Bandera blanca

Tras cuatro años de Periodismo y una vida bastante cómoda, pensé que trabajar y hacer un máster sería fácil. Ja. Porque luego hay que presentar proyectos, y eso implica currar de noche y los fines de semana. Y claro, no gusta, porque ya te tocan los planes y hay que adaptarse. Y todo para que llegues a la primera evaluación y te digan que es una mierda, que eres una payasa, y que qué haces en ese máster… Y lloras, claro.

Sí, amigos, en el historial de mis escenas patéticas puedo poner la muesca de haber roto a llorar tras una presentación de máster (cuando me sacan sangre no me da nada de miedo y miro, ¿vale?).

Esa noche, volví a casa hecha polvo. Pensé que no podría sacar el máster adelante y que no valía para nada. Cuando llegué a casa lloriqueando y esperando que mami y papi me dieran mimos y me dijeran que me hacían una tarjeta para no tener que ir a clase al día siguiente, me llevé una buena bofetada (en sentido figurado). Me soltaron algo como “siempre haces lo mismo”.

No, no es que mis padres no me quieran; es que tienen más razón que un santo (que no se enteren ellos). El caso es que, siete meses después, y habiendo sobrevivido a la tortura de este curso, lo veo con perspectiva y sí, mira, la verdad, siempre me aburro o me canso, y me doy por vencida.

Tengo que reconocer que en segundo de Periodismo se me cruzaron los cables y estuve pensando seriamente dejarlo, pero tampoco me gustaba otra cosa y tiré para adelante. Y estoy super orgullosa de eso y nadie me lo va a arrebatar. Punto. Pero sí es cierto que todo lo que he intentado aprender en esta vida, lo he dejado de lado. (Nótese el tono dramático.)

Yo hice ballet. Sí. Cuando medía menos que ahora y podía moverme con algo de soltura, los lunes me enfundaba medias rosas bajo un mayllot azul cielo y hacía demi pliés con una gracia que yo creía impropia de mi edad; y los miércoles nos poníamos faldas de lunares y tacones (lo más) y hacíamos el riáriáriápitá con las castañuelas. Agradezco en el alma que mis progenitores jamás hayan grabado una de nuestras actuaciones en vídeo, porque ahora veo a niños bailar y me dan mucha pena. Y me doy cuenta de que no, no lo hacía bien. –Caro y Claudia creo que lo saben bien.- Y es más, ya sabía yo que en la danza no estaba mi futuro y, tras cuatro años entregando mis recreos de lunes y miércoles a ese noble arte, con ocho decidí dejarlo. Me tocaba empezar puntas y me daba una pereza horrible.

Pero claro, algo había que hacer. Piano. En mi casa siempre ha habido uno, y mi madre toca fenomenal después de estar siete años en el conservatorio. -“Para Elisa” es su especialidad, no dudéis en pedírselo la próxima vez que acudáis a mi casa, por favor.- Mi compañera en esta clase fue Paula, que antes había dejado de lado pintura, donde, desgraciadamente, tampoco vio que estaba su futuro profesional. Quiero creer que los conciertillos para padres que dábamos era un poco más llevadero que vernos dar botes, pero recuerdo perfectamente que mi padre estaba dejando de fumar entonces y yo le veía sentado en una esquina mascando Trident de fresa como un loco. No sabría decir qué opinaba. No voy a preguntar tampoco, claro. El caso es que, tras conseguir tocar “Noche de paz” y “Yesterday” -a una sola mano; a un dedo si me apuras-, decidí que era lo más alto que podía llegar y dejé mi carrera en el punto álgido. Una estrella debe saber cuándo retirarse, y yo a los Beatles los respeto ahora y cuando tenía nueve años.

Llegó quinto de primaria y, viendo mi altura, era una tontería no apuntarme a la actividad estrella de mi colegio: el baloncesto. No, por mucho que lo primero que penséis al ver a una torre de tía es que el basket se le daría bien: no, no tiene por qué. A mí no se me da bien, desde luego.

Estuve tres años en el equipo. Dos tardes a la semana entrenábamos en el
colegio, y los sábados por la mañana Claudia y yo íbamos al colegio juntas o a coger el autobús que nos llevaría al equipo contrario. Me parece que ganamos un partido en esos tres años. Y no estoy exagerando, en serio. Éramos una vergüenza, y yo era la joyita (de mierda) del equipo. Si normalmente los niños piden que les saquen cuando sus padres van, yo le pedía al entrenador que me dejara en el banquillo, porque es que no había manera de coordinar piernas y brazos, oye. Y mi padre en la banda “que corras”, y yo “que lo intento”, y de esto que te pasan el balón y vas a botar y lo haces en el pie y se va fuera y te miran mal. Pues nada. Además, tantos esguinces en los dedos índices por ser incapaz de coger el balón cuando me lo pasaban -incluso de picado- no merecían la pena. Fuera.

En segundo de la ESO me metí a guitarra con Vicky. La pobre se desesperaba porque era incapaz de darle a dos notas. Ni “Amores de barra” conseguimos tocar. Así que nos juntaron con otra pareja de chicas que era igual. Maca y Vicky aprendían fenomenal, mientras que Caro y yo hacíamos el idiota con la batería. La guitarra da ahora un aire muy bohemio a mi habitación. Sí.

Gracias a Dios, los idiomas van aparte -me estaba deprimiendo un poco con mi falta de talento-. Lo de dar clases me parece un coñazo poco útil, eso sí, si me mandas a otro país de fiesta Erasmus me acabo haciendo una pandilla autóctona y te hablo el idioma. Pero esa es otra historia de la que aún tengo que contaros… O mejor dicho: ma questa è un’altra storia che ancora devo raccontarvi.

7 Respuestas a “Bandera blanca

  1. jajajaajaja me he reido mucho blanky!!!! q honor q me menciones! aunq sea para señalar q somos igual de torpes

    desde luego q tu truculento erasmus merece contarse aparte…

    gracias por retomar!!!!! besazoss

  2. Me has alegrado el día Blanky, espero próximas entregas, metele caña vagoncia. Estoy en la mierda mas supina que te puedas imaginar, pero te cuento a la vuelta de tus vacaciones que están para disfrutar. besos en los morros.

  3. me inspiras blanky! muuua

  4. Creo que es mejor para TODOS que no deje aquí comentario alguno

  5. Padre, siempre supiste que nunca me dedicaría al baloncesto, no sé por qué me metías. Y mira que no he dicho nada del esquí.

    Gigi: tú has vivido esas épocas, sabes de lo que hablo.

    Lomana: Me tienes que contar bien cuando puedas. Yo estoy en los madriles y soy toda oídos. Ahora que tengo jornada reducida pretendo darle caña al blog, I promise.

    Raco: Quiero ver los vídeos de don Ernesto.

  6. ¿No estuviste apuntada también a danza jazz o algo por el estilo?

  7. ES VERDAD! Sí, sí, cierto, cierto…

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