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FNO

Ahora se habla por acrónimos. Yo no tengo Blackberry, tengo BB; no me comunico por Facebook, lo hago por FB; y anoche no fui a la Fashion Night Out, fui a la FNO.

Pues sí. Vogue organiza cada año una noche dedicada a la moda. Ayer fue el turno de Madrid: las tiendas abrían hasta las 12, te invitaban a bebidas, hacían descuento en las compras… La ciudad estaba llena y la gente animada, fue un éxito.

Pero lo que me hace gracia es la actitud de los asistentes a este tipo de eventos. Realmente la raza humana es fascinante, y ayer había una combinación de glamour y catetismo maravillosa. No, no era una combinación, era un revoltijo.

Aparte de lo que he dicho antes de las tiendas, la cosa básicamente iba de ver y dejarte ver. Y si eres fea, te jodes; porque te van a ver, estudiar y criticar. Qué tensión, madre mía, todo el mundo con tocado y tacones. Qué absurdo.

Si digo que era un revoltijo es porque te encontrabas con las típicas niñas superglamourosas que se podían poner el tocado o una piña en la cabeza si les diera la gana, frente a las que se ponían el vestido que habían llevado para la boda de su prima y, como iban a ir al Serrano, decidieron arreglarse mucho. Pero mucho. Al menos estas últimas van porque les divierte – entiendo- y no como las otras, que es la obligación de turno y hay que poner mala cara porque no llevas tacones (me sentí fatal, pude ser la única de todo Madrid plana).

Aparte de los asistentes terrenales -muchos y muy variados, como siempre exagero porque si no esto no tendría ni puñetera gracia-, estaban los VIP. No hay evento que se precie sin este otro acrónimo: VIP. Pronunciado como bip o viaipi, depende de lo guay que seas.

Bueno, pues los Very Important People de la noche de ayer fueron tratados como monos. Subiendo por Ortega y Gasset, según cruzabas Serrano, aparecía una carpa, no demasiado grande pero bien, amplia; sólo que no era cerrada, sino que alrededor había vallas y ahí, hacinados, los berimportantpipol siendo observados por los madrileños ansiosos de fotos que colgar en redes sociales y de tirarles un cacahuete. Tendrían canapés, pero a mí me dieron penica.

Creo que luego tuvieron recreo, porque les vimos rondar las tiendas de lujo, su hábitat natural. Y ahí estaba Borjita Thyssen con Blanca Cuesta, en la puerta de Angel Schlesser dejándose hacer fotos por profesionales y aficionados. El ying y el yang, el glamour casposo y la mejor moda.

Ahora, el momentazo de la noche: “Chicas, que dan perritos calientes en la joyería Suarez” -sí, sí, yo estoy en el lado de la caspa que iba buscando comida gratis; anoche no me venía bien comprarme un diamante-, “Ok, nos vemos en la puerta”. Y ahí que nos vamos, y cuando estamos a punto de entrar aparece un puerta y nos dice que no, y yo gruñendo que no voy a las discotecas grandes por no hacer cola, me la voy a hacer por un perrito caliente viendo anillos… Pero me tuve que callar, porque ante mí se apareció Norma, Norma Duval (obviamente), “que viene conmigo” y señalaba magnánima haciendo entrar a quienes ella dijera. Y otra vez BB (aka Borjita y Blanca), y, cuando parecía que no se podía poner mejor la cosa: Cari Lapique. Qué poderío. Cómo apartaban vallas para ponerse en la puerta a posar todos juntos. Y todos los mundanos haciendo fotos con el móvil. Qué regocijo tenían que sentir los malditos.

Total, que no entramos, y decidimos ir a Carolina Herrera, donde parecía que daban algo si llevabas uñas rojas (nos habíamos preparado, somos unas profesionales).  Pero de camino paramos porque nos encontramos la mayor masa de gente de toda la zona. ¿Quién habrá? ¿Qué regalarán? Era delante de La Perla, glamourisísima marca de lencería, así que no sería raro que hubiera alguien especial… No, queridos, era la demostración de que todos, por muy glamourosos que queramos ser, por mucho que finjamos que entramos en una tienda a ojear y no a por la copa que hemos visto que dan, somos de carne y hueso: flanqueando la puerta había dos monumentos de mujeres mostrando la brevísima colección de otoño-invierno. Ligas incluídas.

