patillas y tupé -éramos pequeñas Morantes-, y esas victoria en todos los colores… Donde esté todo eso, digo, que se quite Inditex. Mi look favorito, sin duda, era uno con el que mi hermana y yo íbamos con el mismo polo de dos colores, -uno en el cuello y los bordes, y el otro en el resto-, y mi madre igual pero con los colores invertidos; era como nuestro negativo. Muy cute, que dirían los americanos.

El problema llega cuando te crees demasiado mayor para que tu madre te vista. No importa que ella haya hecho el esfuerzo de comprarte ropa bonita, porque si eres pequeña y encima vives en los 90, las combinarás con la punta del pie. Así salieron estilismos con camisetas de los 101 Dálmatas y mucho vaquero con el que yo muy digna (o eso creía) iba al colegio. Bendito uniforme que me pusieron después. En su momento nos quejamos, pero por algo lo harían.

La cosa no mejoró con los años. Y mira que mi madre y mi hermana velaban por mí y me avisaban: “quítate esas pulseras, que vas ridícula”. Y yo erre que erre con las pulseras hasta el codo que me dejaban sin circulación. “Péinate mejor”, y yo nada, con la raya en la oreja y ese semiflequillo… ay, ese mechón. Aquí la prueba:

Esto era yo con 14 años

Mi mayor desgracia comenzó cuando, con 13 años, decidí cortarme el pelo. Yo de pequeña tenía el pelo liso, pero liso bonito, de verdad, y de repente aquello empezó a crecer rizado. Se rizó, de hecho, en un momento en el que no me venía bien, por aquello de los brackets -que ya hemos comentado en otro post-, y mi gusto por los collares apretados y los pendientes largos. Aquello no podía salir bien.

El caso es que acabó por rizarse del todo, y yo decidí que lo mejor que podía hacer era acallar aquellos bucles, oprimiéndolos con una goma y un lazo de color, por aquello de darle glamour. Era como Mozart.

Yo no lo veía, y, cegada por aquellos lazos, me entró una vena monocromática: si el lazo era amarillo, yo iba con alpargatas amarillas, camiseta amarilla (del toro, normalmente), pantalones con raya amarilla, bolso de flores blancas y amarillas (por darle algo de color) y las consabidas pulseras. Y, oye, me quedaba más ancha que larga. Adjunto testimonio gráfico:

Monocromática

He cortado al de al lado porque era mi novio de los 16, y aún me parte el alma… No, en realidad es que me puede denunciar. (Ojo a la tobillera. Falta el bolso naranja.)

En efecto, esa fue una mala época. Para salir nos poníamos pantalones de campana muy apretados por arriba y muy anchos por abajo. Encima, como soy tan grande, me venían todos pesqueros, así que doble ridículo, porque en verano se veía toda la alpargata y en invierno toda la “china”. Las “chinas” -no sé por qué narices las llamábamos así- son las clásicas merceditas de niña pequeña, pero en tela blanda para adulta. Es decir, para la tonta del pueblo, como bien me decía mi padre.

Yo hacía oídos sordos a todo, era una transgesora.

Sí, pensaba que iba mona

En cierto modo, no sé si prefiero que vuelvan los 80 y 90. Pero no importaría demasiado, porque las adolescentes de ahora no caerán en nuestros errores. No sé si os habéis dado cuenta pero visten bien, que es una cosa que me indigna. En mi época, las más guays tenían una pinta absurda; ¡en mi colegio se puso de moda ir con trenzas y pañuelo al cuello! (Yo intentaba copiarlo sin éxito.) Ahora las adolescentes resulta que tienen buen gusto y visten bien, como en las revistas de moda. Y no, es su época de arrepentirse después. Me dan pena en el fondo.

Nosotros teníamos una presión, teníamos que seguir una moda paralela, una moda hecha para (y,  aparentemente, por) los adolescentes.

