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Mis desvaríos habituales

Los que hacemos deporte somos gilipollas

Me he dejado de tonterías en el título. Es una verdad como una casa, amigos: los que hacemos deporte con cierta asiduidad nos convertimos en gilipollas de primera. Expondré mis argumentos antes de que un montón de runners vengan resoplando con sus sneakers a trote cochinero a darme una colleja.

deporte3A priori, yo no soy carne de gimnasio. Siempre he sido torpe. Torpe y vaga. No, esperad: torpe, vaga y glotona. Y encima no soy Ana Blanco, así que los años pasan por mí y ahora una buena comilona me deja hinchada para una semana. Y para colmo, digamos que me he echado un novio que también es de buen comer. El otro día en un restaurante tuvimos que convencer al camarero de que de verdad queríamos pedir toda esa comida; él la trajo escéptico, pero nosotros arrasamos con todo y añadimos un postre.

deporte4El tema es que esos excesos no caen en saco roto. De hecho, caen en mis caderas, mis muslos y mi tripa. -Y en los brazos un poco, debo dejar de engañarme con este tema.- Y esta, amigos, esta es la verdadera razón para machacarme en el gimnasio: el poder comer bien y luego no verme como cuando regresé de Erasmus, que ni mi propio padre me reconoció de lo foca que estaba.

¿Que me encuentro mejor desde que hago deporte de una manera regular? Sí.
¿Que lo cierto es que mi cuerpo ya lo “necesita”, y si no voy lo echo en falta? Sí. ¿Que he conseguido que me divierta cada vez más? Sí.
¿Que prefiero ir al gimnasio antes que tumbarme en el sofá? NO.
¿Que me gusta más hacer spinning que irme a tomar una caña? NO.
¿Que el gimnasio me entretiene más que una tarde de tiendas? Tampoco.

Hacer deporte es incómodo. Hacer deporte es sucio. Hacer deporte cansa y, a veces, duele. Y quien diga lo contrario, miente. Pero no es por esto que los que hacemos deporte somos gilipollas, porque después de practicarlo te sientes genial, y al fin y al cabo estás haciendo algo bueno por tu cuerpo. Así que no es eso, no es que seas gilipollas por el hecho de querer hacer ejercicio, no es que la estupidez sea un denominador común de la gente que se ejercita. El asunto es otro: hacer deporte nos convierte gradualmente en gilipollas.

El pobre Arnold se tuvo que poner a hacer películas para que la gente valorara sus músculos.

El pobre Arnold se tuvo que poner a hacer películas para que la gente valorara sus músculos.

No somos gilipollas por el hecho de practicarlo, sino que algo nos hace clic y nos convierte en unos posturas insoportables. Los concursos de culturismo empezaron a existir porque no había Facebook y de alguna manera esos cachas tenían que demostrar las palizas que se metían con las pesas. Porque si no lo demuestras, ¡¿para qué vas?!

Todos sabemos quiénes de nuestros amigos hacen deporte, y no porque se les note, sino porque sienten la imperiosa necesidad de contarlo. A algunos sí se les puede ver, es verdad que a la mayoría de los chicos en los brazos se os nota bastante, pero no importa: no necesito fijarme o tocarte el bíceps, ya voy a saber de antes si haces deporte gracias a Facebook, Twitter o Instagram. Y si no eres de redes sociales, me lo harás saber, tranquilo. Mi padre lleva años de sutiles comentarios sobre lo fuerte que está gracias al gimnasio (que no quita que sea cierto, padre).

Esos partidos en los que aún sentís que puede haber ojeadores del Madrid observando.

Esos partidos en los que aún sentís que puede haber ojeadores del Madrid observando.

Me da igual qué hagas: pachanguita de fútbol con los colegas que os hace sentir más jóvenes (sí, lo siento, es así), máquinas de gimnasio fichando las mallas de esta o los músculos de aquel, spinning, zumba, boxeo, body combat, body pump, crossfit, running o petanca. Da igual. Todo vale y todos lo contamos. Todos.

Yo me apunté al gimnasio hace muchos años. De hecho, en 2007 escribí aquí el día de mi inscripción, y en 2008 reconocí que se quedó en eso, en inscripción. No había ido ni una sola vez, pero en esta segunda ocasión ya contaba que estaba empezando a ir y relaté mi experiencia introduciéndome en el ambientillo del gimnasio. En un alarde de genialidad lo titulé Gym-Tonic (nunca dejaré de sorprenderme a mí misma).

Claudia y yo vamos a hacer deporte, por si no os habéis enterado.

Claudia y yo hacemos deporte, por si no os habéis enterado.