En realidad fue un alivio ver que todo sigue igual.

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1 de septiembre

Se abre el debate (que probablemente me bloquee el blog, ya sabéis que esto se extenderá como la espuma): ¿gusta o no gusta septiembre?

A mí sí. Por ahora, claro. El hecho de que nunca haya tenido que volver al trabajo el 1 de septiembre puede, y sólo puede, que ayude. Bastante. Pero el hecho es que para mí septiembre siempre ha significado un mes lleno de cambios.

Cuando iba al cole recuerdo la emoción del último día de clases en junio, pero aún más cómo era reencontrarte con todo el mundo tres meses después. Es cierto que la emoción iba perdiéndose año a año, a medida que te exigían más y tu futuro empezaba a depender de lo que hicieras en Bachillerato (C.O.U. para los viejunos; padre, el tuyo ya ni lo controlo).

Yo nunca me cambié de colegio, así que cuando empecé la universidad no me hice pis encima y lloré corriendo hacia mi mamá por aquello de tener algún amigo en los cuatro años de carrera, pero vamos, ganas no me faltaron. En el fondo me apetecía muchísimo y en seguida me acostumbré y, sobre todo, conocí a un montón de gente estupenda.

No, yo no soy la típica que diga que septiembre mola porque no suspenda nada, de hecho jamás he pasado limpia, qué le vamos a hacer -o sea, algo se podría haber hecho, pero mira, que ya es tarde para mirar atrás-. Aún así, como todo el mundo sabe, Periodismo no es lo que se dice una ingeniería, así que durante unos días vamos a mirar el lado positivo y de paso al chico guapo que se me sienta delante en la biblioteca. Además, yo soy del plan antiguo, así que cuando acababa el infierno de los exámenes todavía me quedaba más de medio mes para el cachondeo. Y, vamos a reconocerlo, Madrid en esta época es divertidísimo, porque todo el mundo sale como si no hubiera un mañana.

¿Y ahora qué? Pues ni idea, pero sé que este septiembre me gusta. Tengo que hacer mil cosas para solicitar un máster, buscar trabajo, quedar con todo el mundo que no he visto durante el verano, volver al gimnasio… Y me gusta. Me apetece, porque es como empezar de nuevo. Probablemente el 1 de octubre os mande a todos a la mierda, pero ahora mismo estoy de buen humor.

Y esta estupidez… ¿a qué viene? Pues a que se me ha ocurrido poner en mi gran amigo Facebook algo como “Feliz 1 de septiembre”, y las fieras me han atacado. Que si vaya mierda, que si qué depresión…  Me dicen que soy optimista. Pero como algo negativo. Eso sí que es triste y no este mes. He dicho.

Madrid 2016

Yo no sé si nos llevaremos los Juegos Olímpicos del 2016. A saber dónde estoy entonces. Y Gallardón ni digamos. Pero sé que es una ciudad que se lo merece.

Porque tiene mil sitios para descubrir. Por muchos años que lleves en Madrid, hay tantas zonas tan diferentes que siempre podrás sorprenderte… Aunque los españoles seamos más de acomodarnos en los tres sitios de siempre. Ya se sabe, más vale malo conocido…

Porque no será la ciudad más bonita del mundo, pero sí de las que tienen vida y te invitan a dar una vuelta. Cada estación del año tiene su aquel, pero en primavera y en verano está especialmente bonita (con permiso de las luces de Navidad, que molan bastante). Lástima que los que sufrimos la alergia vayamos por la calle lloriqueando y sin poder apreciar los almendros en flor.

Porque, sin duda, es la ciudad que nunca duerme. Al carajo con New York -y que Frank me perdone-, en Madrid puedes salir de casa un lunes a las 8 de la tarde y volver a las 7 de la mañana (verídico). Y siempre, siempre, siempre verás gente por la calle. El estado en el que estén es otra cosa.

Porque te puedes encontrar a los personajes más peculiares por ahí sueltos… Y siempre acabas hablando con ellos de tu vida. Cosas de la noche.

