Yo sobreviví al Erasmus: abitare da soli

Que sí, que os juro que a veces puede pasar

Sé que os vais a quedar boquiabiertos, anonadados, pasmados y patidifusos cuando leáis lo siguiente, pero es que a veces pasa y es digno de ser contado… Hay gente que puede irse antes de los 30 años de su casa. POR SU CUENTA. Sin que les den paga NI NADA. Y eso, bendito sea el cielo, le ha  pasado a mi señor novio, que este fin de semana se muda con su colega de toda la vida a un piso nuevo. Y viviendo de cerca el tema de la emancipación, me hace recordar cuando yo viví sola. Durante el Erasmus, claro.

Si bien es cierto que currar, lo que se dice currar, curraba poco, lo que viví durante esos meses en Perugia fue mi primer período de emancipación. Y sí, mola mucho poder hacer fiestas cuando quieras, no tener que dar explicaciones sobre cuándo entras y sales, o comer lo que te dé la gana, por ejemplo. Pero, al mismo tiempo, todo eso tiene unos inconvenientes enormes. A saber: que después hay que limpiar las fiestas, que no tienes referencia temporal alguna y que comes mierda a diario “porque puedes”.

Lo de comer mal fue algo realmente inevitable. Creo que ya he mencionado alguna vez en el blog que cuando volví de Erasmus era una versión obesa de mí misma. Mi padre no me reconoció en el aeropuerto… Y me encantaría que esto fuera una exageración, pero no. 

Ejemplo real de nuestra mejor cocina

El caso es que tener pizzas mil veces más ricas que cualquiera de las que puedes encontrar en España -y a un euro el trozo-, hacía que mi merienda fuera a menudo un par de pezzi. Eso, más mi inexperiencia en la cocina que hacía que sorprendentemente todo supiera exactamente igual, hicieron que poco a poco mi perímetro fuera ampliándose.

Para que os hagáis una idea, el día sano era el de las barritas de pescado congeladas vuelta y vuelta en la sartén llena de aceite. Como no teníamos tostador, ni intención de comprarlo, por la mañana el pan también se hacía en sartén, con aceite o mantequilla. Muy sano todo. Mis meriendas eran cajas enteras de croissants de chocolate. Y no sé. Se me fue de las manos aquello.

Mmmmm… Cotoleeeeetta…

Las noches supongo que no ayudaban. Las fiestas se acompañaban de Bomba Siciliana que, verdaderamente era una bomba de mezcla que incluía mucho azúcar. Era suavita y estaba riquísima, pero no creo que un endocrino la recomendara. Y, por supuesto, cualquiera que me conozca sabe que cada noche que salía TENÍA que comerme una cotoletta.

Lo que es una cotoletta, el amor que profeso por ella y lo mucho que la echo de menos merece un post entero. Y lo voy a respetar.

Continúo.

Es cierto que había señales que me hacían sospechar…

Mi problema de peso realmente se debe a que no tuve espejo en mi cuarto en todos esos meses. En el baño sólo me veía la cara, y una vez vestida iba al cuarto de Vero, donde había un armario con espejo. Lo de que al agacharme a hacer fotos se me rajaran los vaqueros me daba pistas, pero oye, cómo iba a saber yo que tenía ese aspecto si no me veía en todo mi ser al salir de la ducha. ¿Pero qué iba a hacer, comprarme un espejo? No, claro, en Erasmus vives con lo justico y da gracias. Además, es que aunque te lo pudieras permitir, no es la época en la que hay que vivir bien, hay que pasar penurias aposta.

Por ejemplo, quizá los padres de Vero, los de Carlos y los míos hubieran estado encantados de pagarnos una conexión a Internet para poder hablar con ellos. ¿Hizo eso que la contratáramos? No, señor: llamamos a la puerta de los abogados que trabajaban en el piso de abajo y, sin saber aún ni papa de italiano, les pedimos la contraseña de su wifi. Sólo la signora Adelia debe de saber por qué narices nos la dieron, pero el caso es que la conseguimos, eso sí, con un problemilla, y era que sólo podíamos conectarnos dos a la vez porque eran demasiadas conexiones contando con ellos (egoístas).

