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Días de gimnasia

Marzo 5, 2008 · 18 comentarios

Hay días en los que echo de menos el colegio… Pero jamás la gimnasia.

La foto de abajo es extraña, graciosa, y me encanta. Eso que veis es el pasillo que llevaba a los vestuarios del colegio, donde nos dedicábamos a escalar por las paredes antes de ponernos el uniforme -todo con tal de empezar tarde la  siguiente clase-. En la foto intentamos hacer un puente para que pasen por debajo algunas, pero al final Marta y yo fuimos las protagonistas indiscutibles.

Ahí estoy con mis tiernos 14 o 15 años, coleta en ristre y raya a la altura de la oreja. Las pulseras de estrellas y colorines nos las hacían quitar para hacer deporte. Mi adolescencia fue chunga, ya os mostraré más pruebas.

Digo que nunca echaría de menos la gimnasia por varios motivos. Para empezar, me imagino que os habréis dado cuenta de lo que llevamos puesto. Os explico: mi profesora estaba como una cabra y, como ella había sido gimnasta rítmica profesional, decidió que teníamos que ir por ese camino. (Los chicos tenían otro profesor.)

Lo primero que hizo fue obligarnos a llevar el maillot que se ve debajo de la camiseta. Gracias a Dios, acabó permitiendo que nos pusiéramos encima un chándal para calmar nuestro pudor y para tapar el diseño de tan incómoda prenda, porque es peor de lo que parece: ¿veis las líneas blancas de las muñecas?, pues líneas iguales a esas formaban un cuello de marinero (en pico por delante, cuadrado por detrás). Éramos como un anuncio de salchichas color azul eléctrico. Terrible.

Su segundo paso era exigirnos lo típico de las clases de gimnasia (resistencia, velocidad, etc.) sólo algunas evaluaciones, y el resto del tiempo teníamos que aprender a hacer piruetas, equilibrios y coreografías; sobre todo coreografías, un total de 4 al año. Quien no tuviera ritmo lo pasaba mal durante 5 años, eso seguro.

Yo nunca he sido lo que se dice una gacela, y mis brazos no tienen ni de lejos la fuerza suficiente para soportar el peso de mis piernas, así que jamás estuve entre las preferidas de la profesora. En vez de eso, me plantó el primer suspenso de mi vida (triste, muy triste) y aprendió a odiarme por tener una hermana semimono que se pasaba el día bocabajo mientras que yo sólo era capaz de apoyar las manos en el suelo y dar un pasito.

Y es que nunca le veré el sentido a apoyarte en las manos. Yo no era de las que jugaba a hacer el pino en el patio del colegio. Me parece estupendo que la gente se divierta haciéndolo, pero yo no considero que sea necesario en mi carrera profesional, ¿no? Bueno, pues esta señora quería estar segura de que todas pudiéramos hacerlo alguna vez en la vida -por si acaso, me imagino-. Yo no. No he podido, no puedo, y nunca podré. Lo asumo y me da igual.

Pero claro, no me podía dar igual si una nota dependía de ello, así que al final conseguí la fórmula para aprobar: la técnica era la mitad de la nota. Yo no podré hacer una voltereta lateral (“se dice ruedaaa“, chillaba), pero os prometo que os enseño la técnica de las profesionales a la perfección. Colocación y orden de las manos y pies. Otra cosa era que los levantara del suelo -que no-, pero un cinco me llevaba. Lo más divertido era cuando hacíamos la “acrobacia libre”, yo decía muy seria que iba a hacer un pino sin pared y me limitaba a agacharme y a levantarme con los brazos muy estirados, muy elegante siempre. Lástima que no tenga vídeo…

Poco a poco se me fue yendo el miedo a aquella clase, y ella se empezó a aburrir de mí. No digo que me produjera un trauma, pero sin duda no me inculcó ningún tipo de amor por el deporte.

Sin embargo, he de decir que incluso llegué a ganar algunas medallas en las olimpiadas del colegio haciendo salto de altura. Eso en parte me reconcilia con el deporte y me permite respirar tranquila: ya aporté mi granito de arena pasando a los anales de la historia deportiva. :)

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