Oh!

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Regreso al pasado

Noviembre 12, 2008 · 8 comentarios

Se me ha movido un diente.

cabra_ortodonciaA algunos esto les sonará como “se me ha roto una uña”. No, no, no y no. Se me ha movido un diente después de llevar durante 4 años los famosos brackets, eso es una verdadera faena. Una guarrada.

Yo soy de las que nace con defectos de serie, desde luego no les he salido muy rentable a los de mi aseguradora. Y una de las cosas con las que crecí muy, muy, muy (y ya son tres muys) mal son los dientes. Y como mis padres quisieron que creciera sin complejos de bocadetiburón, decidieron llevarme al ortodoncista.

Hay que tener una cosa en cuenta: yo esto lo agradezco muchísimo ahora; entonces sólo le añadía una desgracia más a mi época de preadolescente atormentada -o así me veía yo- que saca tres cabezas a todo su curso y que incomprensiblemente empieza a tener el pelo rizado. Y esto por hablar sólo de dos de mis virtudes de entonces (las gafas y la ropa no ayudaban).

caida_escaleraEl caso es que el día que me fueron a poner brackets estaba hasta emocionada; al fin y al cabo era un cambio en mi vida y todo el mundo ha jugado a ponerse el chicle como si fuera un aparato. Tan excitada debía de estar que, al ver que mi madre llegaba con su coche, fui a saltar los tres escalones que hay en el portal de mi abuela; pero no se sabe por qué en el último momento decidí que mejor debía bajar andando (recuerdo perfectamente aquel cambio de parecer), así que me salió un movimiento raro que terminó con mi largo y raquítico cuerpo estampado en la acera. Y encima la del coche no era mi madre.

El resultado fue un diente partido. ¿Y creéis que el ortodoncista decidió arreglarlo ese día? Pues no, y estuve cuatro años con aparato y sin un buen pico de paleta. Maravillosa mi imagen.

Pero vamos, pasado el tiempo no me sorprende nada la reacción de ese médico… Aquélla era una consulta un tanto sádica que llegaba a rozar la clandestinidad. Bueno, vale, estoy exagerando demasiado un poco, pero años después he hablado de esto con mi prima Elena, que tuvo la suerte de compartir la experiencia conmigo, y sólo pasado el tiempo nos hemos dado cuenta de lo raro que era todo.

dentista-situacionPara empezar, el sitio en cuestión está en un bajo. No, no os creáis que había ratas por los rincones y humedades en las paredes, tiene un cartel en la calle -que todavía me produce escalofríos cada vez que lo veo- y está todo en regla, estoy convencida; pero este hecho daba la sensación de que todo era un poco tétrico… Además, cuando te tumbabas en la camilla veías por la ventana los pies de la gente que caminaba por la calle. Eso con suerte, porque cuando ibas a la hora de la salida de los colegios los niños pequeños no tenían ningún reparo en asomarse por los barrotes y saludarte mientras tú sufrías. Probablemente pensarían que yo les sonreía amablemente, años después aprenderían que en realidad llevaba un plástico que te mantiene la boca abierta a la fuerza -y que probablemente sufran ellos ahora-.

Y es que ésa es otra: es imposible no dar miedo en la consulta de un dentista. Para que os hagáis una idea voy a contaros cómo era una visita corriente a aquel maldito lugar… Entonces puede que entendáis por qué mi prima y yo lo vemos un poco como de curandero.

En la recepción estaba Julia. Julia era la enfermera mamporrera del lugar. Se sabía cada nombre y era siempre encantadora. Intentaba tranquilizarte. Pero, al cabo de un rato de leer revistas tales como Jara y Sedal o Pelo, pico, pata y ver en mute un canal de documentales, se abría la puerta a través de la cual se oían los ruidos que nos hacía temblar a todos los presentes. Era tu momento, y Julia era la que te llevaba dentro.

brackets1Pasabas y el espectáculo era… grotesco, diría yo. Para empezar, creo que querían tener fama de puntuales y por eso no querían tener mucha gente en la sala de espera. Es la única explicación razonable que se me ocurre al hecho de que siempre esutvieran las cinco camillas ocupadas -habiendo tres ortodoncistas en total- y otras cinco personas de pie; bueno, cuatro, porque había un afortunado que podía sentarse en un taburete medio cojo.

