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Las 23 razones por las que echo de menos a mi hermana

Cuando podíamos posar en camisón dignamente.

Cuando podíamos posar en camisón dignamente.

Yo quiero a mi hermana con locura.

Somos sólo dos y nos llevamos tres años y medio de diferencia; un poco demasiado para haber hecho vida completamente juntas -solamente en verano coincidíamos de noche, por ejemplo-, pero perfecto para ser… hermanas. Hermanas muy unidas. Se habla mucho de la amistad, de lo bonito que es compartir tu vida con amigas, y es verdad, pero no es lo mismo ni mucho menos.

Pues la muy traidora se ha ido a Nueva York. Hace unos años escribía sobre ella aquí y también la llamé traidora.  No es que sea una persona especialmente susceptible (puede que sí, pero no es el caso), sino que soy egoísta y la quiero para mí. Hace cinco años decidió casarse y fue alta traición, pero haberte ido al otro lado del mundo no tiene nombre, querida. Y encima con mi ahijado, que es el niño más guapo del mundo mundial, OBJETIVAMENTE.

Hoy en día Ana ya tiene la edad legal para conducir.

Hoy en día Ana ya tiene la edad legal para conducir.

La cuestión es que Ana, así se llama, me echa de menos. Yo a ella también, claro, ¿pero cómo estoy tan segura de lo suyo? Por Facebook. Ana nunca publica nada, y esta mañana me he levantado con que ha compartido conmigo un enlace sobre hermanas.  El link lo encuentras pinchando  aquí.

paulo-coelhoMe he echado a llorar. No por la música que suena de fondo -siento un odio visceral por las páginas con hilo músical, hagamos algo al respecto– ni por los 23 puntos. El post está bien, las fotos son monas, aunque mi hermana y yo no somos tan chic ni de lejos, y los puntos tienen gracia… pero son 23 puntos tan genéricos que podrían referirse a cualquier buena amiga. Excepto lo de los padres y alguna cosa más, me ha parecido bastante típico. De hecho, estos posts sentimentales sobre la amistad y la familia que han proliferado en los últimos años se merecen un doctorado aparte, que podría ser impartido junto con las mejores frases de Paulo Coelho. Pero ese es otro asunto.

Siempre fuiste muy guay, no tienes que demostrar nada.

Siempre fuiste muy guay, no tienes que demostrar nada.

Lo que me ha hecho llorar ha sido la mayor tontería: el hecho de que mi hermana -mi Mana, mi Manita– haya cambiado su comportamiento solamente para demostrarme en público que me echa de menos, porque sabe que a mí me gusta publicar en Facebook. Eso es lo que me ha emocionado, es una tontería y quizá ha sido algo inconsciente, Mana, pero yo lo veo tan claro como si estuviera investigando un comportamiento social entre simios y, sí, tú, mona alejada de la manada, has querido sentirte identificada conmigo. Y me ha encantado.

Dejando las cursilerías aparte, llevo todo el día pensando que me da pena que en el fondo no me haya ENCANTADO el post. Así que, aquí aporto mis 23 puntos particulares. Van por ti, Mana.

23 COSAS POR LAS QUE ECHO DE MENOS A MI HERMANA

  1. Por todas las veces que salimos “huyendo” de papá, chillando y riendo histéricas, cuando por fin se levantaba del sofá para mandarnos a la cama de una vez. Y por todas las veces que nos peleábamos en el coche y acabábamos uniendo ejército frente al invasor: los dedos pellizcantes de mamá, que intentaba poner orden desde el asiento del conductor .
  2. Por aquella vez que no me dejaron ver un programa de Martes y 13 y me llevaste a escondidas al salón para ponerme la tele pequeña y verlo debajo de una mesa.
  3. Por venir a visitarme al patio de los pequeños.
  4. Por ponerme cada sábado a las 8 de la mañana las zapatillas de andar por casa (rosas de pana) y acompañarme a ver los dibus.
  5. Por las mañanas en las que se te salía el Nesquick por la nariz de los ataques de risa que nos daban.
  6. Por las canciones políticamente incorrectas que cantábamos juntas sin entender nada (“Negrito sandía, mareas, cuando dices tonterías…”). Y por Los tres alpinos. Siempre por Los tres alpinos.
  7. Por cuidarme cuando tuvimos aquel accidente de coche, a pesar de tener 9 años.
  8. Por poner tu mano extendida y ocuparte de hacer desaparecer el caramelo o chicle que no me gustaba.
  9. Por chincharme cuando comías mousse de chocolate y me lo enseñabas en la lengua. Qué asco, mana.
  10. Por preguntarme cada día si me había tomado las pastillas cuando me detectaron hipertiroidismo.
  11. Por chuperretearme toda la cara para que me oliera a babas como último recurso para que cediera y te perdonara alguna bordería.
  12. Por todas las veces que me trajiste chocolate a la cama cuando me daban ataques de tos y me oías desde tu cuarto. Y por todas las noches que te quedaste conmigo.
  13. Por comerte la clara del huevo frito y darme la yema.
  14. Por cómo me colocas el mono de peluche con distintos gestos, y por dejarme la cama abierta y el pijama colocado cuando yo ando de farra.
  15. Por cómo lloras cuando te hacen análisis. Me dan ganas de meterte en el bolso y llevarte a casa.
  16. Por saberte todos mis periplos sentimentales de pe a pa… y contarme los tuyos.
  17. Por mostrar interés hasta por la anécdota más absurda.
  18. Por todo lo que me piropeas. Contigo me siento Claudia Schiffer.
  19. Por cómo aguantas estoicamente mis acusaciones de haber robado algo y que luego resulte que lo moví yo de sitio. También por las veces que sí te he pillado robándome algo… que no ha vuelto jamás.
  20. Por los ratos que bailábamos y cantábamos juntas fatal y tú alababas mi ritmo.
  21. Por cómo me echabas de tu cuarto sin motivo aparente porque de repente te molestaba. Y por cómo me pedías perdón a los tres segundos.
  22. Por animarme a hacer siempre lo que quiero.
  23. Por tu manera de llamarme “gorda” con la boca llena de orgullo. Que te lo noto.