La cuestión es que durante estos seis años he ido de manera bastante irregular, hasta hace unos meses, cuando mi amiga Claudia y yo nos hemos puesto muy en serio y procuramos ejercitarnos cuatro o cinco días a la semana. Y me parece que esto no es nuevo para nadie, porque, insisto, OS LO HE CONTADO A TODOS, y no sólo por Facebook, porque en los grupos de WhatsApp también hay que dejar caer el deporte que se hace durante el día. Y si no conocías este aspecto de mi vida, es que no me conoces en persona o tan cercanos no somos, reconsideremos nuestro grado de amistad.

Mira que yo intento parecerme a Irina, pero oye... algo debe de estar fallando.

Mira que yo intento parecerme a Irina, pero oye… algo debo de estar haciendo mal.

Como no puedo dejarme palpar por toda la humanidad que tan gustosamente comprobaría mis tonificados músculos (ojo a las piernas, ojo), y como empiezo a asumir que jamás tendré el cuerpo de Irina por mucho que me machaque, pues lo cuento. Lo cuento porque si no, no cargo todo el día con una bolsa sudada para arriba y para abajo, no me ducho en baños comunes con chanclas, ni sudo como una condenada frente a 30 desconocidos mientras un monitor me grita a ritmo de bachata.

Lógicamente, encuentro sus beneficios, que por ahora superan a los inconvenientes. Como decía antes, me encuentro mejor y yo sí me lo noto, que al final es lo importante. Pero en el fondo, por muy orgullosa que esté de mí misma, la gente no tiene por qué saber que si yo no me ejercitara pesaría unos cuantos kilos más. Es más, sospecho que en la playa este verano nadie va a darse cuenta de que tengo la curva de la cintura ligeramente más marcada gracias al pump… y voy a tener que acercarme a contarlo, lo estoy viendo. -Nota mental: mandar a imprimir folletos informativos de mis avances en el gimnasio. Buscar afluencia de veraneantes en playas de Tarifa para calcular la cantidad.-

Me da igual reconocer esta gilipollez en este foro de la autohumillación en el que he convertido mi blog. Esta vez me da igual porque no soy la única, las redes sociales están plagadas de posteos de amigos vuestros que hacen deporte. Existen cuatro tipos de testimonio:

Yo confieso: me he puesto las calas de spinning en la calle sólo para esta foto.

Yo confieso: me he puesto las calas de spinning en la calle sólo para esta foto.

-Los que ponen (ponemos) foto de las zapatillas: los mindundis. En verano quizá os deje ver mis pintas en chándal, porque al menos estaré morena y en un sitio chulo, pero el resto del año se ponen las zapatillas. En la calle, en el gimnasio o donde sea. Yo, que me consideraba normal, he llegado a ponerme las calas de spinning ya en la calle porque a Claudia y a mí se nos había olvidado hacer la foto de rigor dentro del gimnasio un día que fuimos a una clase especialmente dura.

-Los que publican la ubicación del gimnasio: los mindundis efectistas. Entiendo que estos son los que van a buenos gimnasios y lo dejan caer: “hago deporte y tengo poderío, nena.” Relacionado con el deporte es un postureo regulero, pero seguro que tiene su público objetivo.

-Los que comparten los tiempos y recorridos de sus carreras: los pro. Nadie pone que ha hecho 4 km. corriendo en círculos y en plano por Canal. Tienes que molar para poner tu recorrido. Y lo sabes.

-Los que se hacen autofoto en el espejo: los muy pro. Es una vertiente latina que comienza a aflorar en mi muro de Facebook. Suelen ser tíos y, obviamente, están cachas, si no no hay huevos de subirla.

No importa. Yo lo entiendo y lo voy a seguir haciendo.  Porque, como veréis, desde el titular y a lo largo de todo el post, siempre he hablado en primera persona. Sí, yo hoy lo reconozco: HACER DEPORTE ME HA CONVERTIDO EN UNA GILIPOLLAS.

Y esto os lo digo mientras miro si el hotel al que voy la semana que viene tiene gimnasio.
-Nota mental: buscar ubicaciones con mar de fondo en las que contrasten mis zapatillas de correr. Digo de running.-

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Yo sobreviví al Erasmus: le differenze culturali

Veamos: somos clasistas. Da igual lo que digamos, el norte y el sur siempre serán diferentes, tanto en España como fuera de ella. Y por eso, de toda la vida de Dios -bueno, desde la creación de la UE-, los países del norte de Europa nos han mirado como de refilón a los del sur. (Hay que reconocer que algo de razón tienen.) Esos rubios de ojos azules nos ven a los morenos de abajo como los majetes que les reciben en verano. De hecho, y siendo más exactos: como los majetes ruidosos y maleducados que les dan de beber en verano.