Porque tenemos oferta gatronómica para todos los gustos y bolsillos. Aunque los guiris siempre acaben pagando 15 euros por un pincho de tortilla al solazo de la Plaza Mayor.

Porque cada vez es más cosmopolita. No es justo que en el extranjero se crea que Barcelona es la única ciudad de España abierta al mundo -a raíz de las Olimpiadas, por cierto-. Si bien siempre hay riesgo de que te toque un taxista homófobo, misógino, y todas esas palabras que gustan tanto últimamente en los medios de comunicación.

Porque el cielo de Madrid tiene un azul especial. Y la polución no tiene nada que ver.

Porque tienes todos los pueblos de la sierra a tiro de piedra. Mención especial a San Lorenzo de El Escorial, obvio.

Porque las instalaciones están casi preparadas, y si no que se lo pregunten a los que llevan soportando las obras no sé cuántos años. Oséase, todos los madrileños.

Porque hay otras 1500 razones que no puedo detallar ahora porque debería estudiar.

Y porque si somos los chulos de España, será por algo. ¿O no?

Yannik 029

Jaime y yo una noche cualquiera. Él es madrileño de adopción, pero encarna la chulería como nadie.

 

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La Navidad es peligrosa

Sí, sí, sí… Se acerca la Navidad, y no encuentro mejor tema para darle un poco de actividad al blog, que ya he terminado con la mayoría de trabajos para la universidad y soy un poco más libre -y más feliz también, dicho sea de paso-.

Personalmente, empiezo a estar frita de los anuncios y de las piezas de los telediarios que te sacan el tema veinte veces al día, pero reconozco que una parte de mí siempre se emociona por estas fechas…

jude20law1Porque sí, el 40% de los anuncios son de colonia, y suelen recordarte que jamás te parecerás a esa chica que se revuelca por la playa, o que nunca te acercarás a hombres tan guapos. Además, hay otro 40% que ocupan los anuncios de juguetes, los cuales no consiguen sacar mi lado infantil, sino que hacen que me dé cuenta de lo vieja que me estoy haciendo (“Hay que ver las cosas que les hacen ahora a los niños… ¡Y todos con móvil!”). El 20% restante se lo concedemos a las ofertas de los super, que no está la cosa para derrochar.

Sobre los telediarios creo que me abstendré de hacer comentarios. Al fin y al cabo estoy en el penúltimo año de mi carrera, y si en un par de Navidades me hacen ir con la alcachofa a la Puerta del Sol para preguntarle a un niño qué le ha pedido a los Reyes, pues lo haré. Y punto.

Una de las cosas que más me gusta de diciembre son las luces de Navidad. Madrid está preciosa, y es la época en la que mejor soporto tener que volver en coche a las 8 de la tarde desde Getafe, porque me recorro todo el Paseo del Prado y de la Castellana, y puedo ver la decoración mientras voy cantando -si no, me aburro-. Pero si lo pensáis bien, esto que os acabo de contar, que parece un recuerdo navideño tan feliz y entrañable, en realidad podría ser el tema de un anuncio de la DGT. Anda que no me he llevado sustos por ir mirando donde no debía.

Reconozco que soy bastante despistada, y aunque lo de la conducción me lo tomo en serio, los ojos se van de vez en cuando… Bueno, sí, cuando no hay luces de Navidad algún luces1motorista a la salida del trabajo puede llamar ligeramente mi atención, pero aparte de eso, nada de qué preocuparse. Pero es que, cuando está puesta la iluminación, voy como subnormal mirándola por encima del volante. Sólo me queda que me cuelgue la babilla mientras hago “ooohhhh”. Y menos mal que ya quitaron aquellas luces en la Castellana con forma de palabras (en la foto), porque tenían el extraño poder de hacer que intentara leerlas todas, y jamás se me ocurría mirar a mi alrededor (en esa época no conducía todavía).

Agradecida que es una, que por unas cuantas bombillas ya le has alegrado la vida. Qué pena que no tenga cámara de fotos para enseñaros las de este año por aquí… (Mensaje subliminal para Mi Conciencia/Rey Mago/Papá Noel)

De todos modos, no me parece lo más peligroso de esta festividad. Vamos a ver, yo sé que lo de las doce uvas de la suerte es una tradición muy española, y de hecho la echaré de menos el día que no la haga -me temo que este año llevaré el bote en el que vienen ya peladas a Alemania, que es donde estaré en el cambio de año-, pero a mí me gustaría ver algún registro de las ambulancias llamadas por ahogamiento en ese preciso momento. Aunque a ver quién localiza una ambulancia con todas las líneas saturadas.