Confieso que también echo de menos a Jaime, el niño más guapo del mundo, pero… no. Aún te prefiero a ti.

ana y yo 004

Te veo en 15 días, Mana.

¡QUIÉREME!

Esto no es nuevo. Soy la persona menos fiel a su blog que existe, y de vez en cuando desaparezco unos meses, pido perdón y vuelvo. Pero creo que a nadie más que a mi pequeña conciencia le importa, así que no voy a lamentarme demasiado. Eso sí, voy a explicar por qué ha pasado esta vez: me contrataron en octubre y no he tenido demasiado tiempo libre.

Queredme, maldita sea

Queredme, maldita sea

Y ahora que por fin he encontrado trabajo (bravo, bravo, gracias, gracias), puedo hablar con perspectiva del reto al que me enfrenté antes de empezar a levantar este país: venderme lo mejor que supe para ver si alguien me quería.

Supongo que hoy en día es todo mucho más fácil; no me quiero ni imaginar cómo sería la búsqueda de trabajo sin Internet… Pero el problema de tener al alcance tantas ofertas de empleo es que acabas por no tener ningún tipo de filtro. Cualquiera que esté buscando hoy día curro, lo sabe: dale a TODO. Están tan mal las cosas y hay tan pocas posibilidades de que te cojan en un trabajo, que lo mejor es no cerrarse a nada. Es un poco como decía mi amiga Ichi cuando en el colegio no paraba de ponerse en todas las fotos que se hacían a su alrededor: “cuanto más pose, más posibilidades tengo de tener fotos en las que salgo bien”. Pues eso.

Todos somos trilingües hasta que se demuestre lo contrario

Todos somos trilingües hasta que se demuestre lo contrario

Pero bueno eso es lo fácil: mandar solicitud -que no aplicar a las ofertas de empleo es darle a un botón que diga “enviar”. Y si se complica, quizá te hagan contestar a un par de preguntas en las que absolutamente todos afirmamos que tenemos mogollón de experiencia en el sector y un nivel de inglés que ni Shakespeare, ¿verdad, majos?

Eso es pan comido. Pero no todo es así, no. Lo verdaderamente difícil es cargar tu currículum en la base de datos.

En prácticamente ningún buscador de trabajo es posible subir el CV en un formato habitual (PDF o Word). Ellos han decidido hacer de la tarea de buscar trabajo, ya de por sí ardua y angustiosa, una especie de gymkana. Sus normas, más o menos, son:

  • cada dato en un campo diferente;
  • nunca pondrás todo bien y tendrás que volver a empezar  varias veces;
  • no podrás escribir lo que te dé la gana, sino adaptarte a las cualidades y aptitudes que ellos creen que debes tener -bastante extrañas algunas, he de decir-;
  • y es necesaria una fotografía, pero nunca valdrá, ya sea por el peso, el formato, la calidad o por tu cara de idiota.
¡Yo sólo quiero poner que hice Periodismo!

¡Yo sólo quiero poner que hice Periodismo!

Una vez pasadas las 45 pantallas en las que quieres poner que has estudiado X y que buscas un trabajo en el área Y… ya estás ahí fuera. Tu currículum es visible para millones de personas que trabajan en Recursos Humanos de compañías de lo más variado. Creo que yo sería incapaz de trabajar ahí, sinceramente, estaría todo el santo día riéndome de la gente. Es una verdad y no me juzguéis porque sé que la compartís.

Pero bueno, no seré quejica, todo esto es un campo de rosas comparado con lo que viene después… LAS ENTREVISTAS.

Hay mucha gente que te dice que te tranquilices, que no te la prepares, que seas tú mismo. Pero, a la vez, hay millones de cursos para prepararte y en el máster que estudié nos dieron una paliza importante con el tema… Por algo será, ¿no? No me engañéis. Que me relajase, me decían. YA.

Voy a contar un caso concreto de pruebas de selección para un puesto junior, en el que pagaban menos de mil euros al mes, y para el que no se requería experiencia. OJO. A simple vista eso estaba chupado.

Cuento este proceso porque fue el más completito que pasé y el que más me hizo sufrir. Y os destripo el final: no me cogieron.

Paso 1: la primera llamada

Estaba yo en julio, una mañana cualquiera, recién salida de la ducha (dato gratuito, pero no por ello incierto) cuando me suena el teléfono.

La cara al darte cuenta de que te están entrevistando por teléfono sin previo aviso

“Sí, soy perfecto para cualquier puesto”

-Señorita simpática: “Buenos días, Blanca. Te llamo de la agencia de selección X. Queríamos hacerte unas preguntas”
-Yo: “Por supuesto, lo que quieran”.
-S.S.: “Veo que has estudiado Periodismo y tienes máster en Comunicación, ¿no es así? ¿Hablas inglés? ¿Tienes algo de experiencia en el mundo laboral?”
-Yo: “Sí a todo” y breve resumen de lo que hacía en mi última beca.
-S.S.: De acuerdo, si pasas a la siguiente ronda, te llamaré mañana.
(Despedidas amables por parte de las dos.)

Paso 2: la segunda llamada

My tailor is rich

“My tailor is rich”

-Señorita No Tan Simpática Como La Otra: “Hola. Te llamo para hacer la entrevista en inglés.”
-Yo: Muy bien.
-SNTSCLO: cosaseninglésmuybásicas
-Yo: cosasneingléstambiénmuybásicas
SNTCLO: Vale. Te paso con mi compañera del otro día.

-SS: ¡Has pasado! Me dicen que sabes hablar algo en inglés.
-Yo: En efecto, ya te lo había advertido.

Total, a estas alturas ya parece que estás en una especie de videojuego, y que tienes que pasar fases para conseguir la gloria divina.

