Grin, que no Green

Bueno, bueno, bueno. Resulta que mi blog es leído, e incluso ya empiezo a tener peticiones de colaboración -creo que voy a llorar de emoción-. Aquí dejo un escrito de Jaime, una de las pocas personas que me ha visto conducir y sabe lo que es sufrir a mi autoescuelero (ya contaremos sobre él), y que ayer me prometió a horas intempestivas de la noche que me mandaría algo sobre la discoteca en la que tantos buenos momentos he pasado… Y como es un hombre de palabra, esta mañana ya tenía un e-mail.

Espero que os guste, porque esto es Green en estado puro:

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Grin es la aristocracia de las discotecas de Madrid. Es un sitio con el tamaño justo, que los viernes se llena demasiado por dejación de la puerta, que no quiere dejar a nadie fuera. Tampoco nadie quiere quedarse fuera, y todos entran como pueden, eufóricos, a un corral donde no cabe una paja más. Probablemente intenten cobrar diez euros de entrada si la cosa está muy apretada. No dejarse. Las bondades de Grin se acaban cuando se termina la gran relación calidad-precio de que hace gala en pleno Barrio de Salamanca.

 Grin es un sitio para ver y que te vean, para encontrarse con esa tía que llevamos toda la semana queriendo ver, y a la que muy probablemente al final de la noche hayamos cambiado por otra más fea y más divertida, o esa otra que siempre vemos por las noches y nunca nos hemos atrevido a hablarle, pero que es un elemento más de nuestra juerga. Para tomar unos copazos, bailando o hablando entre amigos, a la vez que nos encontramos, uno tras otro, a un montón de gente del colegio que hace años que no vemos, y de los que volvemos a hacernos íntimos amigos por unas horas tomando un whiskito o unas croquetas, prometiendo quedar para tal otro día, a sabiendas de que será Grin quien nos vuelva a unir sin esperarlo.pins_left_bar.jpg

Caso aparte es la cocina de Grin, que nos ofrece desde unas pringosas alitas de pollo hasta unas mini salchichas con beicon, pasando por las míticas, deliciosas y siempre oportunas croquetas –nadie ha descubierto aun en su sobrio juicio de qué son- que nos ayudarán a ahorrarnos adjetivos para Mrs. Walker a la mañana siguiente. Por un precio razonable, uno de los uniformados camareros nos servirá una ración que sustituirá a la clásica –y por lo general bastante indigesta- recena de macarrones que todos hacemos al llegar a casa, no se sabe si más perjudicado que dormido, o viceversa.

  

Siempre he pensado a qué se dedicarán los camareros de Grin fuera de su trabajo. De lo que estoy convencido es de que dedican al menos una mañana de sábado al mes a jugar al golf. Suponiendo que la jornada de trabajo sea de 10 de la noche a 6 de la mañana, y dando por hecho que entre servicio y servicio alguna copichuela caerá, me niego a creer que no empalmen con la primera salida del tee del 1 y, con su chaqueta, farden de haber ganado el Masters de Augusta el año anterior. Juro que el día que pisé Grin por primera vez y vi al camarero indio-filipino uniformado, creí firmemente estar presenciando una juerga de Tiger Woods. De hecho, mi amiga de esa noche, que era una fenómena, hasta le hizo fotos con el móvil para vendérselas al Hola. Esa vez no tuvo suerte, pero ahora que lo pienso, ya sé quién pudo estar detrás de que las declaraciones de Calderón en Villanueva llegaran a la COPE.

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En definitiva, Grin es un clásico, inmortal hasta que Gallardón le haga un túnel por debajo, un sitio donde ahogar las penas y celebrar las alegrías, donde puedes ir incluso solo, con la seguridad de que una vez dentro no vas a estarlo más de cinco minutos. Donde está la gente de toda la vida, y otra de menos vida –que es la que lo llena demasiado-, donde nacen –y renacen- amores, ligues y folleteos varios, el patio preferido de cotillas y porteras, el peor sitio donde ponerle los cuernos a tu novia, y el mejor donde llevarla si te aburres de ella y, sin lugar a dudas, el sitio donde nacen más vocaciones sacerdotales que en cualquier otro garito de Madrid. Si no consigues ligar en Grin, cuelga la americana –de tweed o de terciopelillo pretencioso- y toma los hábitos. Si la americana era de tweed, cashmere o similar, al menos te quedará el consuelo de poder llegar a Cardenal. Si era de terciopelillo –también vale plasticorro o lanoncio de manta escocesa- pilla un tasis y date un voltio por Jácara, ¡que no todo está perdido, hombre!

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A Grin fueron algunos de nuestros padres, en Grin hemos celebrado cumpleaños, hemos pasado cada noche de antes de las notas bebiendo a dos manos y a veces hasta bailando como si fuera la última de nuestra vida. Hay veces, en el momento sublime de la cogorza, ese punto perfecto de la curvatura que tantas veces nos han intentado enseñar en economía, en que, estando totalmente feliz en la ola de la noche, me parece como si fuera una de esas fiestas parisinas ahogadas en champagne y orgías desesperadas horas antes de que los alemanes tomaran la ciudad y acabaran con su vida anterior.

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Todo muy frívolo, sí, pero con mucha clase. Hasta en las peleas. Porque en Grin no hay peleas. Se sale fuera –la plaza de Alfredo Mahou fue creada precisamente para eso; ojo Gallardón como nos la tunées- y se pega uno como Dios manda, como batiéndose en duelo hace dos siglos. Y además dando espectáculo, porque siempre hay alguien conocido: la novia a la fuga de por medio y su ex-novio ultrajado intentando cornear a un chulodeputas al que ni siquiera le gusta Grin y que se reafirma en que se la ha levantado y aquí paz, y después gloria. Pues claro. Y los amigos… como a la pelea se sumen los amigos, aquello puede ser sólo el primer asalto. Como una serie por capítulos, cada noche desde entonces entras pensando si ligarás o si saldrás a gorrazos.

Sin querer extenderme más, que ya bastante me he lucido, sólo quiero agradecer con mi escrito que en esta época tan vulgar todavía se conserve una discoteca que nos apetece hasta a los que por lo general no nos gustan las discotecas. De esas en las que se te acerca un ganador del Masters y te echa con un “señores, es tarde, disculpen pero vamos a cerrar” y mientras sales oyes por ahí a un reservista de la Armada cantando el Cara al Sol…

J.L-D.

abril 2007

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2 Respuestas a “Grin, que no Green

  1. Todos tenemos nuestros lugares míticos…

    Un besooo

  2. AMO ESE SITIO!!!!

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