Había ciertas camisetas que debías tener. A saber: la de Bloom, la de El Niño, la del toro, la de las Supernenas y la de Coco-Loco. Aquello era un espectáculo terrible, ver a cientos de niños en una discoteca light con las mismas camisetas horrorosas. Nosotras y ellos, porque íbamos iguales; sólo que nosotras ya éramos bastante más mujeres que ellos -algunas no tanto, para nuestra desgracia- e íbamos apretadísimas, enseñando ombligo… Bueno, qué estoy diciendo, si ellos iban igual de apretados, lo que pasa es que en vez de la raya al lado… Ay, no, que me vuelvo a equivocar, que en eso también éramos iguales, que también se dejaban melenas y el flequillo por encima de un ojo. Y llevaban las mismas pulseras y las mismas zapatillas. Sólo variaban los pantalones, gracias al cielo.

Sí, amigos, fue une época confusa como ninguna. Lo que yo viví en aquel ambientillo pijil de las discotecas light era una cosa turbia, turbia, pero tengo que reconocer que fueron años divertidos. Y ahí, queridos, ahí empieza mi siguiente post. Y este viene pronto, de verdad, que tiene chicha. Y de la buena.

21 cosas que lo hombres no podéis (y deberíais) entender

Aviso importante: en este post a veces hablo en primera persona por razones puramente formales -salió así y ya-. Todos estos puntos son perfectamente aplicables a la inmensa mayoría de mujeres. Cualquier parecido con mi vida privada es casualidad.
(Es decir, no te lo tomes como algo personal, no lo haces tan mal. Pero lee atentamente, claro.)
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  1. Nos gusta dedicarle tiempo a la chapa y pintura antes de salir. Déjame tranquila. Que me llames diez veces sólo va a hacer que me manche con el maquillaje y tenga que volver a empezar.
  2. A veces, la ropa beige es necesaria. No lo entenderíais, pero no favorece a todo el mundo enseñar más de la cuenta.
  3. Es normal que no nos gusten algunos de vuestros amigos. Asumidlo e intentad no mezclarnos demasiado; es fácil. Pero que no lo notemos, porque si lo notamos, sospechamos; si sospechamos, daos por jodidos.
  4. Si te la pido, da una opinión sincera sobre mi aspecto. Pero opina, elige, mójate. No es lo mismo pelo suelto que con coleta, por ejemplo. Me importa un pito que para ti siempre esté bien.
  5. Ella es fea, yo no. (En general y sin excepciones.)

  6. Sí, nos enfadamos porque habíamos quedado y pasáis de nosotras. Lo entendemos y no os regañaremos porque no queremos ser esa novia pesada. Pero nos molesta. Y mucho.
  7. No, no alucino con un videojuego. Menos con su anuncio.
  8. Algo que os cuesta especialmente: tenemos en cuenta los días en los que debemos lavarnos el pelo. Es decir, no da igual qué día voy al gimnasio o me meto dentro de la piscina, porque si esa actividad -o similar- implica tener que lavarme el pelo después, yo no puedo dejar de pensar que a mí no me gusta lavármelo dos días seguidos porque se estropea demasiado… Y si el día siguiente es viernes, pongamos, y a mí me queda mejor el pelo el día que me lo he lavado -en efecto, hay mucha diferencia-, pues déjame en paz en jueves y no me salpiques, porque no querré lavármelo esta noche y sí la del viernes para salir esa estupenda. Capisci?
  9. Sé que el tema de las bodas es un problema. Sé que todos los hombres acabáis hasta las narices de oír hablar de moños y vestidos que favorecen más o menos. Pero una boda es una ocasión especial, en la que encima es posible coincidir con gente que ha estado en otra, y la mayoría no podemos permitirnos un vestido para cada evento. NO. De nuevo: no vale el “da igual, a mí me gustas con todo”, porque, querido, no es por ti, es por mí (por mi autoestima y bailar con mayor o menor seguridad Paquito el Chocolatero) y por superar a las demás. Y la que diga lo contrario, miente.