Paso 3: el test

Se me informó de que me llegaría un test de personalidad.

Averiguar cómo soy realmente pasa por preguntarme qué haría en situaciones de fiesta, en situaciones de acampada y alguna en el ámbito laboral, pero esas las menos.

Con una aplicación conoceréis todos mis recovecos

Pues muy bien

Paso 4: la recomendación

trabajo8

Que llamen a tu ex jefe para preguntarle qué opina de ti es el mejor ejemplo de que, en efecto, hay que tener amigos hasta en el infierno.

Queridos.

Paso 5: primera entrevista

Por fin alguien pensó que merecía ir a las oficinas a que me conocieran.

Durante hora y media -exactamente- me concentré en desplegar todos mis encantos. Pero da igual lo preparada que lleves tu experiencia o el discurso de la iniciativa y el trabajo en equipo, si lo primero que te preguntan es: “¿cuál fue el día más feliz de tu vida?”.

Joder

Joder

Y ya entras en bucle. ¿Cómo no voy a saber qué día fui más feliz? ¿No sé comparar? Según mis profes, debería ser el de mi Primera Comunión, pero ya han pasado muchos días desde entonces. Podré tener uno nuevo, digo yo.

¿El que conocí al churri? Pues mira, me lo pasé muy bien, pero oye, no lo recuerdo como tal. ¿El de las vacaciones familiares? ¿El de los fuegos artificiales en El Escorial? ¿El de aquel concierto de Hombres G? ¿El viaje con amigas?

Oh, Dios, mío, NO SÉ QUÉ DÍA FUI MÁS FELIZ.

Como os podréis imaginar, mientras yo le daba vueltas a todo esto, la entrevistadora había superado hace mucho mi vaga respuesta –que ni recuerdo- y estaba ya por la sexta pregunta. Las de en medio las debí de responder como una autómata.

Así con todo les gusté. Que volviera.

Paso 6: segunda entrevista

Pues, nada, vuelvo. Vuelvo y lo hago mal. Y lo sé. Y salgo muy deprimida y con la moral por los suelos, porque me han preguntado cosas de bajón y yo no he sabido contestar.

¿Por qué?

Porque claramente mi perfil –estudios, experiencia, conocimientos mundanos, lo que sea que signifique “perfil”- no encajaba con el puesto.

No sabía nada, pero nada de nada, de lo que habría que hacer en ese puesto de trabajo por el que tanto suspiré.

Y la verdad

Y, la verdad, yo no hubiera necesitado 6 fases para saber eso.

 

En defensa de las altas

Cuenta la leyenda que si alguna vez tienes que poner verde a una mujer y resulta que es guapa, debes decir que encima es altísima y con unas piernas de aquí a Lima. También se dice, se comenta, que si te hablan de una chica joven muy alta, tú ya presupones que tiene las medidas de una modelo.

Y yo tengo una misión con este post: desmentirlo.

Por desgracia, no todas las patilargas somos así

Algunos me conocéis desde que era una mocosa con voz de camionero (toda la vida he tenido esta ronquera, sí), y sabéis que no siempre medí el 1.81 m. que gasto ahora. “Dios mío, 1.81 m.”, pensará alguien, “como las modelos”, pensará alguna señora mayor muy simpática y agradable. Mal.

Por partes.

No mola nada que piensen que eres idiota

Yo empecé a crecer de repente, pero hasta hace poco vivía feliz pensando que de pequeña tuve un tamaño lógico. No obstante, mi querida madre  me abrió los ojos cuando me contó que en el cole, como no arranqué a hablar hasta los dos años (angelito) y era considerablemente más grande que los demás niños, el resto de madres se preguntaban si yo era retrasada. Reconoced que no empecé con buen pie.

La cuestión es que antes era una cosa… digamos… abarcable. Es decir, era grande pero no pasaba nada, había ropa de niñas mayores que me podía valer. Pero cuando en cuarto de Primaria (9 años) mides 1.42 m., en quinto 1.52 m., en sexto 1.62 m., y así llegas a tus dulces 13 años midiendo 1.72 m., pues las cosas se complican. Y encontrar uniformes de tu talla, también.

Ya hemos comentado que mi adolescencia fue bastante dura en cuanto al físico se refiere, pero si encima destacamos que yo le sacaba dos cabezas a casi todo mi curso, pues peor el trauma. ¿O no? ¿No os doy pena?

Paula y yo, orgullo del punto y la i

Bah, seré sincera, nunca he llorado por las esquinas. De hecho, mi amiga Paula mide 30 cm. menos que yo y vamos las dos por la calle tan pichis cuando nos miran de reojo.

Pero no es eso. A mí que todo el mundo que pase por la calle me mire los pies para ver si llevo tacones (la mirada traza el trayecto cara-pies-cara para asegurarse de que sigo a esa altura), me da igual -a veces me da corte porque no soy de lavar mucho los zapatos, seamos sinceros, pero en general camino mirando al suelo y punto-. Tampoco me importa que absolutamente todas las personas que conozco antes o después me comenten lo alta que soy como si fuera un descubrimiento, como si en 24 años no me hubiera dado cuenta. Ni es un problema que todo Madrid tenga curiosidad por saber cuánto miden mis padres (“¿Que tu padre es más bajo que tú? Ya te puedes parecer, que si no nadie diría que eres hija suya, ja, ja, ja.” “…”). Ni me molesta que prácticamente todas las mujeres de 25 para arriba alaben mi altura (demostrado), mientras que el 100% de los chicos de 20 a 30 años lo comenten como si fuera una desgracia.

A mí eso me da igual, la cuestión es que el ser alta tiene ciertos problemas prácticos. También tiene sus ventajas, claro, pero suelen ser ventajas para terceros: “perdone señorita, puede alcanzarme esa camisa de ahí” o el clásico “Blanquita, hija, coge la ensaladera que yo no llego”.