No conozco a nadie que no se haya ahogado alguna vez viendo a Ramón García, y a mí sólo se me ocurre pensar que qué muerte tan grotesca. Pero es un clásico mirar de reojo para ver quién cae ese año, y lo mejor es que no te das cuenta cuando el infeliz empieza a toser, sino que primero llega la mirada de pánico (hacia Ramonchu, como si él nos fuera a salvar). Luego ya viene la explosión… Y qué pringue.

En mi casa, mi padre se vuelve gracioso precisamente en ese momento e intenta hacernos reír. El procedimiento es simple: dice números al azar en vez de contar las puñeteras 12 campanadas en orden. Como ya estamos avisados -¿cuántos años llevas haciéndolo, padre?-, yo intento abstraerme. Imposible. Siempre me entra la risa. Pero igual que tengo boca grande para pedir, la tengo para engullir 12 uvas como un avestruz. Pas de problem.

ramonchuLa anécdota más graciosa que me ha pasado las últimas nocheviejas fue hace dos años. La celebramos en casa de mis tíos, así que justo antes de la medianoche me senté con mi prima en el suelo, en primera fila delante de la tele. Ése sí que es uno de los momentos que te sacan el lado infantil y te hace estar emocionada pegando la cara a la pantalla -a Ramonchu-. El caso es que, después de las consabidas explicaciones y nuevas gracietas de mi padre (“ayay, que empieza… que no… ¡que son los cuartos!”), vinieron las campanadas.

Ya a la segunda noté que Inés, mi prima, me daba un golpecito en la espalda, pero le hice un gesto para hacerle entender que no era el mejor momento. Y es que dos personas que pueden comerse las uvas, contando en alto las campanadas, muriéndose de frío (más ellas, que van siempre medio desnudas), y que sin embargo guardan la compostura delante de toda España, tienen un efecto hipnotizador en mí inexplicable. La consecuencia fue que pasé de Inés, y la pobre no entró con muy buen pie en el 2007. Tosiendo y roja sí, desde la segunda campanada precisamente, pero un pelín cabreada conmigo también.

Mi teoría es que mejoras con los años… Pero Inés, aunque haya estudiado más que yo, es un poco torpe. Seguro que ya está ensayando en su residencia de París  para el gran momento -con vídeos de Ramonchu-.

Lo siento, prima, no podré verlo, pero seguro que lo haces muy bien. 🙂

PD: Mi conciencia sabe que esta nochevieja no será igual sin su particular festival del humor.

Y nos wombatizaron

Comienzo con este post una nueva sección en mi querido blog: Living Madrid -en la que también incluiré posts anteriores-.

Sí, lo sé. No es muy original y puede que os parezcan unos sitios espantosos los que os recomiende. Pero parte de mi formación universitaria se basa en salir por la noche, así que iré hablando aquí de eventos y lugares que me gusten… o no.

Empiezo con el concierto al que fui el martes 21 (sé que es tardísimo, pero estoy un pelín liada últimamente): The Wombats. Tocaron en la Sala Heineken, local al que he intentado entrar un par de veces por la noche y después de ver la cola he tenido que retirarme para acabar en cualquier otro sitio.

Pero lo cierto es que cuando vas con entrada -y edad, que vi a más de un pipiolo yéndose a revenderla por tener DNI falso- el sitio es perfecto para conciertos. La parte de abajo es amplia y hay espacio suficiente para que la marea de fans muera aplastada a su gusto, o, si lo prefieres, te puedas poner al final para escucharlo tranquilamente; además tiene una zona de fumadores arriba, en lo que sería el gallinero, desde donde yo vi a los cantantes -prácticamente debajo de mí- y disfruté del aire acondicionado.

Ahora, eso sí: para ser una sala completamente patrocinada por Heineken, que te cobren 6 euros por un botellín de esa marca escuece un poquito.