Intentábamos llevar el tema de Internet de buen rollo, pero los tres sabíamos que aquí quien tenía conexión era quien se levantaba antes y encendía el ordenador enseguida “porque era primordial”. Ya.

El discreto cartel fucsia de 2 metros fue adquirido por Vero una noche cualquiera

De todos modos, volviendo a lo del espejo, no es que no lo compráramos porque fuera accesorio, ¿eh? Básicamente, no compramos nada para la casa más que lo estrictamente necesario. Si algo se podía tomar prestado, se tomaba: alguna copa del bar, los vasos de la discoteca (los míos se rompían todos, tengo algún tipo de maldición que me obliga  a ser honrada), un cartel de de más de dos metros de alto con el que Vero decidió decorar su habitación, y creo recordar que un taburete llegó en extrañas circunstancias hasta nuestra cocina.

Por lo demás, todos teníamos nuestras camas del año del pum, una mesa para estudiar a la que dábamos mogollón de uso y un armario. En la cocina, también lo justo y en el pasillo, un bargueño absurdamente enorme que utilizábamos únicamente para poner cosas encima, al lado del polvo acumulado. Por no tener, no teníamos ni lavadora y había que darse paseos a una especie de salas donde hacías buenas migas con todos los desarraigados del barrio.

Lo bueno es que tener ese cuchitril hacía que se limpiara en un momentito. Pero claro, todo el mundo sabe que el tema de la limpieza es el principal problema de la convivencia, ¿verdad? Nosotros teníamos un sistema sencillo que, en teoría, debía funcionar perfectamente. Consistía en que cada uno limpiaba (o no, oye) su habitación, y luego teníamos cada semana una zona común asignada, a saber: el pasillo, la cocina o el baño.

Bueno, más o menos respetábamos dichos turnos (algún grito mediante) pero lo que mejor recuerdo del tema de la limpieza eran esas guerras frías de platos sucios en la cocina. Eso se iba acumulando, se iba dejando… hasta que a alguien le daba demasiado asco. Y de repente todo limpio. Muy cómodo.

Con la compra no teníamos problemas, porque cada uno tenía su balda en la nevera y su comida. Eso sí, íbamos juntos para ahorrar. Tenía sentido porque después de un estudio de mercado de todos los supermercados (valga la redundancia) de la ciudad, descubrimos el más barato y el que te ofrecía el mejor servicio  que he visto nunca por parte de un súper: si pagas más de 50 euros, no es que te lleven la compra a casa, es que te llevan a ti con las bolsas en un coche. En España somos unos atrasados, que lo sepáis.

Unos avanzados, los del Todis

La cadena en cuestión se llama Todis, y era emocionante comprar ahí porque nunca sabías si ibas a morir de intoxicación por la caducidad de los alimentos. ¿Sabéis la típica obsesión de madres/abuelas cuando tienen sacada la carne y HAY que comerla porque se va a estropear? Pues comprando en Todis siempre es así, porque es que directamente te lo venden en el lííímite de la caducidad, a puntiiito de pudrirse todo.

Pero ahorrábamos.

Otra ventaja de vivir en un cuchitril como el nuestro es que la casa se calentaba en seguida, así que ahí también se ahorraba. Conocemos a más de uno y de una que vivían en un iglú porque las ratungas de sus compañeras de piso quitaban la calefacción a traición para ahorrarse unos euros… A nosotros no nos hizo falta, porque directamente a la casera se le olvidaba pagar los recibos y nos lo cortaban, con lo cual nos quedábamos a -15º ambiente metiéndonos en las camas y cubriéndonos con cualquier manta o similar que pillábamos. Si eso no une… Qué recuerdos.

La verdad es que la convivencia con Vero y Carlos fue muy, muy fácil. Migliori coinquilini del mondo, senza dubbio.

Una respuesta a “Yo sobreviví al Erasmus: abitare da soli

  1. Ay, la comida italiana, que tentación, yo siendo delgado creo que si viviera allí una temporada me pondría como un buque. Lo de la emancipación es todo un lujo en nuestros días con la situación económica, está claro. Es una experiencia que te hace madurar, que te hace crecer, muy enriquecedora. Tu lo notarías en los meses que pasaste por Italia. Yo llevo varios años viviendo fuera de casa y creo que no podría acostumbrarme a volver a casa de mis padres.

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