  10. Nos depilamos. No venimos así de serie. Lo siento.
  11. Además, hasta que un pelo no salga con las pinzas no me molestes. Es inútil. Siento ser así de cruda, pero es cierto. Y si tú, querido amigo, aún no eres consciente de esto, tiempo al tiempo, ya te acordarás de mí cuando convivas con una bella dama.
  12. Ante un posible conflicto no os vamos a decir jamás qué debéis hacer. Pero siempre -repito: siempre- esperamos que lo sepáis. El “haz lo que quieras, tú sabrás” sirve para algo. Para acojonaros primero, y para que hagáis la opción que menos os apetezca después.
  13. No, no estamos “en nuestros días” siempre que estamos de mala leche o tristes. Probablemente sí, pero el hecho de que lo adivinéis, y sepamos que tenéis razón al acusar a nuestras hormonas de estar tan insoportables, sólo hace que las ganas asesinas aumenten. Por eso lo tapamos diciendo que es machismo y montamos un pollo en el que es imposible que ganéis. Así que, en serio, llevad la cuenta en el calendario y dejadnos en paz.
  14. Yo puedo quedar con mis amigas a salir a muerte. Tú con tus amigos mejor sales sólo a tomar algo.
  15. Nos pueden gustar el fútbol y otros deportes, pero no es necesario ver cinco repeticiones y nueve resúmenes. De verdad.
  16. Nunca, jamás, bajo ningún concepto digáis que estamos más gordas. Ni que hemos echado culo o que algo nos queda peor que antes. Nunca, nunca, nunca. Never. En todo caso, sólo y exclusivamente si estáis 100% seguros, podréis decir alguna vez, de manera completamente positiva, que hemos mejorado.
    Ejemplo práctico :
    -Bien: “Se ve que estás yendo al gimnasio, de verdad que se te nota, ese vestido te queda genial. Qué guapa eres, Dios mío.”
    -Mal: “Joder, qué bien que estés yendo al gimnasio, eh. Se te nota un montón con ese vestido que has adelgazado.”
    Aunque no lo creáis, aunque lo hagáis con la mejor de vuestras intenciones, mientras que con la primera frase percibimos un refuerzo positivo que nos anima a seguir yendo al gimnasio, con la segunda oímos “antes estabas gorda, ahora, bueno”. Y la habéis liado. Que no os quepa la menor duda.
  17. Sí, nos contamos todo, todo y todo. Y no pasa nada. Si vosotros no sois capaces de hacerle una pregunta íntima a un colega, y necesitáis que lleve tres whiskies entre pecho y espalda para que os cuente que está destrozado por una ruptura, es vuestro problema. Nosotras llamamos y hacemos consejos de sabios; es más útil.
  18. A veces lloramos porque sí. De verdad que no pasa nada, no asustarse. Eso sí: no actúes como si no le dieras importancia; date por muerto, vamos. Y no cometas el error ya mencionado en el punto 13.
  19. Que miremos vestidos de novia asiduamente no significa que esperemos que hinquéis la rodilla. A ver si os enteráis de que la boda es una cosa nuestra. El matrimonio de los dos, bueno, pero cuando soñamos con la boda nos vemos entrando en la iglesia espectaculares. Ni siquiera tenéis que estar al otro lado del pasillo, no nos hacéis falta en nuestras fantasías.
  20. Siguiendo por ese camino: si babeamos por un bebé es normal. Tranquilos.
  21. Pues claro que me sé todo tu Facebook. De arriba a abajo. Hombre, por Dios, no puedes ser tan ingenuo.

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Y así, a bote pronto, no se me ocurren más, amigos. Pero no os preocupéis, seguiré apuntando cosas y la vida os será más fácil con nosotras.
Y vosotras, mandadme ideas por Facebook, e-mail, Twitter o tam-tam. Como sea, pero si queréis que incluya algo en una nueva entrada, o lo añada a ésta, lo haré con mucho gusto.

