Escucha siempre a tu madre

Nací en 1988. Eso quiere decir que tenía todas las papeletas de sufrir unos años terribles respecto a la moda.

Es verdad que cosas que nos parecerán ahora muy chic, harán que nos llevemos las manos a la cabeza dentro de unos años (no sé por qué presiento que mis uñas naranjas del verano pasado causarán estragos en mi relación con mis hijos). También dicen que toda moda vuelve. Lo que queráis, pero lo que vivimos en los 80 y 90 no era normal. Y lo sabéis, lo sabéis bien pero queréis hacer como si nada, como si aquello no hubiera pasado.

Y pasó.

Dejando aparte los looks estrafalarios propios de las pasarelas de moda o de las más atrevidas… Mujeres del mundo: ¿en qué pensabais para llevar esas hombreras? ¿Os veíais favorecidas? Mi madre dice que sí, pero realmente todas parecíais listas para ir a jugar la final de la Superbowl. ¿Erais conscientes acaso?

Esos pendientes enormes, de colores o dorados… de clip. ¿Por qué? Eran incongruentes, como tratando de darle un poco de clase a aquellas chaquetas de colores chillones o de flores, combinadas con las faldas ajustadas y zapatos de medio tacón. Y eso cuando ibais monas, porque si no, os poníais unas bambas, que ni zapatillas eran aquello, unos vaqueros de diez tallas más de las necesarias, y una camiseta de propaganda metida por dentro del pantalón. ¿PERO EN QUÉ PENSABAIS?

Y no he empezado con los peinados, pero es que en ese tema no tengo tanto valor para meterme con vosotras… creo que tenéis demasiado mérito. ¿Cómo lo hacíais? ¿Cómo? ¿Por qué mi madre era capaz de tener dos niñas pequeñas y llevar siempre el pelo como Diana Ross? ¿Por qué otras optaban por ponerse flequillo y mucho, pero mucho, mucho volumen? ¿Qué os pasaba, en serio?

Mi madre, una heroína de su tiempo

El caso es que en aquella época yo era muy pequeña, y, en el fondo, casi prefiero ver a un bebé con aquellas pintas de los 80 y 90, que al menos eran cachondas, que los típicos padres que llevan a la niña de Zara de los pies a la cabeza de beige. Nada, donde estén aquellas cenefas en los jerséis, esas mallas, esas diademas gigantescas que se te echaban hacia delante y te creaban patillas y tupé -éramos pequeñas Morantes-, y esas victoria en todos los colores… Donde esté todo eso, digo, que se quite Inditex. Mi look favorito, sin duda, era uno con el que mi hermana y yo íbamos con el mismo polo de dos colores, -uno en el cuello y los bordes, y el otro en el resto-, y mi madre igual pero con los colores invertidos; era como nuestro negativo. Muy cute, que dirían los americanos.

El problema llega cuando te crees demasiado mayor para que tu madre te vista. No importa que ella haya hecho el esfuerzo de comprarte ropa bonita, porque si eres pequeña y encima vives en los 90, las combinarás con la punta del pie. Así salieron estilismos con camisetas de los 101 Dálmatas y mucho vaquero con el que yo muy digna (o eso creía) iba al colegio. Bendito uniforme que me pusieron después. En su momento nos quejamos, pero por algo lo harían.

La cosa no mejoró con los años. Y mira que mi madre y mi hermana velaban por mí y me avisaban: “quítate esas pulseras, que vas ridícula”. Y yo erre que erre con las pulseras hasta el codo que me dejaban sin circulación. “Péinate mejor”, y yo nada, con la raya en la oreja y ese semiflequillo… ay, ese mechón. Aquí la prueba:

Esto era yo con 14 años

Mi mayor desgracia comenzó cuando, con 13 años, decidí cortarme el pelo. Yo de pequeña tenía el pelo liso, pero liso bonito, de verdad, y de repente aquello empezó a crecer rizado. Se rizó, de hecho, en un momento en el que no me venía bien, por aquello de los brackets -que ya hemos comentado en otro post-, y mi gusto por los collares apretados y los pendientes largos. Aquello no podía salir bien.

El caso es que acabó por rizarse del todo, y yo decidí que lo mejor que podía hacer era acallar aquellos bucles, oprimiéndolos con una goma y un lazo de color, por aquello de darle glamour. Era como Mozart.

