Transporte público

Pues resulta que aún no soy millonaria. No os puedo contar el plan maestro con el que pretendía dominar el mundo y ser asquerosamente rica a estas alturas de la vida, porque quizá algún día quiera retomarlo. El caso es que no lo he conseguido, y eso significa que aún tengo que ir en autobús a trabajar.

Y si hay algo que une en esta vida es el transporte público. Los efluvios, la mala leche, incluso las alegrías y las penas. Todo se comparte en un autobús, metro o tren. Los taxis creo que son un capítulo aparte y no me apetece entrar en los topicazos sobre ellos.

Hoy vamos a hacer una radiografía del metro y del autobús de la Comunidad de Madrid, que son los que conozco… También trabajé mucho el Cercanías en mi época universitaria, pero no tiene la mitad de gracia que los otros dos transportes, más que nada porque, precisamente, es el doble de grande. Y lo importante del autobús y del metro es que unen, como ya he dicho. Porque, ¿quién no se ha caído encima de alguien y le ha pegado tal pisotón que se ha pasado el resto del trayecto sonriendo como una pánfila, como si eso compensara? ¿O a quién no se le ha enganchado el típico pesado que te pregunta por dónde se va a tal lugar, y de ahí te despistas y te cuenta su vida en verso? ¿O la clásica señora mayor que te enumera sus actividades del día y lo bien que va ella en autobús a los sitios, con lo mal que está Mari Pili en su casa, que antes andaba perfectamente y ahora la pobre ni subirse al autobús puede?

Sí, en el transporte público madrileño puedes ver lo que sea, pero hay unos estereotipos que no te los quita nadie si vas en hora punta. A saber: los carritos con bebés, niños más creciditos, los ancianos (más ellas que ellos, ya se sabe), gente con aspecto de ser profesor de matemáticas o de lengua en colegios/institutos, y jóvenes en todas sus vertientes, es decir, más o menos maleducados.

Veamos: los carritos. Yo no sé si seré madre algún día sólo por el hecho de no tener que sacar a mis hijos de casa jamás. En tu propio coche es más o menos fácil -antes lo era más, cuando íbamos sueltos por todo el coche sin tener que llevar sillitas ni cinturón-, pero para ir en un taxi también lo tienes complicado, y en el transporte público es misión suicida, vaya. En el metro tienes que pelearte con las escaleras mecánicas, pero en el autobús tienes que luchar contra la gente, que es peor.

Todos sabemos que hay un espacio reservado para sillas de ruedas y carritos, ¿verdad? Y que es el lugar más cómodo para estar de pie si no hay asientos también lo sabemos. Y claro, la madre con el carrito lo que sabe es que lo que va a conseguir es que al menos cuatro pasajeros se hagan mucho más íntimos, porque hay que reorganizarse, y uno se reorganiza apretándose. Y cuando salga, igual, porque los demás nos habremos puesto a su alrededor, dejando esa isla para el cabrón del niño, que hace burbujas con las babas mientras los demás no paramos de darnos golpes y engancharnos de las barras como mandriles. Conclusión: más te vale que tu bebé sea ideal, porque de lo contrario vamos a desear que llore todas las noches y no te deje dormir en un par de meses.

Si encima esa madre va con un niño que no para de pegar gritos, todo se hará peor. Pero bueno, siempre hay niños. Niños que en el metro giran en las barandillas como si fueran barras de showgirls y no de sujeción; sólo que ellos en vez de desnudarse acaban dándose la galleta del siglo y llorando, o siendo regañados por el adulto que les acompañe y, por tanto, berreando -que no es llorar, seguro que apreciáis la diferencia-. Niños que en el autobús no saben dónde agarrarse y acaban tirando de bolsos, culos o abrigos a discreción. Niños que comentan cada cosa que alcancen a ver por la ventanilla, o lo que vean dentro del autobús, lo cual puede ser incómodo si se refiere a lo feo que es alguien, por ejemplo. Y, sobre todo, niños que invariablemente comen; porque hay una creencia popular que dice que los niños donde mejor meriendan es en el autobús o en el metro, y la gente no se da cuenta de que, sobre todo en invierno, el olor se queda atrapado para siempre jamás en un sitio con las ventanillas cerradas. Y es asqueroso. Pero los niños son mis pasajeros favoritos, todo hay que decirlo.

Bueno, no tanto como la gente que va acompañada y se cuenta su vida, e inevitablemente consiguen que te quites los cascos para escuchar su conversación.