Por qué deberías leer

Sé de buena tinta que hay gente muy preparada e inteligente que no ha sido capaz de acabarse un libro en su vida. De hecho, yo veía cómo año tras año la gente se descargaba o copiaba de la Encarta los trabajos que en el cole nos mandaban sobre libros (y eso que ya nos pilló mayorcitos el boom de Internet, no quiero saber lo fácil que debe de ser ahora para un pipiolo de Primaria). Es decir, hay personas que no se leen un libro ni durante los años de colegio. ¿Cómo lo van a hacer después?

En cierto momento de nuestra vida alguien nos mete la idea de que leer es aburrido. Yo veo dos opciones: o la tele es la leche cuando somos pequeños, o precisamente en el cole nos dan libros que son un tostón. Existen obras buenísimas para niños que no tienen por qué ser un rollo, incluso una vez pasada la etapa de los colores, los animales y los números.

En mi casa siempre se ha leído, y por eso sé que hay libros muy distintos para cada edad, es decir: hay donde elegir. Y me vais a permitir ponerme nostálgica un ratito.

Recuerdo perfectamente los libros de Fray Perico y su borrico, La bruja Mon (“y un jamón, dijo la bruja Mon”)  y en general toda la colección del Barco de Vapor en el cuarto de mi hermana. Mucho más antiguos, pero igualmente apetecibles cuando tienes ocho o nueve años, eran los libros de Enid Blyton (cuya foto en la contraportada siempre me recordó a mi abuela materna, por cierto). ¿Los conocéis? Rebuscando ahora por Internet veo que escribió una barbaridad de libros, pero nosotras teníamos varias colecciones; que recuerde: Santa Clara, Torres de Malory, Los Cinco y Los Siete Secretos.

Santa Clara y Torres de Malory narran lo que todas soñamos en nuestra infancia: un internado con uniforme guay, piscina construida en un acantilado, y mil amigas para hacer travesuras y fiestas clandestinas en las que se bebía cerveza de jengibre. Os juro que no sé qué más puede desear una niña. Las otras dos colecciones eran de pandillas de niños que descubrían misterios; yo era de Los Siete, mi hermana de Los Cinco. Nunca supe por qué esa división, pero si te gustaba Jorgina de Los Cinco no apreciabas tanto la inteligencia de Scamper (el perro de Los Siete).

Reconozco que no hace falta irnos hasta libros de los años 40 y 50. Yo siempre fui un poco más bestia, y los libros de Manolito Gafotas, de Elvira Lindo, me encantaban. Hoy día los sigo guardando con la esperanza de que mis hijos se entretengan con el niño de Carabanchel (Alto), mientras yo me parto viendo la peli, que es puro humor para adultos. -Si no la habéis visto, 100% recomendable.-

Sin embargo, recuerdo que el primer libro que realmente me gustó en el cole, me enganchó y me compraron a petición mía, fue una joya de Carmen Martín Gaite: Caperucita en Manhattan. Aún lo leo de vez en cuando y le tengo especial cariño.

Aunque no lo creáis, en la adolescencia, entre cambio de hormona y bronca con las amigas o con los colegas, también hay libros interesantes. Yo misma tengo aún en una estantería terribles libros de colores que me contaban cómo niñas con granos y pringadas como yo no conseguían al guaperas de turno. No guardo especial recuerdo de ninguno, prueba de que son bastante malos, pero oye, al menos no dejé de leer.

Y ahí es donde quería llegar. Da igual que no sea un premio Nobel: LEE, por favor. Reconozco que yo más de una vez me he metido con los libros de Moccia, incluso aquí, en el blog, pero en el fondo soy defensora de cualquier libro. ¿Por qué? Tres razones básicas: te ayudan a expresarte, aprendes a escribir (tanto por la ortografía como por la estructura de los textos) y potencian la imaginación.

Cualquier libro publicado merece ser leído por alguien, porque, aunque sea malísimo y la historia una porquería, siempre implica que algún editor ha trabajado en ello, y lo más normal es que al menos esté bien redactado (que no escrito). Y eso sirve de mucho.

La gente que no lee no sabe escribir. Eso es así. Y no hablo de escribir especialmente bien, como para pensar en publicar una novela, me refiero a escritos básicos, al día a día, al trabajo.