Pues mira, sí, me encantaría llevarlos más

Algunas el hecho de que no tenga que llevar tacones lo veréis como una ventaja, pero el día que me apetece ponérmelos, o que la ocasión lo requiere, válgame el cielo, tengo que pedir perdón hasta al apuntador. “Pero tía, ¿cómo eres tan asquerosa de ponerte tacones?, ahora nos dejas a todas enanas”; “joder, tronca, si ya eras alta, ahora eres una torre, parecemos  enanos a tu lado, Blancanieves, jo, jo, jo, jo, ¿lo pillas?”; y mi favorita, la de mi señor padre: “¿necesitas una bombona de oxígeno ahí arriba?”.

Lo de Blancanieves y los enanitos lo llevo entendiendo toda la vida, por cierto.

Pero bueno, envidiosos de mierda, pasemos a los aspectos prácticos.

Postura en cuestión que me da problemillas

Hace poco fui a Yoga (sí) con mi hermana. Jamás he sido flexible ni especialmente grácil, así que quizá estoy forzando un poco, pero bueno, el caso es que fui. Y yo ahí tan contenta en calcetines “perro para arriba”, “perro para abajo” (os juro que eso existe) dale que te dale en la colchoneta, hasta que nos viene la “postura del triángulo extendido”. La cuestión es que mi hermana y yo bajábamos considerablemente la media de edad, e, ilusa de mí, yo pensaba que a las señoras descalzas y en chándal de mi lado las iba a tener que mirar con condescendencia al final de la clase… Pero no sólo me miraron ellas a mí con pena mientras hacían el pino apoyadas en sus cabezas (¿?) y yo hacía mis abdominales en la colchoneta -con cuidado de no tirar demasiado del cuello-, sino que, en la postura del triángulo que os digo, era la única, repito, la única de la clase que no llegaba al suelo. ¿Por qué? Porque soy demasiado grande, y menos mal que la profesora fue un alma caritativa y me trajo una especie de bloque para que me apoyara y dejara de hacer esfuerzos inútiles por llegar al suelo. No sé, me  sentí como si en una clase de bici yo fuera la única con ruedines.

Pero vamos, lo de que soy torpe ya lo conté en su día en otro post, y no puedo hacer mucho por mejorarlo. Sólo una cosa: paciencia. Paciencia si tropiezo contigo, si te tiro las cosas, si misteriosamente mi codo acaba en tu cara. No lo controlo, lo juro. Jamás conseguí hacer un puñetero pino o una voltereta lateral por algo; básicamente, no sé sujetar las piernas arriba, se me doblan por el peso y me caigo. Y desde más arriba, recordemos.

Quizá sea un poco exagerado compararme con Alicia, pero anda que no mola esta foto

El tamaño también suele ser un problema importante a la hora de viajar. Aún no soy rica (insisto, aún), así que los aviones de las compañías low cost son los que más frecuento. Y los aviones low cost no es que sean más pequeños, es que ponen más filas. Y en los aviones low cost, al haber más filas, hay menos espacio. Y en los aviones low cost mis rodillas sufren. Mucho.

Pero en los aviones low cost y en algunos autobuses y en más de un restaurante con las mesas ridículamente bajas. Y también os diré que la mayoría de camas de hoteles de este bendito país no están pensadas para mí, y dormir con los pies colgando NO ESTÁ BIEN. Exijo mobiliario decente para piernas largas, maldita sea.

Otro problema práctico y el que más noto, sin duda, es el de la ropa. Tengo que reconocer que no soy la típica chica… tocha. Es decir, soy muy alta, no tengo unas medidas de Victoria’s Secret (dadme tiempo, que el Yoga está para algo), pero tampoco soy la típica armario ropero, en eso tengo suerte. Lo digo porque es verdad que cuando me encuentro con otras chicas igual o más altas que yo -con las que me miro como si fuéramos dos cachorros de la misma especie, por cierto-, veo que muchas de ellas son más grandes en general; y obviamente yo no voy a tener el brazo ni la pierna de una persona delgadita que mide 1.60 m., pero bueno, al menos hay tallas para mí. ¿Tallas de todo? No, de todo no: no tengo pantalones.

Dios bendiga la moda de los pantalones pesqueros (Colección S/S Mango 2012)

He aquí mi problema: todos los pantalones me vienen cortos y cuando me pongo falda se me ve demasiada pierna al descubierto, lo cual no siempre es bueno (véase en la oficina). ¿Qué hacer? Gracias a Dios la moda de las botas por fuera del pantalón se mantiene (tendríais que ver cómo voy por dentro) y los pantalones pitillo pesqueros también. Mi máxima es comprar cualquier pantalón que me pueda quedar relativamente largo, aunque de culo me quede fatal o me apriete muchísimo la tripa.

Ah, y quizá os haga gracia si os cuento que cuando me hice el láser en las piernas tuve que partir las sesiones, y cada vez que iba me lo hacían sólo de rodillas para abajo o de rodillas para arriba. ¿Por qué? Porque la cantidad permitida de crema anestésica apenas daba para un muslo, y así preferí hacer más viajes que morir de dolor agarrada a una camilla de una señora con gafas de soldador.

Cambiando de tercio, como comentaba antes, mientras que muchas mujeres alaban mi altura, la reacción de los chicos suele ser: “pobre… si al menos fuera chico…”. Es decir, los hombres, cuando están consiguiendo salir de esa época terrible de bigotillo absurdo y granos, se dan cuenta de que las chicas existen… Y a veces incluso están en su clase. En ese momento comienza una cruenta lucha entre los machos para llevarse a la fémina más apta para formar pareja en el patio del colegio. Y ahí nunca entré yo.

Sophie Dahl le saca dos cabezas a Jamie Cullum y quiero creer que son felices

Cuando los chicos aún no habían dado el estirón yo ya les sacaba un par de cabezas. Entonces era la torre, la jirafa. Beh. Mi madre me decía en aquel entonces “verás a los 20”. Y bueno, ellos crecieron y yo también, y aprendí a aceptarme y a entender que al fin y al cabo mi altura es la marca de la casa, sin ella sería algo menos llamativa (al menos la gente me recuerda por algo concreto)… Y en efecto, no es que llegaran los 20 y arrasara con todos, pero bueno, tengo mi público.