Seguimos. La gente con aspecto de ser profesores. En serio, sabéis a lo que me refiero. Que sí, que habrá profesores de todo tipo, y esta gente a lo mejor es cantante de una banda de rock, yo que sé, pero si ves a un señor con un traje tirando a verde, gafas con cuerda en el cuello, y leyendo o haciendo sudokus o crucigramas te tiene que recordar obligatoriamente a una clase de colegio; y si les ves corrigiendo exámenes diría que has dado en el clavo. La cuestión es que esta gente siempre está. Es gente apagada, pero amable; con pinta de aburrida pero a veces entrañable. Son los que te mirarán mal si les pisas al llegar, pero te aceptarán con la mirada si sacas un libro. No suelen moverse ante las madres con hijos; nada les achanta.

Los ancianos son otro rollo. Para empezar, si eres una persona medianamente educada, dejarás que un anciano suba antes que tú, aunque acabe de llegar y tú lleves tres horas. Pero no importa, porque aunque no les dejaras al no darte cuenta, por ejemplo, ellos te meterán un codazo antes de permitir que alguien se les adelante; como en la cola del súper, vamos.

Una vez montados, es obvio que hay que ceder el asiento… Ya, ¿pero dónde está la línea que define cuándo se le debe ceder el asiento a un anciano? No, claro, yo me pongo en la situación: a lo mejor tengo sesenta y algo, estoy perfectamente, y me viene una mocosa diciendo que me cede el asiento… Y me acaba de echar 10 años encima. Pues ni puta gracia.

Pero vamos, de pie o sentados ellos se entretienen, porque van a hablar con cualquiera que se les ponga a tiro. Da igual que lleves cascos o te pongas a leer, les vas a escuchar  y punto. Y también da igual que estés de pie porque la próxima es tu parada, vas a dejarles pasar porque él o ella preguntará “¿vas a salir, bonita?, “sí, voy a salir”, “ya, pues es que estás bloqueando la puerta y no vas a dejar salir a los demás”. Codazo y pa’ fuera, aquí hay preferencia tanto para entrar como para salir, o te crees que son tontos.

Ah, y la culpa de que el autobús esté a 110º C es suya. Da igual que esté lleno de vaho y no se vea el exterior, y que vaya todo el autobús sudando: las ventanas se quedan cerradas. ¿Estamos?

Por último, los adolescentes… más o menos de los 14 a los 20 años. Creo que en un autobús o en el metro sale a relucir la educación, de los jóvenes y de todos, pero si eres un adulto hecho y derecho más o menos se espera algo de ti, en cambio a mí me alucina que parece que de los adolescentes no se espera nada. Sé que sueno como una vieja, pero esto se acaba de convertir en un post de denuncia social, maldita sea… ¿Y sabéis qué? Que me lo guardo para el próximo, probablemente mañana, porque me he ido cabreando a medida que pensaba qué decir.

Joder, qué mayor me hago.

PD: Así con todo, lo más chocante que he visto últimamente fue un señor trajeado de 1.90 m., más o menos, leyendo muy seriamente “Mujeres de Manhattan”, el libro que inspiró la serie “Sexo en Nueva York”. Con su título escrito como en pintalabios. Sí, sí.

Y tan pichi.

4 Respuestas a “Transporte público

  1. Muy bueno!!!! Aunque, ¿a nosotras no nos daban la merienda en el autobús alguna vez?

  2. Seguro, porque sienta mejor.

  3. Muy cierto todo lo que apuntas. El autobús no lo tengo muy transitado, pero el metro es todo un mundo. Además de lo que has señalado, están también esos artistas que se meten a dar el concierto durante dos paradas y se cambian de vagón, los que piden limosna y en la categoría de los chavales, los que van bebiendo ya en el metro para llegar calientes a su destino.

    Y eso por no hablar de lo mal que lo llevas siendo educado, que hay paradas en las que baja y sube mucha gente y si cedes el paso es muy fácil que te cierren la puerta en las narices. O esa otra gente que entra en los vagones a paso de tortuga, sin darse cuenta de que hay más gente detrás suyo esperando para entrar también.

    Lo dicho, todo un mundo.

  4. Justo en Facebook una amiga me ha puesto lo de los artistas… Es cierto, pero ya te digo que últimamente cojo más autobús y había conseguido olvidarlo jajaja…

    Y sí, tienes razón, en el subsuelo es la ley de la selva…

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