Bah

Por eso, aunque cualquier destino Erasmus es divertido (todos decimos que vamos a la primera o segunda ciudad más grande de estudiantes; no sabemos si de la región, del país, o del mundo), y aun habiéndolo pasado genial visitando a amigas en destinos como Copenhague, he de decir que yo soy mu’ caserita, y lo de irme a Italia me apetecía bastante. Y a Perugia más aún, que es la segunda ciudad más fiestera de Italia después de Bolonia, por si no lo sabíais. Ja.

Los italianos, psé

El caso es que tú llegas pensando que te vas a encontrar a la misma gente que aquí. Es más: piensas que te vas a encontrar a chicos más guapos (psé), chicas más glamourosas (no especialmente), pero que todo va a seguir siendo más o menos lo mismo. Y no, no tenemos nada que ver con los italianos en muchas cosas.

Podría dármelas de erudita y deciros que en la universidad hay grandes diferencias (que las hay) pero, sinceramente, sé que os importa un bledo. Yo tengo una misión con este post: y es que no os llevéis una sorpresa si vais a Italia y salís por ahí. Por lo tanto, os voy a hablar sobre las relaciones sociales con gli italiani. Lo hago por vosotros, no porque sea lo poco que conozco sobre Italia, que conste.

Así que, hablemos de la fiesta en Italia.

Tras hacer varios, breves pero intensos, viajes por Europa he llegado a una conclusión (inevitable canturrear Rafaella Carrà, ¿eh, pillastres?): el único país donde ponen una copa decente, lo que viene siendo una copa, es España. Situación real: París, discoteca, “whisky con Coca-Cola, por favor” ¿Y qué creéis que me ponen? ¡¡Un vasito de fiesta de cumple, de plástico transparente, CON TAPA y pajita!! ¡¡Como si hubiera pedido un zumo!! Y mejor no os cuento a qué sabía aquello y lo que me sablaron. Y así en todas partes: LovainaCopenhague, Innsbruck, Colonia, Dublín, Londres… Y Perugia, ovvio.

Él también exige copas decentes

¿Dónde esconden los vasos de tubo? Es que ya ni intento que distingan el vaso que debería ir con cada bebida. Pero, sobre todo, ¿por qué no hay hielos? POR QUÉ. Eso es lo que más me cuesta entender: como en España hace más calor, ¿decidimos ser el único país europeo donde hay hielos?

De verdad que no encuentras en ninguna otra parte. “Hay bolsas para hacerlos”, sí, para hacer una especie de granizo del tamaño de guisantes en unas fundas de plástico que recuerdan a las del goteo de los hospitales. Nada, nada: yo quiero mi bolsa de hielos, donde se hagan un mazacote que sólo se pueda romper estrellándolo contra el suelo; luego quiero meter tres o cuatro, los que quepan… y ya. Si no pedimos ni limón ni tonterías.

Habrá que hacer una plataforma internacional para reivindicarlo, o algo.

Siguiendo con el tema de las copas, os diré que jamás os podéis fiar de un italiano. Mi buena amiga Ana, que estuvo de Erasmus en Florencia, ya me avisó: “esconde tu alcohol”. Esta recomendación, que podría llevarnos a pensar que Ana sufre cierto grado de alcoholismo, la comprendí bien pronto. En España es tradición que, a menos que el anfitrión te invite, cada uno lleve lo que quiera beber, ya sea Kas Naranja, Anís del Mono o Tang. El caso es que Vero, Carlos y yo éramos responsables, y la primera noche que tuvimos fiesta en una casa llegamos con lo que queríamos tomar… para ver que eso era lo que iba a beber absolutamente toda la fiesta. Hasta que se acababa, que no era mucho tiempo después.

Todo con tal de no beber su mosto

Su procedimiento es fácil y especialmente efectivo, puesto que no dejan que veas sus intenciones hasta que hayan cumplido su misión. Ellos llegan, arrivano tutti, con botellas de vino. “Uy, qué finos, y a mí que no me gusta, qué cateta”, pensé yo el primer día. ¡Ja! Napolitani e sicialini tenían que ser, que nada más llegar dejaron en la mesadelasbebidasparatodosporqueaquícompartimostodo sus botellas de vino de misa (porque aquello no era vino ni era ná), para pimplarse el alcohol medio decente que los españoles, curtidos en la materia, habíamos llevado.

El resultado es que, cuando les llamamos la atención al cabo de varias fiestas (robos), se metieron con nosotros durante meses, diciendo que éramos unos ratas, che tutto era di tutti. Lo que sea, (qualsiasi, amico): que te aproveche tu mosto de un euro, que yo me ocupo de lo mío. Hombre ya.