Al lío: el grupo.

Tres chicos que se conocen en el Liverpool Institute for Arts (LIPA). Ellos son, de izquierda a derecha: Tord Øverland-Knudsen (bajo, coros y teclados; de origen noruego y al que llamaremos Tord a secas), Matthew Murphy (cantante, guitarra y teclados), y Dan Hagguis (batería y coros). Y juntos han dado lugar a una serie de canciones de estilo indie-pop que están arrasando.

Empezaron lanzando singles ayudados por el LIPA y por cuenta propia; hasta que consiguieron hacer varios conciertos en Japón.

Es curioso que un grupo que representa tan bien el estilo popero que está contagiándose entre todos los modernillos de Europa y EE.UU. -desde Andrea Casiraghi a Lindsay Lohan- triunfe tanto en Asia pasando prácticamente desapercibidos por el resto de continentes durante un par de años.

El caso es que tuvieron tanto éxito que sacaron dos álbumes que sólo se vendieron ahí: Girls, boys and marsupials y The Wombats Go Pop Pop Pop.

Después básicamente empezaron a hacer de teloneros para grupos como The Killers hasta que pudieron grabar su primer LP en Europa: The Wombats Proudly Present: A Guide to Love, Loss and Desperation.

Se trata de escuchar sus canciones cuando estés deprimido, porque conseguirán animarte, o cuando estés aguidetolovelossde buen humor, porque te pondrás a dar saltos. Sus letras son desenfadadas y normalmente muy graciosas -recomiendo leerlas en internet-.

Además, acaban de lanzar un par de singles más en Reino Unido, uno de ellos en contra de la Navidad. Espero que lleguen pronto a España.

Fuentes nada razonables me habían informado de que en el escenario no son gran cosa -probablemente influyó el hecho de que esta opinión se formara en un concierto dentro de un macrofestival en pleno julio en Alemania-. Pero a mi juicio, y al de mis acompañantes, lo hicieron increíblemente bien. Eso sí, una botellita de vino para echarle mano entre canción y canción debe de ayudar bastante…

La cosa es que tocaron todos los temas del disco y fueron simpáticos con el público, aunque con el acento tan cerrado de Liverpool (si se pronuncia Lifpiul mejor), creo que nadie sabía de qué hablaban; pero como buenos españoles nos dedicamos a gritar como bestias para no hacerles el feo.

He de decir, que ahí donde le veis (horrible, vamos), Tord me enamoró locamente; y es que no sé qué tienen los artistas encima del escenario… Creo que ya hablaré de eso en otro post, porque tiene miga.

Por ahora os dejo con un par de vídeos y con la promesa de escribir más a menudo (aunque esto probablemente os dé exactamente igual). 🙂

Rock in Rio

Ser progre es complicadísimo. Me parece que debería escribir otro post sobre cómo ser moderno y no morir en el intento, pero por ahora me ceñiré a seguir contando cómo me meto en cualquier acto multitudinario que se precie. El viernes pasado tocó Rock in Rio.

 

 

¿Que a qué viene lo de ser progre? Pues porque ahora resulta que te miran mal por ir al Rock in Rio y no poder ir a festivales como Werchter (Bélgica) o Summercase (Madrid y Barcelona). Que sí, que son festivales a los que me hubiera encantado ir, pero, mirad, qué queréis que os diga, será la edición menos rockera de este festival, pero lo cierto es que me lo pasé como una enana en Arganda del Rey.

 

Para empezar, y aunque sea de mal gusto decirlo, que no pagamos un duro. No… aún no tengo un pase de prensa (tiempo al tiempo), pero sí amigos y un poco de morro. Entre que nos consiguieron invitaciones, que las metimos en un sobre VIP -sin serlo- para aparcar gratis, y que conocíamos a un camarero, ocho amigos nos ahorramos unos 150 euros en una noche impresionante; pero que de no haber sido de esta manera no hubieramos podido disfrutar. Es decir: vaya robo.

 

Más de setenta euros la entrada, veinte euros el párking -o chuparte tres horas de cola para coger un autobús bajo el sol de las cinco de la tarde en Madrid-, y la comida y bebida que tienes que consumir en unas ocho horas de festival… De ahí que la media de edad rondara la treintena. Pero vamos, que teniendo en cuenta que han montado una macrociudad para cinco días, ya pueden intentar sacar monedas de oro de debajo de las piedras, ya.

