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Las flores

En Polonia sólo tenía un trabajo. Ver cómo sus alumnos iban aprendiendo, y a veces incluso amando, la literatura clásica gracias a él era lo que más le gustaba en el mundo. Pero las cosas se pusieron feas y confió en su primo, el que se había ido a España un par de años antes. Teniendo padres mayores no había mucho que pensar, la verdad.

 

En Madrid trabajaba en dos sitios diferentes; por las mañanas en la construcción, que era lo que más podía odiar en el mundo. Así con todo, le merecía la pena sudar y pasar miedo en los andamios del futuro rascacielos; no sólo por el dinero -que sí- sino por ella. Desde que la conoció en una chapucilla que hicieron en casa de sus padres, supo que esa españolita de ojos verdes era para él; y ya tuvo un motivo para levantarse cada mañana.

 

Suponía que le gustaban las flores, como a todas por otro lado. Al menos así lo demostraba ella, cuando sábado tras sábado acudía a la puerta de su casa y abría los ojos hasta que casi no le cabían en la cara, para luego exclamar alguna frase de sorpresa o agradecimiento. Ésta nunca se repetía, parecía que se las preparaba cada viernes por la noche. Eso le llenaba de emoción y ternura a él, que bajaba la mirada y le entregaba el ramo, mientras alargaba la mano con el recibo y la tarjeta en blanco, siempre en blanco.

 

Algún día le diría la verdad, pero todavía no. Algún día ella se enteraría de que el trabajo de repartidor de flores sólo lo necesitaba para poder comprarle a ella esos ramos tan grandes.

 

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La rana

La de tardes que habíamos pasado en esa misma cala. Yo leyendo, tú surfeando. Yo tomando el sol, tú chinchándome. Los dos besándonos. Los dos felices.

 

Ahora me parecen muy lejanas, pero a la vez demasiado recientes; casi puedo ver la huella de nuestros cuerpos en la arena, el tacto de tu mano mientras me enseñabas a tirar piedras al agua para hacer la rana. Esa mano que tantas veces he cogido, besado, acariciado.

 

Muevo la mía para alcanzar una piedra que parece que me observa, y la tiro con rabia. Un fuerte plop me demuestra que sigo sin saber hacerlas saltar por el agua, como tú siempre hacías.

 

La primera lágrima del día –la enésima de los últimos meses- y la segunda piedra. Ésta va a parar más lejos, pero cae como un peso muerto. Si estuvieras aquí, a mi lado, te estarías riendo de mí, utilizando de excusa este estúpido juego para abrazarme… Pero no estás. Y sigo sin entender por qué. No creo que las piedras me den la respuesta, pero sigo lanzándolas, entre rabia, tristeza e incredulidad. No estás aquí.

 

-Oye, ¿estás bien?-. Me giro cabreada y veo una sonrisa blanca, perfecta; y detrás de ella, aquel chico de la tienda, el de toda la vida. Plap, plap, plap… Y de pronto, la rana.

 

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Infiel

Estuviste toda la noche pasando de mí. Ya no sabía si hacer malabarismos con los hielos, volteretas laterales o qué para que me hicieras algo de caso. Mis amigas me decían que te olvidara, que si no me daba cuenta de que no tenía nada que hacer. Yo sabía que tenían razón, pero me parecía imposible dejar de observarte; todo era tan familiar… Tus gestos, tu sonrisa, tu forma de caminar, de ignorarme… Parecía que llevase toda una vida a tu lado, incluso la manera de besar a tu novia me era conocida; podía imaginarme perfectamente –recordarme- en su lugar.

No te creas que no me di cuenta, ¿eh? Un par de veces me miraste de reojo. La primera vez me emocioné, incluso pensé en acercarme a saludarte, pero cuando tus ojos se posaron brevemente sobre mí por segunda vez, supe descifrarlos: tenías pánico. Pánico a que se descubriera lo que había habido entre nosotros, a que te montara una “escenita”, como las llamas tú. Deberías haberte quedado tranquilo, no soy tonta; sé lo que hay.

A medida que pasaba la noche, mi estado de ánimo cambió. Al principio sólo me dolía que pensaras que yo fuera capaz de perjudicarte, pero el hecho de verte con esa no me molestaba demasiado. Ya te lo he dicho, no soy tonta. El caso es que poco a poco me fui encendiendo, me puse nerviosa. No me gusta que me ignoren, y tus amigos y tú sois unos artistas. Lo cierto es que se me fue un poco la cabeza…

Esta mañana te he visto a lo lejos, salías del hospital. Parecías preocupado y he pensado que podría cruzar a consolarte, pero me he dado cuenta de que no te gustaría. Sé que piensas que miento, que no me tropecé por culpa de las copas que llevaba encima, que la tiré por las escaleras de la discoteca a propósito.

Sé que sólo me queda esperar…

 

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Las cartas

 Hacía años que no pisaba aquella casa. Siempre había presumido de haberse independizado a los 20, pero lo cierto es que la nostalgia se había acomodado en su interior desde el primer día.