Otra plataforma reivindicativa, rápido.

¿Me he pasado con el ejemplo?

Bueno, y como estamos hablando de la fiesta, y sé que es lo que estáis todos esperando, hablemos de los italianos ligando; o lo que es lo mismo, de la fama de pulpos de los italianos. ¿Verdad o mentira? Verdad. Assolutamente vero. Verdad como un templo. Se han ganado la fama a pulso, porque los italianos son unos pulpos de primera, si no te andas con ojo te costará muchísimo salir de sus tentáculos, y más si eres extranjera.

Ojo ahí, yo soy una firme defensora de los italianos. No porque me parezcan más o menos guapos, sino porque los pobres tienen un motivo para ser así de plastas: las italianas, claro.

Inflexible SIEMPRE

Una italiana es tan estupenda, es tan diva, que aunque se muera de ganas de quedar con un chico o pedirle el móvil, tendrá que hacerse de rogar… dos meses como mínimo y calculando a ojo. Y repito que hablo de cosas tan inocentes como charlar o quedar otro día, no estoy diciendo que tengan que ser más… alegres. Pero claro, viendo el panorama, las extranjeras somos presa fácil para los italianos -las inglesas ni te cuento-, pero tienen un defecto de fábrica, y es que aunque vean que ya tienen a una entre sus redes, no pararán de darle la matraca. Pero si no quieres, es peor aún, porque les estás poniendo un reto, y no hay cosa que más les guste a los italianos que los retos –le sfide-; así que, mientras que un español, tras tu tercera bordería y consiguiente plantón, te suele dejar en paz -aunque conozco a alguno que tiene técnicas avanzadas para hacer como si nada y tirar pa’lante-, un italiano lo tomará como algo lógico, algo que tiene que  superar trabajando. Y lo trabajan. Vaya si lo trabajan.

Ríe, ríe, a ver si te dice lo mismo mañana

No daré detalles porque yo la verdad es que no tengo ni idea -no estaba casadera durante mi Erasmus-, pero tengo amigas que han soportado mucha palabrería. Y mientras que la palabrería de un español es relativamente soportable (“me importas de verdad”, “hacía tiempo que no sentía esto”, “nunca me había entendido así con nadie”, y un largo etcétera), los italianos te hablan de la luna y las estrellas y se supone que tienes que caer a sus pies en vez de vomitar sobre ellos. Punto negativo a los italianos en cuanto a babosos, por tanto.

Como amigos tengo menos quejas. Así como hemos dicho que los italianos son perro ladrador y poco mordedor a la hora de ligar -aunque morder es precisamente lo que intentan-, en cuanto a la amistad… también. No me malinterpretéis, yo me fui de ahí con grandes amigos, pero es que son siempre tan grandilocuentes, taaaan profundos, taaaaaaaaaaaan…. taaaaaaaaan. Tantissimo tutto.

Me explico. Yo en España tengo amigos chicos, y hablo con ellos y me llevo genial. Pero siempre seré yo la pesada, la que más hable y la que saque los temas incómodos. Si por ellos fuera, sólo hablaríamos de fútbol, tías, copas y caca (sabéis quiénes sois, maldita sea). En cambio, un italiano espera que seas bastante más femenina, y serán precisamente ellos los que te saquen los temas incómodos y te den las charlas profundas.

Por ejemplo, cuando Vero y yo estábamos en esos días sensibles en los que no debes preguntar si estamos en esos días sensibles, sentaba bien tener a un tío más profundo que tú que te diera consejos. Pero a la vez pensabas (al menos yo), “tú eres el enemigo, no me puedes estar ayudando con este tema porque NO sabes”, y veías al lado a Carlos que te miraba con cara de pena, te ponía una mano sobre el hombro, un vídeo absurdo en Youtube, y te hacía la comida. Eso era apoyo masculino al fin y al cabo, que a veces es lo que viene bien.

Eso sí, esa excesiva supuesta profundidad se compensa con su amor a la cocina italiana. El ritual para hacer el café, la manera en que se enfadan si mezclas dos tipos de pasta distintos, las recetas que todos se saben de sus madres… Touchè.

Como veis, me ciño a hablar de chicos, porque la verdad es que sólo me hice una amiga cercana italiana. Pero precisamente eso desmonta un poco mi teoría: fui capaz de irme de Italia con varios amigos chicos, de los que guardo un recuerdo buenísimo… y sin que ninguno me comiera la oreja. Bravo per voi.

O male per me, che forse vi faccio schifo.
(O malo para mí, que a lo mejor os doy asco.) 