¿Y sabéis cuál es mi público? Los mayores… bueno, ya los que se acercan a mi edad, de 25 para arriba. Porque vosotros, hombres del mundo, hasta que no tenéis cierta edad no aceptáis que una mujer sea un poco más alta que vosotros, os sentís amenazados. Sólo lo asumís si es más joven que vosotros y podéis fardar con vuestros amigotes. Bueno o si es Gisele Bundchen, pero ya hemos dejado claro que no es el caso.

Hay excepciones, hablo de los que intentan ligar por ligar, porque un par de novios que he tenido sí que son más bajos que yo y, aparte de los comentarios  de mi abuela (“tú lo que tienes que hacer es encontrar un chico altito”), todo fue normal.

Ahora estoy con un chico al que mi señor padre califica de armario ropero o 4×4. No es casualidad, le conocí precisamente porque algún amigo suyo me debió ver apta para su amigo el gigante y me empujó hacia él. El resto es historia y por primera vez un chico me coge por la calle por encima del hombro.

Y eso a mí me parece de lo más tierno que me ha pasado nunca. Snif.

Lo bueno es que voy bastante tranquila con él por la calle

PD: Soy igualita que mi padre.

21 cosas que lo hombres no podéis (y deberíais) entender

Aviso importante: en este post a veces hablo en primera persona por razones puramente formales -salió así y ya-. Todos estos puntos son perfectamente aplicables a la inmensa mayoría de mujeres. Cualquier parecido con mi vida privada es casualidad.
(Es decir, no te lo tomes como algo personal, no lo haces tan mal. Pero lee atentamente, claro.)
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  1. Nos gusta dedicarle tiempo a la chapa y pintura antes de salir. Déjame tranquila. Que me llames diez veces sólo va a hacer que me manche con el maquillaje y tenga que volver a empezar.
  2. A veces, la ropa beige es necesaria. No lo entenderíais, pero no favorece a todo el mundo enseñar más de la cuenta.
  3. Es normal que no nos gusten algunos de vuestros amigos. Asumidlo e intentad no mezclarnos demasiado; es fácil. Pero que no lo notemos, porque si lo notamos, sospechamos; si sospechamos, daos por jodidos.
  4. Si te la pido, da una opinión sincera sobre mi aspecto. Pero opina, elige, mójate. No es lo mismo pelo suelto que con coleta, por ejemplo. Me importa un pito que para ti siempre esté bien.
  5. Ella es fea, yo no. (En general y sin excepciones.)

  6. Sí, nos enfadamos porque habíamos quedado y pasáis de nosotras. Lo entendemos y no os regañaremos porque no queremos ser esa novia pesada. Pero nos molesta. Y mucho.
  7. No, no alucino con un videojuego. Menos con su anuncio.
  8. Algo que os cuesta especialmente: tenemos en cuenta los días en los que debemos lavarnos el pelo. Es decir, no da igual qué día voy al gimnasio o me meto dentro de la piscina, porque si esa actividad -o similar- implica tener que lavarme el pelo después, yo no puedo dejar de pensar que a mí no me gusta lavármelo dos días seguidos porque se estropea demasiado… Y si el día siguiente es viernes, pongamos, y a mí me queda mejor el pelo el día que me lo he lavado -en efecto, hay mucha diferencia-, pues déjame en paz en jueves y no me salpiques, porque no querré lavármelo esta noche y sí la del viernes para salir esa estupenda. Capisci?
  9. Sé que el tema de las bodas es un problema. Sé que todos los hombres acabáis hasta las narices de oír hablar de moños y vestidos que favorecen más o menos. Pero una boda es una ocasión especial, en la que encima es posible coincidir con gente que ha estado en otra, y la mayoría no podemos permitirnos un vestido para cada evento. NO. De nuevo: no vale el “da igual, a mí me gustas con todo”, porque, querido, no es por ti, es por mí (por mi autoestima y bailar con mayor o menor seguridad Paquito el Chocolatero) y por superar a las demás. Y la que diga lo contrario, miente.