 

Porque otra cosa no, pero piedras hay para aburrir. Yo llegué con sandalias marrones, y salí con una capa gris hasta la rodilla. Eso sí, de repente te encuentras unos terrenos de césped artificial que ni Polaris World -de estos que no puedes arrancar una sola hebra para hacerle nuditos mientras estás tumbada absorta en tus pensamientos-.

 

La cosa es que para haber construido todo en medio de la nada es impresionante. Y, aunque es un poco como el desierto del Gobi, mucho calor durante el día y mucho frío por la noche, yo estuve perfectamente todo el día: desde las siete de la tarde a las tres de la mañana que pasé ahí. Fui con miedo, pensando que sería horrible el agobio -tengamos en cuenta que sólo en el párking de pago caben 7000 coches-, pero si no te quieres pelear por ver la cara del cantante a diez metros, se está perfectamente.

 

Yo vi los cuatro conciertos del escenario principal: Stereophonics, Amy Winehouse, Jamiroquai y Shakira. El primer grupo increíble, como no podía ser menos. Tocaron bien, fueron simpáticos con el público -son británicos y nos felicitaron por la Eurocopa, eso les da puntos claramente- y la última canción que cantaron fue una de mis favoritas, Dakota. Ninguna pega. Pero sí un consejo: por muy rockero que seas, a las siete de la tarde en julio en Madrid y con focos apuntándote, puedes quitarte la cazadora de cuero; nadie va a dudar de ti.

 

Amy fue puntual. Eso ya me llegó al alma. Y yo lo siento, sé que no es la compañera de juergas ideal, pero amo a esta mujer. ¿Por qué? Porque me importa un bledo su vida, tiene una voz y unas letras impresionantes; y el viernes salió con su copa de balón al escenario y no defraudó. Además, este concierto lo vi sentadita comiendo pizza en el césped, como debe ser.

 

Y ya lo siento pero no soporto a Jamiroquai. Tiene buena voz y baila bien, pero es que todas sus canciones son iguales. Opté por tumbarme y oírlo de fondo…

 

Y Shakira, como siempre, estupenda. Su concierto fue especialmente corto -o a lo mejor es que el anterior se me hizo interminable-, pero cantó fenomenal y sigo preguntándome cómo narices mueve así el pecho. Es que no lo entiendo.

 

Aparte de la música, pudimos ver desfiles de moda -con Ariadne Artiles incluida-, y terminar de ser cutre-lux y hacernos con un montón de muestras de todo lo que nos ofrecían. Como si ir gratis no hubiera sido suficiente.

 

La tirolina que cruzaba el gran escenario y la noria tenían colas infinitas así que ni lo intentamos, pero seguro que merecía la pena…

 

En resumen, toda una experiencia que me alegro de haber aprovechado y que sin duda repetería. Además, ahora tengo una pulserita que dice Yo fui. Me doy con un canto en los dientes.

 

PD: Las fotos, en Flickr; y aquí un vídeo de Cris y yo cantando Maybe Tomorrow de Stereophonics.

Eurocopa 2008

He llegado a la conclusión de que yo sería una reportera estupenda, porque es cuestión de que haya mogollón en Madrid que allá voy. Y lo mejor de todo es que me hago amigos en todas partes…

La cosa es que este fin de semana ha quedado muy claro que una de las cosas más importantes de este país -por no decir la más- es el fútbol, y por una vez hemos ganado. Y eso se celebra dando abrazos a desconocidos, chocando palmas con los conductores de los coches que pasen a tu lado, y cantando con quien te cruces -siempre y cuando lleve camiseta, por favor-. Y yo, que soy un poco macarra en el fondo, estuve el domingo por la noche y lunes por la tarde por la Castellana y Colón.

Y qué queréis que os diga. Una celebración en la que no se torean coches con banderas españolas, o en la que es fácil respirar… no es una celebración. Si se hace, se hace bien, hombre.

Y si al final aparece Manolo Escobar y se remata con Hombers G y su Voy a pasármelo bien, mejor que mejor.