Típica noche perugina con Michele y Francesco

PD: Desde aquí mi agradecimiento a Carlos por soportar tantas hormonas juntas, con este post me he acordado de lo que nos aguantaste. Mamma mia.
PPD: Todas estas generalizaciones son fruto de mi experiencia durante meses de erasmus, no pretendo tener la verdad absoluta. Aunque la tengo. Desde mi punto de vista.
PPPD: Ya he hablado antes de Perugia… No en no uno, ni en dos, sino en tres posts.  Ponte al día pinchando en los números anteriores, anda.

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Ora sul serio. So che a qualcuno gli piacce leggere questo blog se vede che parlo di Perugia… Ancora mi mancate e mi piacerebbe tanto tornare in Italia per uscire tutti insieme. Vi voglio bene, ragà.

21 cosas que lo hombres no podéis (y deberíais) entender

Aviso importante: en este post a veces hablo en primera persona por razones puramente formales -salió así y ya-. Todos estos puntos son perfectamente aplicables a la inmensa mayoría de mujeres. Cualquier parecido con mi vida privada es casualidad.
(Es decir, no te lo tomes como algo personal, no lo haces tan mal. Pero lee atentamente, claro.)
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  1. Nos gusta dedicarle tiempo a la chapa y pintura antes de salir. Déjame tranquila. Que me llames diez veces sólo va a hacer que me manche con el maquillaje y tenga que volver a empezar.
  2. A veces, la ropa beige es necesaria. No lo entenderíais, pero no favorece a todo el mundo enseñar más de la cuenta.
  3. Es normal que no nos gusten algunos de vuestros amigos. Asumidlo e intentad no mezclarnos demasiado; es fácil. Pero que no lo notemos, porque si lo notamos, sospechamos; si sospechamos, daos por jodidos.
  4. Si te la pido, da una opinión sincera sobre mi aspecto. Pero opina, elige, mójate. No es lo mismo pelo suelto que con coleta, por ejemplo. Me importa un pito que para ti siempre esté bien.
  5. Ella es fea, yo no. (En general y sin excepciones.)

  6. Sí, nos enfadamos porque habíamos quedado y pasáis de nosotras. Lo entendemos y no os regañaremos porque no queremos ser esa novia pesada. Pero nos molesta. Y mucho.
  7. No, no alucino con un videojuego. Menos con su anuncio.
  8. Algo que os cuesta especialmente: tenemos en cuenta los días en los que debemos lavarnos el pelo. Es decir, no da igual qué día voy al gimnasio o me meto dentro de la piscina, porque si esa actividad -o similar- implica tener que lavarme el pelo después, yo no puedo dejar de pensar que a mí no me gusta lavármelo dos días seguidos porque se estropea demasiado… Y si el día siguiente es viernes, pongamos, y a mí me queda mejor el pelo el día que me lo he lavado -en efecto, hay mucha diferencia-, pues déjame en paz en jueves y no me salpiques, porque no querré lavármelo esta noche y sí la del viernes para salir esa estupenda. Capisci?
  9. Sé que el tema de las bodas es un problema. Sé que todos los hombres acabáis hasta las narices de oír hablar de moños y vestidos que favorecen más o menos. Pero una boda es una ocasión especial, en la que encima es posible coincidir con gente que ha estado en otra, y la mayoría no podemos permitirnos un vestido para cada evento. NO. De nuevo: no vale el “da igual, a mí me gustas con todo”, porque, querido, no es por ti, es por mí (por mi autoestima y bailar con mayor o menor seguridad Paquito el Chocolatero) y por superar a las demás. Y la que diga lo contrario, miente.