  10. Nos depilamos. No venimos así de serie. Lo siento.
  11. Además, hasta que un pelo no salga con las pinzas no me molestes. Es inútil. Siento ser así de cruda, pero es cierto. Y si tú, querido amigo, aún no eres consciente de esto, tiempo al tiempo, ya te acordarás de mí cuando convivas con una bella dama.
  12. Ante un posible conflicto no os vamos a decir jamás qué debéis hacer. Pero siempre -repito: siempre- esperamos que lo sepáis. El “haz lo que quieras, tú sabrás” sirve para algo. Para acojonaros primero, y para que hagáis la opción que menos os apetezca después.
  13. No, no estamos “en nuestros días” siempre que estamos de mala leche o tristes. Probablemente sí, pero el hecho de que lo adivinéis, y sepamos que tenéis razón al acusar a nuestras hormonas de estar tan insoportables, sólo hace que las ganas asesinas aumenten. Por eso lo tapamos diciendo que es machismo y montamos un pollo en el que es imposible que ganéis. Así que, en serio, llevad la cuenta en el calendario y dejadnos en paz.
  14. Yo puedo quedar con mis amigas a salir a muerte. Tú con tus amigos mejor sales sólo a tomar algo.
  15. Nos pueden gustar el fútbol y otros deportes, pero no es necesario ver cinco repeticiones y nueve resúmenes. De verdad.
  16. Nunca, jamás, bajo ningún concepto digáis que estamos más gordas. Ni que hemos echado culo o que algo nos queda peor que antes. Nunca, nunca, nunca. Never. En todo caso, sólo y exclusivamente si estáis 100% seguros, podréis decir alguna vez, de manera completamente positiva, que hemos mejorado.
    Ejemplo práctico :
    -Bien: “Se ve que estás yendo al gimnasio, de verdad que se te nota, ese vestido te queda genial. Qué guapa eres, Dios mío.”
    -Mal: “Joder, qué bien que estés yendo al gimnasio, eh. Se te nota un montón con ese vestido que has adelgazado.”
    Aunque no lo creáis, aunque lo hagáis con la mejor de vuestras intenciones, mientras que con la primera frase percibimos un refuerzo positivo que nos anima a seguir yendo al gimnasio, con la segunda oímos “antes estabas gorda, ahora, bueno”. Y la habéis liado. Que no os quepa la menor duda.
  17. Sí, nos contamos todo, todo y todo. Y no pasa nada. Si vosotros no sois capaces de hacerle una pregunta íntima a un colega, y necesitáis que lleve tres whiskies entre pecho y espalda para que os cuente que está destrozado por una ruptura, es vuestro problema. Nosotras llamamos y hacemos consejos de sabios; es más útil.
  18. A veces lloramos porque sí. De verdad que no pasa nada, no asustarse. Eso sí: no actúes como si no le dieras importancia; date por muerto, vamos. Y no cometas el error ya mencionado en el punto 13.
  19. Que miremos vestidos de novia asiduamente no significa que esperemos que hinquéis la rodilla. A ver si os enteráis de que la boda es una cosa nuestra. El matrimonio de los dos, bueno, pero cuando soñamos con la boda nos vemos entrando en la iglesia espectaculares. Ni siquiera tenéis que estar al otro lado del pasillo, no nos hacéis falta en nuestras fantasías.
  20. Siguiendo por ese camino: si babeamos por un bebé es normal. Tranquilos.
  21. Pues claro que me sé todo tu Facebook. De arriba a abajo. Hombre, por Dios, no puedes ser tan ingenuo.

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Y así, a bote pronto, no se me ocurren más, amigos. Pero no os preocupéis, seguiré apuntando cosas y la vida os será más fácil con nosotras.
Y vosotras, mandadme ideas por Facebook, e-mail, Twitter o tam-tam. Como sea, pero si queréis que incluya algo en una nueva entrada, o lo añada a ésta, lo haré con mucho gusto.

Por qué deberías leer

Sé de buena tinta que hay gente muy preparada e inteligente que no ha sido capaz de acabarse un libro en su vida. De hecho, yo veía cómo año tras año la gente se descargaba o copiaba de la Encarta los trabajos que en el cole nos mandaban sobre libros (y eso que ya nos pilló mayorcitos el boom de Internet, no quiero saber lo fácil que debe de ser ahora para un pipiolo de Primaria). Es decir, hay personas que no se leen un libro ni durante los años de colegio. ¿Cómo lo van a hacer después?

En cierto momento de nuestra vida alguien nos mete la idea de que leer es aburrido. Yo veo dos opciones: o la tele es la leche cuando somos pequeños, o precisamente en el cole nos dan libros que son un tostón. Existen obras buenísimas para niños que no tienen por qué ser un rollo, incluso una vez pasada la etapa de los colores, los animales y los números.

En mi casa siempre se ha leído, y por eso sé que hay libros muy distintos para cada edad, es decir: hay donde elegir. Y me vais a permitir ponerme nostálgica un ratito.

Recuerdo perfectamente los libros de Fray Perico y su borrico, La bruja Mon (“y un jamón, dijo la bruja Mon”)  y en general toda la colección del Barco de Vapor en el cuarto de mi hermana. Mucho más antiguos, pero igualmente apetecibles cuando tienes ocho o nueve años, eran los libros de Enid Blyton (cuya foto en la contraportada siempre me recordó a mi abuela materna, por cierto). ¿Los conocéis? Rebuscando ahora por Internet veo que escribió una barbaridad de libros, pero nosotras teníamos varias colecciones; que recuerde: Santa Clara, Torres de Malory, Los Cinco y Los Siete Secretos.

Santa Clara y Torres de Malory narran lo que todas soñamos en nuestra infancia: un internado con uniforme guay, piscina construida en un acantilado, y mil amigas para hacer travesuras y fiestas clandestinas en las que se bebía cerveza de jengibre. Os juro que no sé qué más puede desear una niña. Las otras dos colecciones eran de pandillas de niños que descubrían misterios; yo era de Los Siete, mi hermana de Los Cinco. Nunca supe por qué esa división, pero si te gustaba Jorgina de Los Cinco no apreciabas tanto la inteligencia de Scamper (el perro de Los Siete).

Reconozco que no hace falta irnos hasta libros de los años 40 y 50. Yo siempre fui un poco más bestia, y los libros de Manolito Gafotas, de Elvira Lindo, me encantaban. Hoy día los sigo guardando con la esperanza de que mis hijos se entretengan con el niño de Carabanchel (Alto), mientras yo me parto viendo la peli, que es puro humor para adultos. -Si no la habéis visto, 100% recomendable.-

Sin embargo, recuerdo que el primer libro que realmente me gustó en el cole, me enganchó y me compraron a petición mía, fue una joya de Carmen Martín Gaite: Caperucita en Manhattan. Aún lo leo de vez en cuando y le tengo especial cariño.

Aunque no lo creáis, en la adolescencia, entre cambio de hormona y bronca con las amigas o con los colegas, también hay libros interesantes. Yo misma tengo aún en una estantería terribles libros de colores que me contaban cómo niñas con granos y pringadas como yo no conseguían al guaperas de turno. No guardo especial recuerdo de ninguno, prueba de que son bastante malos, pero oye, al menos no dejé de leer.

Y ahí es donde quería llegar. Da igual que no sea un premio Nobel: LEE, por favor. Reconozco que yo más de una vez me he metido con los libros de Moccia, incluso aquí, en el blog, pero en el fondo soy defensora de cualquier libro. ¿Por qué? Tres razones básicas: te ayudan a expresarte, aprendes a escribir (tanto por la ortografía como por la estructura de los textos) y potencian la imaginación.

