Yo sobreviví al Erasmus: Via Imbriani

Continuando con los posts sobre Perugia, toca hablar de nuestra casa. Via Imbriani, 5.

Cuando Vero y yo llegamos a aquella casa que nos había recomendado un desconocido por teléfono, nos encontramos con una dulce anciana de 1,50 m. completamente enchepada. Ja. Esa es una de las veces en la vida que aprendes a no fiarte de la primera impresión. Esa anciana, Adelia, nos enseñó el que sería nuestro futuro apartamento, y se convirtió en nuestra cruz de Erasmus, porque Adelia era mucha Adelia, y no pasaban dos semanas sin que se dejara caer. Ya hablaré más sobre ella; ahora, el piso.

Nosotras llegamos sin ningún tipo de esperanza, pero había que ver de todo, así que seguimos a la señora por las escaleras. Porque eso es algo que debéis saber: en Perugia lo del ascensor, como que no, que no se estila. Y creedme si os digo que yo resoplaba más que la venerable anciana que subía aquello a toda velocidad.

Nosotras la seguíamos tan felices, hasta que nos quedamos heladas. No recuerdo exactamente nuestra reacción, no sé si nos cogimos de la mano o nos miramos o qué. Lo que sé es que no se nos ocurrió correr, que hubiera sido la opción más lógica, cuando la signora Adelia se paró un momentito a coger un cuchillo jamonero que, por cosas de la vida, estaba en un alféizar de la escalera.  Qué grotesco, imaginaos, morir apuñaladas por una señora de 90 años en Perugia.

Gracias a Dios, Adelia sólo quería la pasta. Vimos el piso, nos gustó, y nos sentamos en una mesa. Las siguientes dos horas las pasamos haciendo unas negociaciones que ni el BCE. El problema era que Adelia nos dijo que el piso costaba 700 euros al mes, por lo que le explicamos que cada uno pagaría 233 euros, y, por turnos, alguno pagaría un euro más para llegar a los 700.

Bueno, pues si no sumamos mil veces 233 + 233 + 233, para que la señora entendiera de una maldita vez el asunto, no lo hicimos ninguna.

Recordemos que, a todo esto, nosotras “ni papa” de italiano y ella neanche un pochino di spagnolo. Pero como siempre, no se sabe cómo, conseguimos hacer unos contratos utilizando hojas sueltas y alguna servilleta, acordamos llevarle el alquiler cada mes a la tienda de su hija en un sobre (muy normal todo, como veréis)… y soltamos la pasta, que es lo que quería. Eso, y saber sobre nuestra vida amorosa y por qué éramos tan altas.

Adelia era una persona entrañable, pero con un punto de mafiosilla que supongo que sólo Italia te puede dar.

Por fin conseguimos llevarnos a Carlos a nuestra casa. Y después de meterlo en un cuarto, intentamos cuidarlo como buenamente pudimos. No éramos su madre, pero lo hicimos lo mejor que supimos, e incluso fuimos a comprarle una sopa. Luego resultó ser una especie de fabada repugnante que acabó en el suelo, pero bueno.

El caso es que Charlie  sobrevivió (al contrario que la fabada), y al cabo de un par de días pudo ver el agujero en el que le habíamos metido.

He oído muchas críticas sobre nuestro apartamento perugino, e incluso mi señor padre no quiso entrar cuando me vinieron a visitar, pero dejadme que os diga que a mí me parecía muy mono y acogedor. Y que lo echo de menos, incluso con toda su porquería  -había una guerra fría importante por ver quién limpiaba primero-.

Via Imbriani tenía su encanto, era una tercer piso de techos altos con vigas de madera, que daba a una calle tranquila por un lado -menos cuando un amable señor se ponía a tocar el acordeón debajo de mi ventana-, y a todas las montañas de Umbría por el otro. Era increíble, en serio.

Era pequeña, sí, pero tenía sus detalles molones, como que el pasillo era morado, mi cuarto y la cocina eran verdes, y las habitaciones de Carlos y Vero eran amarilla y naranja, respectivamente. No había salón, porque en Italia es costumbre utilizarlo como cuarto y así cobrar un alquiler más (esas cosillas que  hacen nuestros amici). Pero tenía cosas graciosas como que te podías dar en la cabeza cada vez que entraras en la cocina, y que para llegar al baño había que subir dos escaloncitos y avanzar por un pequeño pasillo que se iba estrechando como si fuera de Alicia en el País de las Maravillas, hasta que acababa en una puerta enana por la que pasabas agachándote y así aparecías en un baño alto, con los techos abuhardillados y completamente reformado. Que no tuviera cortina y hubiera que poner un mantel para que los vecinos no nos vieran las vergüenzas es otro asunto.

Ah, también tenía su gracia el rinconcito de Almodóvar. Básicamente, la esquina de las escaleras del portal en la que alguien había puesto un mueble con tapetes, una foto como de película de terror, una tele del año de la polca y un perchero. Muy cuco todo. Ahí tenéis la foto.

Es verdad que en la cocina no había campana de extracción, y en su lugar había… un agujero. Es decir, la campana había sido arrancada y nadie se había molestado en pensar qué pasaría con la lluvia y la nieve. Nosotros lo descubrimos cuando tuvimos que empezar a poner cubos de agua los días de lluvia, y cuando deduje que había sido una Navidad especialmente nevada aquella del 2009, cuando en enero de 2010 tuve que dedicarme a achicar agua de la cocina durante 4 horas tras unas semanas de ausencia por vacaciones.

También se oía todo lo de los vecinos, y acabamos bastante mal con los abogados que trabajaban abajo; quienes, por cierto, nos dieron su contraseña de Internet y así no tuvimos que pagar. La desventaja de este pirateo consentido es que sólo podíamos conectarnos dos a la vez, así que la guerra era a ver quién se levantaba antes y lo pillaba. Tampoco acabamos demasiado bien con la vecina, a la cual Carlos le dedicaba bellas serenatas cuando salía al balcón a decirnos que spagnoli di merda, que a ver si nos callábamos.

Ah, por supuesto no había lavadora; pero eso te obligaba a salir de vez en cuando de casa durante el día (que si no, como que no) para ir a una especie de cuarto lleno de lavadoras gigantes, como en las series americanas. Tenía su punto.

Sí bueno. Via Imbriana nº 5, 3ª, era un agujero infecto. Pero era nuestro agujero. Con nuestras fotos, nuestros post-its que la gente dejaba cuando venía a vernos, nuestros vasos y sillas robados … Y, sobre todo, con nuestro balcón.

3 Respuestas a “Yo sobreviví al Erasmus: Via Imbriani

  1. me encanta blankii!!!!!!!! q recuerdos…

  2. Guau, se te ve muy alta (y lo digo yo que mido 1,85, jajaja), o la casa muy pequeña, que también. Muy curioso el descansillo almodovariano y las vistas espectaculares, creo que yo también hubiera vivido allí.

  3. Raco ya… Dentro de poco llegará el post sobre las visitas😉

    Garcigomez jaja… Justo pasaban las dos cosas: yo muy alta y la casa muy pequeña. Algún chichón que otro me llevé, pero tenía tanto encanto🙂

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