  10. Nos depilamos. No venimos así de serie. Lo siento.
  11. Además, hasta que un pelo no salga con las pinzas no me molestes. Es inútil. Siento ser así de cruda, pero es cierto. Y si tú, querido amigo, aún no eres consciente de esto, tiempo al tiempo, ya te acordarás de mí cuando convivas con una bella dama.
  12. Ante un posible conflicto no os vamos a decir jamás qué debéis hacer. Pero siempre -repito: siempre- esperamos que lo sepáis. El “haz lo que quieras, tú sabrás” sirve para algo. Para acojonaros primero, y para que hagáis la opción que menos os apetezca después.
  13. No, no estamos “en nuestros días” siempre que estamos de mala leche o tristes. Probablemente sí, pero el hecho de que lo adivinéis, y sepamos que tenéis razón al acusar a nuestras hormonas de estar tan insoportables, sólo hace que las ganas asesinas aumenten. Por eso lo tapamos diciendo que es machismo y montamos un pollo en el que es imposible que ganéis. Así que, en serio, llevad la cuenta en el calendario y dejadnos en paz.
  14. Yo puedo quedar con mis amigas a salir a muerte. Tú con tus amigos mejor sales sólo a tomar algo.
  15. Nos pueden gustar el fútbol y otros deportes, pero no es necesario ver cinco repeticiones y nueve resúmenes. De verdad.
  16. Nunca, jamás, bajo ningún concepto digáis que estamos más gordas. Ni que hemos echado culo o que algo nos queda peor que antes. Nunca, nunca, nunca. Never. En todo caso, sólo y exclusivamente si estáis 100% seguros, podréis decir alguna vez, de manera completamente positiva, que hemos mejorado.
    Ejemplo práctico :
    -Bien: “Se ve que estás yendo al gimnasio, de verdad que se te nota, ese vestido te queda genial. Qué guapa eres, Dios mío.”
    -Mal: “Joder, qué bien que estés yendo al gimnasio, eh. Se te nota un montón con ese vestido que has adelgazado.”
    Aunque no lo creáis, aunque lo hagáis con la mejor de vuestras intenciones, mientras que con la primera frase percibimos un refuerzo positivo que nos anima a seguir yendo al gimnasio, con la segunda oímos “antes estabas gorda, ahora, bueno”. Y la habéis liado. Que no os quepa la menor duda.
  17. Sí, nos contamos todo, todo y todo. Y no pasa nada. Si vosotros no sois capaces de hacerle una pregunta íntima a un colega, y necesitáis que lleve tres whiskies entre pecho y espalda para que os cuente que está destrozado por una ruptura, es vuestro problema. Nosotras llamamos y hacemos consejos de sabios; es más útil.
  18. A veces lloramos porque sí. De verdad que no pasa nada, no asustarse. Eso sí: no actúes como si no le dieras importancia; date por muerto, vamos. Y no cometas el error ya mencionado en el punto 13.
  19. Que miremos vestidos de novia asiduamente no significa que esperemos que hinquéis la rodilla. A ver si os enteráis de que la boda es una cosa nuestra. El matrimonio de los dos, bueno, pero cuando soñamos con la boda nos vemos entrando en la iglesia espectaculares. Ni siquiera tenéis que estar al otro lado del pasillo, no nos hacéis falta en nuestras fantasías.
  20. Siguiendo por ese camino: si babeamos por un bebé es normal. Tranquilos.
  21. Pues claro que me sé todo tu Facebook. De arriba a abajo. Hombre, por Dios, no puedes ser tan ingenuo.

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Y así, a bote pronto, no se me ocurren más, amigos. Pero no os preocupéis, seguiré apuntando cosas y la vida os será más fácil con nosotras.
Y vosotras, mandadme ideas por Facebook, e-mail, Twitter o tam-tam. Como sea, pero si queréis que incluya algo en una nueva entrada, o lo añada a ésta, lo haré con mucho gusto.

Por qué deberías leer

Sé de buena tinta que hay gente muy preparada e inteligente que no ha sido capaz de acabarse un libro en su vida. De hecho, yo veía cómo año tras año la gente se descargaba o copiaba de la Encarta los trabajos que en el cole nos mandaban sobre libros (y eso que ya nos pilló mayorcitos el boom de Internet, no quiero saber lo fácil que debe de ser ahora para un pipiolo de Primaria). Es decir, hay personas que no se leen un libro ni durante los años de colegio. ¿Cómo lo van a hacer después?

En cierto momento de nuestra vida alguien nos mete la idea de que leer es aburrido. Yo veo dos opciones: o la tele es la leche cuando somos pequeños, o precisamente en el cole nos dan libros que son un tostón. Existen obras buenísimas para niños que no tienen por qué ser un rollo, incluso una vez pasada la etapa de los colores, los animales y los números.

En mi casa siempre se ha leído, y por eso sé que hay libros muy distintos para cada edad, es decir: hay donde elegir. Y me vais a permitir ponerme nostálgica un ratito.

Recuerdo perfectamente los libros de Fray Perico y su borrico, La bruja Mon (“y un jamón, dijo la bruja Mon”)  y en general toda la colección del Barco de Vapor en el cuarto de mi hermana. Mucho más antiguos, pero igualmente apetecibles cuando tienes ocho o nueve años, eran los libros de Enid Blyton (cuya foto en la contraportada siempre me recordó a mi abuela materna, por cierto). ¿Los conocéis? Rebuscando ahora por Internet veo que escribió una barbaridad de libros, pero nosotras teníamos varias colecciones; que recuerde: Santa Clara, Torres de Malory, Los Cinco y Los Siete Secretos.

