Gym-Tonic

Shame on me. ¿Recordáis que me apunté al gimnasio el año pasado? Bueno, pues en esa ocasión desperdicié, (frente a todo pronóstico, ¿eh?) un maravilloso bono de diez entradas válido durante seis meses… Porque fui dos veces.

¿Y por qué debería avergonzarme? Pues porque desde abril de este año vuelvo a ser abonada del mismo gimnasio y, atención, ¡voy! ¡Y no lo he contado todavía aquí!, con el jugo que puede dar el tema…

Atentos: de abril a julio, miércoles y viernes, una hora de lo que llaman GAP (Glúteos, Abdómen, Piernas). Pero no es operación bikini, ¿eh? Eso es demasiado tópico…

Tú te apuntas, y cuentas emocionada el total de días que asistirás, y así a ojo calculas lo estupenda que te vas a poner para el verano. Error, queridos, error. El primer número lo divides por la mitad, la segunda imagen la doblas exactamente. Et voilá! Tu imagen en bikini para el verano.

Aparte de eso, a mí me divierte bastante ir al gimnasio, la verdad; es como adentrarte en una dimensión desconocida. Y tras cuatro meses no acabo de adaptarme.

Lo primero, ¿por qué son todos tan felices? No voy a hacer suposiciones malintencionadas sobre lo que se echan en los batidos estos reconstituyentes -sólo con pensar en sabores tales como chocolate con plátano me pongo enferma-, pero en serio que no me parece normal lo sonrientes que son todos los de la recepción. ¿El problema?, pues que no sé a qué se debe tanta amabilidad. ¿Quieren retenerme más meses? ¿Les caigo bien? ¿En realidad su sonrisa es de pena y te miran de arriba abajo pensando “pooobre…”? No sé. Me confunden; no consigo captarles y cada vez que entro en el recinto me siento incomodísima.

De todas maneras eso se pasa pronto, porque en seguida ves que todos los cachitas que te saludan y sonríen publicitan un calendario en el que han posado desnudos para recaudar fondos. Que qué manía, ¿eh? De toda la vida, para poder irte de viaje de fin de curso hacías fiestas y camisetas, no te ponías a posar en pelotas. Pero últimamente la gente ha perdido la vergüenza y se dedica a apropiarse meses del año y a hacerse fotografías absurdas -y por lo general malas- con cualquier excusa. Con lo cual, ya lo siento si habéis participado en algo así, pero consiguen que pase de la confusión a cierto sentimiento de… ¿superioridad?. No sé, pero ya no me atoran.

El caso es que después de eso, toca bajar las escaleras hacia el vestuario, el lugar donde se comprueba que, definitivamente, la gente no tiene ningún tipo de pudor. Tengo veinte años y puede que esté anticuada, pero a mí ver señoras completamente desnudas ya me descoloca del todo. Que sí, que suena bien, que será la fantasía de muchos… Pero no os equivoquéis, porque a mi gimnasio no vienen, gracias al cielo, Gisele Bundchen y Jessica Alba, sino la señora que está echando barriga y la gordita que necesita hacer ejercicio. La realidad puede ser muy cruda…

Para superar este mal rato (yo vengo cambiada de casa) me concentro en mirar mis zapatillas, con lo cual no sé muy bien cómo es el vestuario, porque es que se pasean como Pedro por su casa, y en cuanto te descuides, ¡zas!, más de lo que querías verle a la señora de sesenta años.

Otra persona a la que no le importa enseñar más de lo que yo opino que debería es a mi monitor. Es un mocetón encantador -sí, mocetón es la palabra- y muy profesional, pero debe de ser que no encuentra pantalones cortos de su talla, por lo que el pobre va más bien apretado. Si lo ves de pie, bueno, choca pero está todo controlado; pero, claro, cuando te tienes que poner de rodillas en el step y levantar la pierna para atrás… la cosa se complica. Una vez más, yo opto por mirar al suelo y hacerme la sueca.

Pedro, así se llama el mocetón, también es un espécimen propio del hábitat del gimnasio, que cada dos por tres siente la necesidad de gritar cosas como “¡Vamos, chicos!” o “¡Sí! ¡Con fuerza, siéntelo!”. También tiene la capacidad de gritar por encima de una música que ni la mejor rave de Madrid. Ésta varía con el profesor, pero jamás cambiará algo: cuanto más hortera, más motiva. O eso es lo que deben de pensar ellos, porque madre mía, aparte de que suelen ser letras hablando de cosas completamente inapropiadas cuando te encuentras tumbada boca arriba aprentando el culo para endurecerlo, la música es como de feria de pueblo. Pero a ver quién rompe esa tradición. No seré yo, desde luego.

Lo cierto es que cuando termino en el gimnasio me siento bien, estoy contenta por haber hecho algo. Y aunque no es que esté consiguiendo el cuerpo envidiable que yo me imaginaba mientras firmaba la matrícula, sí que estoy contenta. Lo malo es que, mientras pienso lo buena deportista que soy, me paseo por la Castellana con los pelos de punta, roja, y bebiendo agua sin parar; y sólo me doy cuenta cuando llego al portal de mi casa y me encuentro con el nuevo vecino guapísimo del 4º, ése con el que nunca coincido cuando voy con vestido corto para ir de fiesta. Claro, cosas del directo…

5 Respuestas a “Gym-Tonic

  1. Esto ya está más trabajado. Buena descripción de la atmósfera del gimnasio.

  2. A mí no me gustan los gimnasios, pues suelen estar llenos hasta la bandera de gays, y paso de que me miren el culo. Adicionalmente, veo muy feo el que la gente se pasee desnuda delante de extraños. Si uno no ve en pelotas a su familia, ¿por qué soportarlo con extraños?

    Por supuesto que hay gimnasios y gimnasios. En el centro comercial Sexta Avenida, cerca del que estaba ubicada mi anterior oficina, está el O2, un gimnasio bastante chulo (por referencias de varios compañeros de trabajo) al que acuden gente educada y con cierto poder adquisitivo. No era raro tropezarte a diario en ese centro comercial con la mujer de Guti, el futbolista del Real Madrid, o incluso con Radomir Antic, con el que coincidimos almorzando en uno de los restaurantes. En fin, que si crees que tu gimnasio es un poco cutre y carente de estilo, busca, compara y si encuentras algo mejor… ya sabes.

    Con respecto al cuerpo de las señoras mayores en pelotas, como dice mi querida madre: “con la edad o te ajamonas o te amojamas…”

    La descripción del tal “Pedro” me ha hecho recordar a un compañero de otro trabajo, que tenía la fea costumbre de vestir pantalones alguna talla más pequeña de la que realmente le correspondía, hecho que le sirvió para ganarse el cariñoso sobrenombre de “Culo prieto”🙂

    Un besote.

  3. yo fui adicto a los gymasios un tiempo, cuando no tenía tanta cosa que hacer, ya con el tiempo me di cuenta que mi metabolismo no es el mismo y que si desayuno 8 tacos en el puesto de la esquina del trabajo terminaré con lonja jabonera, al final por comodidad compre una de esas chunches de gym para casa, jala bastante bien y si me canso, nadie me grita ¡Animo campeón! o cosas así jaja

    besazos

  4. me encantan las acotaciones de TU CONCIENCIA.

    ah! y estás estupenda, con el gimnasio y tu moreno😉

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