Yo sobreviví al Erasmus: Cerco e Trovo

Cerco e Trovo es un periódico de la región de Umbría, Italia. Su nombre significa “busco y encuentro”. ¿El qué? Lo que te dé la gana, pero como no estábamos para comprarnos una Vespa y hacernos los spaguetti todavía, moviendo mucho la mano y eso, pues nosotros lo utilizábamos para buscar casa.

Hablo de Vero, Carlos y yo, claro. Los tres que llegamos como pudimos al hostal que había reservado Charlie (que estaba en todo), asfixiándonos por unas cuestas infernales al bajarnos de aquel autobús que os contaba en el último post perugino,

Vamos a ver, 12 euros la noche no pueden dar para mucho, claro. Lo bueno que tenía es que era el Ostello della Gioventù, es decir, era para jóvenes. Y ahí estábamos todos, más perdidos que un pulpo en un garaje intentado que la señora que lo regentaba no nos timara, y a la vez tratando de entender las condiciones que esos maravillosos 12 euros implicaban. A saber: que compartías cuarto con desconocidos (obvio); que no había llaves, sólo pequeñas taquillas para guardar los portátiles y algo más de valor; que los chicos iban a un pasillo y las chicas a otro (ciao, Carlos), y que no podías estar en el hostal de 10 a 16 h. (La foto es de la habitación que ocupamos Vero y yo. Che bei momenti.)

El primer día no estuvo mal. Era viernes, hacía bueno, y después de una noche de lucha con nuestras compañeras de cuarto porque nosotras queríamos dormir después del viaje que incluyó tres horas de absoluta falta de orientación en Termini, salimos a buscar casa.

Ese mismo día conocimos a dos de nuestros mejores amigos ahí: Felipe y Paula. Se conocían de Galicia y se habían encontrado ahí por casualidad, y mientras Felipe empezaba a mover hilos para organizar fiestas (el que no corre, vuela), Paula  se iba con el Rober, su padre, que se vino a Perugia a ayudar a su filla a encontrar el apartamentiño.

Aquel viernes hicimos lo que debíamos: contratar móviles Wind, la compañía más barata del mundo mundial, comprar un Cerco e Trovo… y llamar. Llamar sin saber italiano. Llamar a las casas que tuvieran camino, según los anuncios, porque si tenían pasillo y aparecía especificado, es que eran grandes. Luego resultó que camino es chimenea y no pasillo, pero oye, que tampoco nos hubiera venido mal.

Sin encontrar nada, pasamos una noche más en el hostal y Carlos se levantó al día siguiente a lo Walking Dead (como el de la foto, più o meno). Aún no estaba muerto, pero las anginas y la fiebre que tenía tampoco le ayudaban mucho a tener un aspecto saludable. Pero la mujer del ostello no dio su brazo a torcer. Lo mismo da que pidas meter un tío en tu cama o que te dejen quedarte porque estás muriéndote de fiebre: las reglas son las reglas, y los italianos, así a gran escala como que no las respetan mucho, pero en ese hostal se hacía lo que decía la signora como si fuera el Papa.

Así que nada, Charlie a las escaleras de la catedral agonizando, y nosotras a buscar, teniendo como reto encontrar una casa decente para que durmiera esa noche.

Ese sábado Vero me acabó llamando Yoko Ono. Yo, que he sido mujer perla toda la vida -y hasta esa misma semana las llevé-, me contentaba con cualquier mierda que viéramos. PORQUE ESTABA HARTA.

En 48 horas visitamos de todo: pisos lejísimos del centro; casitas en las que teníamos que ir agachadas porque si no, nos dábamos con los techos; caseros que afirmaban necesitar inquilinos, pero cuyos cuartos estaban sospechosamente ocupados (ordenador encendido, zapatillas de andar por casa bajo la mesa, música puesta); casas en las que, atención, no había plato de ducha, sino una alcahofa, y en el centro del baño un sumidero por el que se iba toda la mierda. ¿Que se resistía? Una ayudita con la escoba de la esquina y ya está. O sea, bien visto, es cómodo, porque te puedes duchar haciendo de todo. De todo.

Pues hasta eso llegué a aceptar. Gracias a Dios, Vero me pegó algún grito -ya se sabe que se coge confianza en seguida con estas cosas- y reaccioné.

Y entonces acertamos. Llamamos a un chico que nos dijo que ya había alquilado su casa, pero que su tía, Adelia, alquilaba un apartamento cerca del centro. La llamamos y… bueno, todo el mundo sabe cómo es una señora anciana al teléfono… Pues prueba a ponerte a hablar con una italiana sin posibilidad de mantener un diálogo coherente en ningún idioma común.

No sé cómo, pero lo acabamos haciendo, y esa tarde conocimos a Adelia, una de las personas más importantes en nuestro erasmus y que merece un capítulo aparte… Porque nos consiguió Via Imbriani, nuestra casa perugina.

PS: Minchia, quanto mi manca Perugia!

3 Respuestas a “Yo sobreviví al Erasmus: Cerco e Trovo

  1. Esas son las vistas de la casa? Pues valió la pena la búsqueda, sin duda. Dormir en habitaciones de albergue con gente que no conoces de nada, una de esas cosas que se hacen una vez y que tratas de no volver a repetir. A mí me pasó en un albergue de Londres, con 8 personas que allí coincidimos y me sentí como un vagabundo en un edificio de acogida, jajaja

  2. La gente lo hace mucho más de lo que puedas llegar a imaginarte. Yo no he repetido experiencia tampoco, gracias. jajaja…

    Sí, desde nuestro balcón veíamos Asís, la verdad es que era increíble.

  3. Acabo de descubrir tu blog por el post de la adolescencia turbia, y me he sentido super idenfiticada… hasta que veo que tu tambien hiciste erasmus en Perugia!!!!🙂 Yo tambien!!! 2007/2008…. che bei ricordi!!!🙂

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