Santa Clara y Torres de Malory narran lo que todas soñamos en nuestra infancia: un internado con uniforme guay, piscina construida en un acantilado, y mil amigas para hacer travesuras y fiestas clandestinas en las que se bebía cerveza de jengibre. Os juro que no sé qué más puede desear una niña. Las otras dos colecciones eran de pandillas de niños que descubrían misterios; yo era de Los Siete, mi hermana de Los Cinco. Nunca supe por qué esa división, pero si te gustaba Jorgina de Los Cinco no apreciabas tanto la inteligencia de Scamper (el perro de Los Siete).

Reconozco que no hace falta irnos hasta libros de los años 40 y 50. Yo siempre fui un poco más bestia, y los libros de Manolito Gafotas, de Elvira Lindo, me encantaban. Hoy día los sigo guardando con la esperanza de que mis hijos se entretengan con el niño de Carabanchel (Alto), mientras yo me parto viendo la peli, que es puro humor para adultos. -Si no la habéis visto, 100% recomendable.-

Sin embargo, recuerdo que el primer libro que realmente me gustó en el cole, me enganchó y me compraron a petición mía, fue una joya de Carmen Martín Gaite: Caperucita en Manhattan. Aún lo leo de vez en cuando y le tengo especial cariño.

Aunque no lo creáis, en la adolescencia, entre cambio de hormona y bronca con las amigas o con los colegas, también hay libros interesantes. Yo misma tengo aún en una estantería terribles libros de colores que me contaban cómo niñas con granos y pringadas como yo no conseguían al guaperas de turno. No guardo especial recuerdo de ninguno, prueba de que son bastante malos, pero oye, al menos no dejé de leer.

Y ahí es donde quería llegar. Da igual que no sea un premio Nobel: LEE, por favor. Reconozco que yo más de una vez me he metido con los libros de Moccia, incluso aquí, en el blog, pero en el fondo soy defensora de cualquier libro. ¿Por qué? Tres razones básicas: te ayudan a expresarte, aprendes a escribir (tanto por la ortografía como por la estructura de los textos) y potencian la imaginación.

Cualquier libro publicado merece ser leído por alguien, porque, aunque sea malísimo y la historia una porquería, siempre implica que algún editor ha trabajado en ello, y lo más normal es que al menos esté bien redactado (que no escrito). Y eso sirve de mucho.

La gente que no lee no sabe escribir. Eso es así. Y no hablo de escribir especialmente bien, como para pensar en publicar una novela, me refiero a escritos básicos, al día a día, al trabajo.

En un mundo conectado por redes sociales y chats gratuitos, nadie puede evitar que los demás vean cómo escribe. ¿Y sabéis lo peor? Que nos importa un pito, y que si un famoso pone un error garrafal en Twitter no pasa nada, aunque le sigan 17.000 personas. Oye, aquí ni mú, no vaya a ser que se ofenda.

Si da igual. Nos da exactamente igual la “ll” que la “y”, seguimos acortando como si aún costara cada espacio como con los SMS. Además, las aperturas de exclamación y de interrogación han pasado a la historia, y parece que en algún momento se ha aprobado un decreto en el que se han perdonado las tildes y yo no me he enterado.

Es lógico que todos tengamos faltas de ortografía, yo misma puse el otro día una tilde mal en Facebook y fui convenientemente corregida por mi amigo Álvaro (en público, ejem). Es normal, sobre todo si escribimos rápido. Pero hay que tener cuidado, y hay que aprender. Y para aprender, se lee. Hay que leer.

Y no me voy a enrollar demasiado en otros aspectos formales, pero creo que todos hemos tenido en nuestras manos algún documento escrito por alguien que claramente no leía. Y lo más probable es que no te hayas enterado de la misa la mitad, porque, amigos, sólo leyendo aprendes con soltura a redactar, a ordenar tus ideas.

Por otro lado, leer es la manera de aprender más vocabulario y expresiones nuevas, más que nada para no parecer un Furby con tres frases hechas.

Más allá de la ortografía y el estilo, leer es divertido, en serio, y tengo el firme convencimiento de que te da más imaginación. No puedes coger un libro que es un coñazo, obligarte a leerlo, y decir que te aburres, que mejor te ves las pelis. ¡No! Busca un libro que te guste, como si es erótico o de amor -reconozco que los típicos libros de chicas son un bodrio pero entretienen muchísimo-, y disfruta. Que te apetezca montarte en el autobús para seguir con la historia de amor, o que no quieras apagar la luz hasta que sepas qué narices pasa con ese asesinato; esas son las clases de sentimientos que se pueden llegar a tener, de verdad.