Cualquier libro publicado merece ser leído por alguien, porque, aunque sea malísimo y la historia una porquería, siempre implica que algún editor ha trabajado en ello, y lo más normal es que al menos esté bien redactado (que no escrito). Y eso sirve de mucho.

La gente que no lee no sabe escribir. Eso es así. Y no hablo de escribir especialmente bien, como para pensar en publicar una novela, me refiero a escritos básicos, al día a día, al trabajo.

En un mundo conectado por redes sociales y chats gratuitos, nadie puede evitar que los demás vean cómo escribe. ¿Y sabéis lo peor? Que nos importa un pito, y que si un famoso pone un error garrafal en Twitter no pasa nada, aunque le sigan 17.000 personas. Oye, aquí ni mú, no vaya a ser que se ofenda.

Si da igual. Nos da exactamente igual la “ll” que la “y”, seguimos acortando como si aún costara cada espacio como con los SMS. Además, las aperturas de exclamación y de interrogación han pasado a la historia, y parece que en algún momento se ha aprobado un decreto en el que se han perdonado las tildes y yo no me he enterado.

Es lógico que todos tengamos faltas de ortografía, yo misma puse el otro día una tilde mal en Facebook y fui convenientemente corregida por mi amigo Álvaro (en público, ejem). Es normal, sobre todo si escribimos rápido. Pero hay que tener cuidado, y hay que aprender. Y para aprender, se lee. Hay que leer.

Y no me voy a enrollar demasiado en otros aspectos formales, pero creo que todos hemos tenido en nuestras manos algún documento escrito por alguien que claramente no leía. Y lo más probable es que no te hayas enterado de la misa la mitad, porque, amigos, sólo leyendo aprendes con soltura a redactar, a ordenar tus ideas.

Por otro lado, leer es la manera de aprender más vocabulario y expresiones nuevas, más que nada para no parecer un Furby con tres frases hechas.

Más allá de la ortografía y el estilo, leer es divertido, en serio, y tengo el firme convencimiento de que te da más imaginación. No puedes coger un libro que es un coñazo, obligarte a leerlo, y decir que te aburres, que mejor te ves las pelis. ¡No! Busca un libro que te guste, como si es erótico o de amor -reconozco que los típicos libros de chicas son un bodrio pero entretienen muchísimo-, y disfruta. Que te apetezca montarte en el autobús para seguir con la historia de amor, o que no quieras apagar la luz hasta que sepas qué narices pasa con ese asesinato; esas son las clases de sentimientos que se pueden llegar a tener, de verdad.

Imagínate a los personajes, ponles cara. Yo siempre utilizo rostros conocidos para construirme los personajes en mi mente; nunca de gente demasiado cercana, porque no cuadraría con la historia, pero sí de actores que encajen bien o incluso de personas que suelo ver de vez en cuando… Así, Hermione y Ron (de la saga Harry Potter) para mí eran unos niños de otros cursos del colegio; nunca había hablado con ellos, pero me sabía sus facciones y cuadraban. Cuando llega la peli y me las fastidia, pues vaya mierda, pero hasta entonces estaban muy definidos (a Harry me lo inventé, directamente).

Espero no haber sido demasiado pedorra con este post. No me considero una cultureta: hay mil obras de autores conocidísimos que no me he leído, y reconozco que no me van mucho los clásicos. Aunque creo que sé distinguir perfectamente un buen libro de uno malo.

Al contrario de lo que pueda parecer, tener la costumbre de leer no implica ser una rata de biblioteca. Todo el mundo debería leer lo que realmente le apetezca, lo que es absurdo es fingir y llevar un libro sesudo debajo del brazo, cuando en realidad lo que quieres es coger el último de Ruiz Zafón, algo perfectamente comprensible.

Pero, sobre todo, hay que leer porque un libro puede ser como tú quieras, y eso es algo que ni las redes sociales, ni el cine, ni los videojuegos nos dan. Y encima puedes entrar en su historia cuando quieras, en el formato que más te guste (papel o electrónico), y cerrarlo cuando te aburras. ¿Qué más quieres…

… aparte de poder disfrutarlo en un sitio así? 🙂

Los becarios

Los becarios somos los parias de la sociedad, ya lo dije en algún post. ¿Por qué?

Que se me ocurra a bote pronto:

-Los becarios no tenemos muchos derechos, que digamos. No voy a empezar con legislación y demás, pero básicamente: no tenemos vacaciones, que así de primeras es lo que más jode.

-Los becarios nos quedamos en las vacaciones de los demás, eso sí.

-Los becarios somos a los que nadie quiere cuando llegamos. Todo el mundo mira para otro lado, porque nadie quiere hacerse cargo de nosotros y enseñarnos cómo funcionan las cosas. O sea, que regresas a ese momento en el que nadie te cogía para su equipo de fútbol o baloncesto.

-Los becarios tenemos nuestro minuto de gloria en un momento muy concreto. Exactamente, justo, precisamente, en cuanto se necesita a alguien para un marronazo; ahí las miradas nos taladran. Porque otra cosa no, pero marrones tenemos todos los del mundo.

-Los becarios acabamos manejándonos a la perfección por la oficina (a base de hacer de todo, claro), pero seguimos siendo el último mono. Incluso para el tema de los cheques restaurante, que si nos tenemos que quedar a comer lo pagamos nosotros, que para eso nos dan una “ayuda para el estudio”.

-Los becarios tenemos que ocultar de cara al público nuestra condición de parias, porque quizá los clientes o quien sea se sienta ofendido si un becario se dirige a él.

-Los becarios no tenemos sentimientos. Si hablan delante de ti utilizando frases  del tipo “porque ella es becaria” o “pero ella es becaria”, te callas.

-Los becarios somos expertos en tóner, sobres, sellos, y material de oficina en general.