Yo no lo veía, y, cegada por aquellos lazos, me entró una vena monocromática: si el lazo era amarillo, yo iba con alpargatas amarillas, camiseta amarilla (del toro, normalmente), pantalones con raya amarilla, bolso de flores blancas y amarillas (por darle algo de color) y las consabidas pulseras. Y, oye, me quedaba más ancha que larga. Adjunto testimonio gráfico:

Monocromática

He cortado al de al lado porque era mi novio de los 16, y aún me parte el alma… No, en realidad es que me puede denunciar. (Ojo a la tobillera. Falta el bolso naranja.)

En efecto, esa fue una mala época. Para salir nos poníamos pantalones de campana muy apretados por arriba y muy anchos por abajo. Encima, como soy tan grande, me venían todos pesqueros, así que doble ridículo, porque en verano se veía toda la alpargata y en invierno toda la “china”. Las “chinas” -no sé por qué narices las llamábamos así- son las clásicas merceditas de niña pequeña, pero en tela blanda para adulta. Es decir, para la tonta del pueblo, como bien me decía mi padre.

Yo hacía oídos sordos a todo, era una transgesora.

Sí, pensaba que iba mona

En cierto modo, no sé si prefiero que vuelvan los 80 y 90. Pero no importaría demasiado, porque las adolescentes de ahora no caerán en nuestros errores. No sé si os habéis dado cuenta pero visten bien, que es una cosa que me indigna. En mi época, las más guays tenían una pinta absurda; ¡en mi colegio se puso de moda ir con trenzas y pañuelo al cuello! (Yo intentaba copiarlo sin éxito.) Ahora las adolescentes resulta que tienen buen gusto y visten bien, como en las revistas de moda. Y no, es su época de arrepentirse después. Me dan pena en el fondo.

Nosotros teníamos una presión, teníamos que seguir una moda paralela, una moda hecha para (y,  aparentemente, por) los adolescentes.

Había ciertas camisetas que debías tener. A saber: la de Bloom, la de El Niño, la del toro, la de las Supernenas y la de Coco-Loco. Aquello era un espectáculo terrible, ver a cientos de niños en una discoteca light con las mismas camisetas horrorosas. Nosotras y ellos, porque íbamos iguales; sólo que nosotras ya éramos bastante más mujeres que ellos -algunas no tanto, para nuestra desgracia- e íbamos apretadísimas, enseñando ombligo… Bueno, qué estoy diciendo, si ellos iban igual de apretados, lo que pasa es que en vez de la raya al lado… Ay, no, que me vuelvo a equivocar, que en eso también éramos iguales, que también se dejaban melenas y el flequillo por encima de un ojo. Y llevaban las mismas pulseras y las mismas zapatillas. Sólo variaban los pantalones, gracias al cielo.

Sí, amigos, fue une época confusa como ninguna. Lo que yo viví en aquel ambientillo pijil de las discotecas light era una cosa turbia, turbia, pero tengo que reconocer que fueron años divertidos. Y ahí, queridos, ahí empieza mi siguiente post. Y este viene pronto, de verdad, que tiene chicha. Y de la buena.

3 Respuestas a “Escucha siempre a tu madre

  1. No me puedo sentir más identificada!!!!!

  2. Ay gorda me parto! Lo de las pulseras y la raya en la oreja era dramático, pero a mi lo que mas me marco fue vuestra manía de poneros collares y pulseras de caramelo en cada centímetro libre de piel…

  3. La moda de llevar camiseta por dentro de los vaqueros hizo mucho furor en los 90, muchas veces complementada por las camisas (generalmente de cuadros) sin abotonar, al estilo “Sensación de vivir”. Entre las chicas los petos vaqueros también tuvieron bastante éxito, que parecían todas granjeras de Iowa, jajaja. Recuerdo también entre los chicos el pelo cortado como a dos aguas, con la raya al medio y la parte de las sienes más corta.

    Son cosas de las modas, que pasan de moda y luego vemos sus aspectos más ridículos. Como tú dices, seguro que en un futuro harán gracia peinados o estilismos de hoy día, como los zapatos de stripper (los de plataforma y tacón alto) que hoy están tan de moda y hace no mucho sólo usaban las bailarinas de striptease

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