Imagínate a los personajes, ponles cara. Yo siempre utilizo rostros conocidos para construirme los personajes en mi mente; nunca de gente demasiado cercana, porque no cuadraría con la historia, pero sí de actores que encajen bien o incluso de personas que suelo ver de vez en cuando… Así, Hermione y Ron (de la saga Harry Potter) para mí eran unos niños de otros cursos del colegio; nunca había hablado con ellos, pero me sabía sus facciones y cuadraban. Cuando llega la peli y me las fastidia, pues vaya mierda, pero hasta entonces estaban muy definidos (a Harry me lo inventé, directamente).

Espero no haber sido demasiado pedorra con este post. No me considero una cultureta: hay mil obras de autores conocidísimos que no me he leído, y reconozco que no me van mucho los clásicos. Aunque creo que sé distinguir perfectamente un buen libro de uno malo.

Al contrario de lo que pueda parecer, tener la costumbre de leer no implica ser una rata de biblioteca. Todo el mundo debería leer lo que realmente le apetezca, lo que es absurdo es fingir y llevar un libro sesudo debajo del brazo, cuando en realidad lo que quieres es coger el último de Ruiz Zafón, algo perfectamente comprensible.

Pero, sobre todo, hay que leer porque un libro puede ser como tú quieras, y eso es algo que ni las redes sociales, ni el cine, ni los videojuegos nos dan. Y encima puedes entrar en su historia cuando quieras, en el formato que más te guste (papel o electrónico), y cerrarlo cuando te aburras. ¿Qué más quieres…

… aparte de poder disfrutarlo en un sitio así? 🙂

Campaña 2012

Mi objetivo este año es abriros los ojos, hombres del mundo:

ESTO NO EXISTE

(Pincha encima para ver mejor de lo que hablo.)

Pobrecitos míos, que luego vais a la playa y os quedáis tristes, claro.

Christmas Gross

Yo pensé que si Justin Bieber y Mariah Carey se juntaban para hacer algo que no fuera una quedada de suicidio colectivo iba a explotar el mundo. Pero resulta que no.

Lo que sigo sin entender es quién anima a Mariah Carey a ir de putón -ya hablé de ella y sus videoclips aquí-. Quién y qué pretende hacernos. Y por que Mariah se apoya tanto en la pared. POR QUÉ.

Y, sobre todo, ¿deberíamos permitir que esta vieja verde vaya de seductora con un niño de 17 años como hace en el videoclip? Si fuera al revés, un señor con una niña… Nah, olvidadlo, es igual de asqueroso.

PD: Buena inversión de Macy’s y Nintendo 3D, anyway.

Enrique y Ana

Tengo varios borradores escritos, y llevo casi un mes sin publicar porque todos son una verdadera porquería. Ni siquiera consigo que me quede gracioso un post sobre las fotografías en Facebook, tema que da muchísimo juego, sin duda.

Y anoche en una fiesta fui increpada por no haber escrito aún un post de investigación que me fue solicitado hace tiempo. El que me da la murga con este tema, desde hace unas semanas y cada vez que se encuentra con una copa en la mano, es David, comúnmente conocido como Wally -un día vino con una camiseta de rayas rojas y blancas, somo así de agudas en mi grupo-. David tiene algunas manías cuando sale por la noche, como por ejemplo meterse en una discusión filosófica o política sin ningún tipo de salida, hablarte muy cerca, coger a la gente por los aires, hacerse fotos extrañas, y criticarnos de vez en cuando.

Ayer, aparte de llamarnos tontas a mi amiga Ana y a mí (aunque lo negará), me volvió a pedir que escribiera el artículo de investigación que os cuento. No entiendo muy bien el propósito, pero lo que me pide que investigue es algo sobre  nuestros amigos Quique y Ana. No sé qué sospecha o qué le gustaría que pasara, lo que sí sé es que me acaba de llegar un SMS con este texto: “Si no escribes el artículo sobre Anita y Quique estás despedida. Peor aún, serás becaria perpetua”.

David, que ha sido becario incluso más tiempo que yo y sabe lo que es eso, ha querido meterme miedo de esta manera. Pero no es esta la razón por la que hago el post, sino porque ayer, entre otras lindezas, me dijo que “él era el único que me leía, y yo lo sabía”. Y como a mis lectores me debo, Wally, aquí tienes el post sobre Quique y Ana.

PD: Sé que no es un artículo de investigación, pero es que no hay de dónde rascar. Como al final Quique y Ana se casen, te pongo un monumento.

PPD: El vídeo tiene un sentido. No te acordarás, pero ayer afirmabas a una loca que tú a mí me podías conquistar con el baile del pollo. Y lo hacías.

PPPD: No, no me conquistaste.

PPPPD: Tampoco te acordarás de casi todo lo que escribo en este post, no te preocupes, nos caes muy bien tanto de noche como de día, y nos gusta salir contigo.