 

No podía creerse que fueran a vender la finca, y sacar sus cosas de ella le parecía un suplicio. Abrió el altillo y vio la caja, grande y redonda. Era el antiguo sombrerero de su abuela, ¿qué hacía allí? Lo abrió emocionada, esperando encontrar algún tocado o sombrero de época; pero lo que vio fueron papeles: cartas amarillentas y con un olor mareante.

 

Abrió la primera; era de cuando la guerra, de su abuelo. Aquello era una historia de amor en fascículos. Se sentó en la banqueta y se olvidó del mundo. De pronto, el olor no le molestaba.

 

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Coincidencias

Al parecer habían quedado en reconocerse por llevar sombrero; fue una suerte que justo ese día me pusiera la gorra, la verdad.

 

En cuanto la vi, supe que tenía que hablar con ella: estaba demasiado guapa con aquel sombrero a lo cowboy. Al principio me chocó que no se extrañase de que la fuera a hablar ahí en medio, pero es que ya me quedé helado al ver que me confundía con alguien. Disimuladamente conseguí sonsacarle lo del chat y le propuse ir a tomar algo, porque de reojo vi que llegaba un tío con gorro.

 

Hace tres años de eso… Sí, es un poco fuerte que aún no sepa mi verdadero nombre; pero, ¿y lo bien que estamos juntos?

 

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Esta vez, la palabra clave del microrrelato era sombrero.

Destino

Me encuentro contigo en todas partes desde hace no sé cuánto. Saliendo por la noche, en la panadería, en un concierto, esperando a que el semáforo se ponga en verde…

No sé en qué momento nuestros ojos se nos hicieron familiares, y así, cada vez que nos cruzábamos, ellos hablaban por nosotros, demasiado tímidos para dar el primer paso. Pero a mí eso no me preocupaba. No me molestaba quedarme con las palabras en la boca, porque sabía que algún día nos conoceríamos, que por fin podríamos decir lo que pensamos.

Y así ha sido. Ha pasado lo que tenía que pasar, y ahora estamos escondidos en el baño del restaurante donde mi amiga Patricia nos ha presentado; sin hablar mucho todavía, pero dejando libres los deseos tanto tiempo reprimidos.

La verdad es que te queda bien el chaqué… Pati tiene suerte de poder quitártelo esta noche en la suite…

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Recuerdos

-Me aburro, ya no quiero jugar más a las Barbies.

-Pero yo tengo que hacer deberes, gorda.

Cerré la puerta con cuidado y volví a mi cuarto a ponerme la bata roja con cuadros escoceses en los puños; me daba mucho calor, pero me la habían regalado por cumplir siete años y me hacía ilusión llevarla a todas horas. Recogí las muñecas y me senté en la cama. Quería ir al colegio, ahí estaba con mis amigas. Vagueé por la casa sin saber qué hacer, y terminé donde siempre: delante de tu puerta.

-Juega conmigo a algo, Ana.

-Venga, vamos a tu habitación a ver qué puedes hacer; que ya te he dicho que tengo deberes para mañana.

Me cogiste de la mano pacientemente y me acompañaste hasta el otro lado del pasillo.

-Piensa, ¿qué es lo que más te gusta hacer?

-Escribir.

-¿Escribir? ¿Escribir qué?

-No sé. Escribir.

-Pues venga-, dijiste mientras colocabas bien la tela rosa en mi silla de madera para que estuviera cómoda. -Toma: papel y lápiz. Cuando estés aburrida, haz lo que más te guste siempre.-

Me diste un beso de los tuyos y me cerraste la puerta. Yo me quedé mirando el gato que colgaba de la lámpara; lo había hecho el año anterior en plástica y ya estaba a punto de perder el cascabel del cuello. No sabía qué iba a poner en aquella hoja, pero me puse a garabatearla, a plasmar en ella todo lo que se me iba ocurriendo; sin intentar imitar las letras perfectas de mis cuadernillos de caligrafía Rubio. En poco tiempo, había llenado unos tres folios.

No sé qué escribí. No sé si algún día lo volvió a leer alguien o si lo tiré a la basura esa misma noche. Sólo sé que al terminar miré mis hoja llenas de letras ilegibles y me sentí satisfecha. Era verdad, ya no estaba aburrida, me moría por seguir escribiendo. Antes de coger otro cuaderno del cajón, me levanté y volví a tu cuarto; tú estabas haciendo algo de mayores sentada en el escritorio. Sin darte tiempo a decir nada, me acerqué y te di un beso de los míos, de esos que te hacen cosquillas en la cara…

-Gracias.

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A lo mejor no me acuerdo de lo que comí ayer o de qué va la película que vi el martes. Pero hay recuerdos que parecen insignificantes y que no se me borrarán de la memoria en la vida. Sobre todo si apareces tú en ellos.

 Te quiero.