En un mundo conectado por redes sociales y chats gratuitos, nadie puede evitar que los demás vean cómo escribe. ¿Y sabéis lo peor? Que nos importa un pito, y que si un famoso pone un error garrafal en Twitter no pasa nada, aunque le sigan 17.000 personas. Oye, aquí ni mú, no vaya a ser que se ofenda.

Si da igual. Nos da exactamente igual la “ll” que la “y”, seguimos acortando como si aún costara cada espacio como con los SMS. Además, las aperturas de exclamación y de interrogación han pasado a la historia, y parece que en algún momento se ha aprobado un decreto en el que se han perdonado las tildes y yo no me he enterado.

Es lógico que todos tengamos faltas de ortografía, yo misma puse el otro día una tilde mal en Facebook y fui convenientemente corregida por mi amigo Álvaro (en público, ejem). Es normal, sobre todo si escribimos rápido. Pero hay que tener cuidado, y hay que aprender. Y para aprender, se lee. Hay que leer.

Y no me voy a enrollar demasiado en otros aspectos formales, pero creo que todos hemos tenido en nuestras manos algún documento escrito por alguien que claramente no leía. Y lo más probable es que no te hayas enterado de la misa la mitad, porque, amigos, sólo leyendo aprendes con soltura a redactar, a ordenar tus ideas.

Por otro lado, leer es la manera de aprender más vocabulario y expresiones nuevas, más que nada para no parecer un Furby con tres frases hechas.

Más allá de la ortografía y el estilo, leer es divertido, en serio, y tengo el firme convencimiento de que te da más imaginación. No puedes coger un libro que es un coñazo, obligarte a leerlo, y decir que te aburres, que mejor te ves las pelis. ¡No! Busca un libro que te guste, como si es erótico o de amor -reconozco que los típicos libros de chicas son un bodrio pero entretienen muchísimo-, y disfruta. Que te apetezca montarte en el autobús para seguir con la historia de amor, o que no quieras apagar la luz hasta que sepas qué narices pasa con ese asesinato; esas son las clases de sentimientos que se pueden llegar a tener, de verdad.

Imagínate a los personajes, ponles cara. Yo siempre utilizo rostros conocidos para construirme los personajes en mi mente; nunca de gente demasiado cercana, porque no cuadraría con la historia, pero sí de actores que encajen bien o incluso de personas que suelo ver de vez en cuando… Así, Hermione y Ron (de la saga Harry Potter) para mí eran unos niños de otros cursos del colegio; nunca había hablado con ellos, pero me sabía sus facciones y cuadraban. Cuando llega la peli y me las fastidia, pues vaya mierda, pero hasta entonces estaban muy definidos (a Harry me lo inventé, directamente).

Espero no haber sido demasiado pedorra con este post. No me considero una cultureta: hay mil obras de autores conocidísimos que no me he leído, y reconozco que no me van mucho los clásicos. Aunque creo que sé distinguir perfectamente un buen libro de uno malo.

Al contrario de lo que pueda parecer, tener la costumbre de leer no implica ser una rata de biblioteca. Todo el mundo debería leer lo que realmente le apetezca, lo que es absurdo es fingir y llevar un libro sesudo debajo del brazo, cuando en realidad lo que quieres es coger el último de Ruiz Zafón, algo perfectamente comprensible.

Pero, sobre todo, hay que leer porque un libro puede ser como tú quieras, y eso es algo que ni las redes sociales, ni el cine, ni los videojuegos nos dan. Y encima puedes entrar en su historia cuando quieras, en el formato que más te guste (papel o electrónico), y cerrarlo cuando te aburras. ¿Qué más quieres…

… aparte de poder disfrutarlo en un sitio así? 🙂

Campaña 2012

Mi objetivo este año es abriros los ojos, hombres del mundo:

ESTO NO EXISTE

(Pincha encima para ver mejor de lo que hablo.)

Pobrecitos míos, que luego vais a la playa y os quedáis tristes, claro.