-Los becarios no tenemos margen de error. Debemos ser máquinas precisas e indestructibles. Echarnos es muy fácil y muy barato.

-Los becarios somos perritos falderos: necesitamos caerle bien, contentar y gustar a todo el mundo. De eso depende nuestra continuidad, al fin y al cabo.

-Los becarios hacemos muchas cosas que llevan la firma de los demás.

-Los becarios tenemos que trabajar las mismas horas que el resto, pero por el tercio del sueldo de la persona que menos cobra aparte de nosotros (que suele ser un pringado también).

-A los becarios nos retienen del sueldo entre 8 y 14 euros (en mi experiencia). Dos o tres copas.

-Y por último, cagaos, los becarios tenemos que estar AGRADECIDOS porque nos pagan. Que tengamos eso en cuenta. Que pensemos que tenemos suerte porque nos pagan 400 EUROS.

Los becarios somos… No, no somos nadie.

Time goes by

Me hago mayor. Sí, amigos… Tengo 23 años, y sé que os sonaré exagerada, pero desde hace unos meses me he hecho mayor. En serio, que esto es como cuando pasas de primaria a la ESO, o de bachillerato a la universidad. Que de repente hay un día en el que dices “esto ya no es lo que era”.

¿A qué me refiero? Veamos: ¿crees que una mísera becaria puede cogerse vacaciones para irse de viaje cuando quiera, por ejemplo? No. No importa, porque tampoco tendrá dinero, así que qué más da. Sí, en efecto, estoy en ese punto cabrón en el que has dejado atrás los exámenes, las cañas a cualquier hora del día, trasnochar entre semana y básicamente ser feliz, a estar en el escalón más bajo de las castas, a ser parte de los parias de esta sociedad: los becarios.

El problema de ser becario una vez has acabado tus estudios es que eres un quiero y no puedo de los trabajadores -cobras mucho, mucho, mucho menos, no cotizas, y no tienes vacaciones-, pero la parte buena, la de trabajar menos horas, ni siquiera es divertido. Cuando era universitaria tenía las tardes libres, y no recuerdo haber desaprovechado ninguna… Porque en aquella época, estar tirada viendo series o leyendo no era desaprovechar; primero, porque es lo que toca, y segundo, porque en realidad siempre tendrías que estar haciendo algo, otra cosa es que no lo hicieras, pero que la responsabilidad estaba ahí, oye. En cambio, cuando eres becaria y no tienes trabajo para hacer en casa, te quedas por las tardes tirada, y vas al gimnasio, te aficionas a los concursos, y meriendas y te pones gorda. Y claro, ves un pequeño avance de lo que será tu jubilación.

Esta crisis viene porque, después de un año trabajando y estudiando a la vez, sin horas en el día para nada y muchos ataques de pánico (soy más bien vaga, y qué queréis que os diga, lo del máster me sobrepasó que no veas), ahora me encuentro con que soy la becaria de una editorial y que necesito ocupar mi tiempo libre por las tardes. Voy a seguir dándole duro al gimnasio y creo que retomaré el inglés, así que espero tener un año relativamente ocupado.

Pero no importa, porque el resto del tiempo libre puedo llenarlo cuidándome. Sí, porque aunque soy una persona más bien dejada en cuanto a cuidados estéticos (no sabéis las broncas que me como en la peluquería cuando me dejo caer), no puedo evitar darme cuenta de que necesito poner un poco de interés en cuidarme. No digo que me haga mayor y me eche cremas antiarrugas o algo así, no estoy grillada… Veréis, lo que ocurre es que las fases de las que he hablado antes van acompañadas de unos cambios en la rutina del cuidado personal. Y me siento vieja, joder. Porque de repente me he dado cuenta de lo que ha cambiado todo desde que iba al cole, desde que tardaba 10 minutos en arreglarme.

Obviamente, cuando pasé de primaria a la ESO no tenía que hacer nada. Era fea y no había nada que arreglara aquello. Nada, uniforme y al colegio. Fuera. Y a esperar poder pasar desapercibida.

De bachillerato a la universidad ves un rayo de esperanza: nadie te conoce, es el momento de tomárselo más en serio y empezar de cero. Comencé a pintarme un poco, sólo polvos para evitar ese color verdoso que se adueña de mí en invierno, pero me di cuenta de que la facultad de Periodismo no es el momento para experimentar con maquillajes. Tanto mejor.

¿Y ahora? ¿Qué ha podido cambiar en cinco años? TODO. No sólo que debo pintarme cada mañana: TODO. Primero, que ese maldito año de estrés ha hecho que me tenga que teñir, sí, porque ahora tengo canas. Y como las mujeres no tenemos suficiente con despelucharnos todo lo que la sociedad nos exige o se nos vea con la ropa de trabajo, tengo que teñirme. Tengo que cogerme los guantes de plástico y echarme un potingue en el pelo, mientras miro a ver qué champú que proteja el color debería comprarme. PORQUE ME HE HECHO VIEJA.

Sé que es una tontería, que muchas mujeres comienzan muy pronto a tener canas, pero estoy completamente traumatizada. Y mi amiga Vero tiene razón, soy una exhibicionista y esto tengo que contarlo, porque supone un duro golpe para mí.  Y es que no es sólo esto: es que una maquilladora me dijo que tenía que echarme antiojeras y ahora me pongo todas las mañanas, en verano tengo que tomar el sol sin guiñar los ojos porque si me descuido se me quedan blancas las marcas de las patas de gallo, tengo que ir al gimnasio porque mi flacidez asusta, y hasta me siento mal por no desmaquillarme jamás (cuando toda la vida me he despertado tan ricamente como un oso panda).

¿Qué será lo siguiente? ¿Beber dos litros de agua diarios y dormir ocho horas? Mira que todas las top models dicen que ese es su único secreto de belleza. Si consigo sobrevivir a las arrugas, a lo mejor os doy una sorpresa en el próximo desfile de Victoria’s Secret. Fíjate tú.