La cosa funcionaba así: al entrar te tumbaban en una de las dos camillas a la izquierda, el doctor te veía, te echaba la bronca por algo terrible que le hubieras hecho a su gran obra (tus dientes), y les decía a las otras dos doctoras lo que tenían que hacerte. Por ese orden.

Entonces ibas a alguna de las tres camillas de la derecha. Ahí una doctora empezaba con el tratamiento que el jefe le había mandado, y esto solía implicar un aparato que te mantenía la boca abierta. Yo creo que me lo pusieron el 90% de las veces que fui a lo largo de cuatro años. Seguro que sabéis de lo que hablo: una especie de círculo que te colocan para meterte un tubito que succione tu saliva mientras ellos trabajan. No entraré en detalles respecto a este aparato, los ruidos, y lo que pasaba si se te salía.

chicoasustadoLa cuestión es que aquello que te estuvieran haciendo solía necesitar reposo, con lo cual, para ganar espacio, te mandaban a esperar de pie… con una servilleta para no babear el suelo. Sí. Es duro. Comprended la impresión que daba abrir la puerta y ver a cinco personas apoyadas en la pared mirándote fijamente con la boca abierta y babeando. Dicho así suena hasta halagador, pero en realidad era patético; hecho que prefería obviar sabiéndome la siguiente víctima.

Pero bueno, mejor era ese aparato que el que usaban mientras te hacían fotos. Ahí Julia era un factor fundamental: la tía se transformaba y se convertía en una especie de psicópata, porque parecía incapaz de comprender que cuando te tiran tan fuerte de los labios duele. Mucho.

Así pasé cuatro años de mi vida, como ya he dicho… Perseguida por frases como “el molde sabe a fresa, ¡te lo juro!”, “enjuágate y escupe aquí”, “intenta mantener la lengua muerta, que me muerdes”, “cuidado no te ahogues cuando te meta este aparato hasta la campanilla”. Falsa la primera, repugnante la segunda (todo el mundo mirándote y tú soltando un absurdo chorrito), averngonzante la tercera, y ridícula/sádica la cuarta.

Pues tengo que volver. Y probablemente me pongan aparato (por dentro, gracias). Y ahora sacaré diez años a los demás pacientes. Y creo que en cuanto oiga el primer “toma, límpiate la barbilla, que tienes babas y pasta del molde” lloraré…

ninallorando

No quiero ir al dentista, mamá. :(

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El enemigo

Octubre 9, 2008 · 9 comentarios

Yo de pequeña quería ser profesora (después de mi época de querer ser payasa y tía). No sé qué me atraía, pero lo decía bastante y a todo el mundo le parecía lógico, al fin y al cabo con cinco años o así todo el mundo se lleva bien con su profe. Y si no prepárate para unos cuantos años de sufrimiento porque ese es un comienzo bastante malo.

Recuerdo el día en que una amiga me dijo muy seria: “¿Pero por qué quieres ser profesora? Todos los niños te odiarían”. Y qué queréis que os diga, no debía de tener las convicciones muy sólidas porque se me quitó la idea de la cabeza ipso facto.

Un profesor (no voy a empezar con el “o profesora”, lo aviso ya) es aquella persona que de pequeño te regaña pero es tu amigo, en quien confías si te quieres chivar -sí, todos lo hemos hecho- y quien te cura -a menudo- las heridas. Sin embargo, a medida que creces vas viendo como vuestros bandos se dividen.

Mi primera enemiga declarada fue Fuencisla. Me daba matemáticas, y recuerdo a la perfección el ruido insufrible de sus pulseras de oro y sus uñas rojas clavadas en la goma de Milán mientras borraba sin piedad mis ejercicios del cuadernillo Bruño. 

A partir de ahí ya cogí carrerilla y experiencia para odiar a los profesores. Es un don que tenía, qué le voy a hacer. No es que me llevara mal con todos, al contrario, tengo buenos recuerdos de algunos (qué asco doy a veces), pero siempre tenía mis pequeñas manías por ahí. Pero como ellos, ¿eh? Que yo sigo sin tragarme eso de que los profesores no tienen sus preferidos y sus odiados. Como cuando yo sé que mis padres me quieren más a mí que a mi hermana…

Mis archienemigos en el colegio fueron dos: la señorita Leticia y don Javier. Gimnasia y música respectivamente. Pensaréis que es raro odiar a profesores de asignaturas así, pero ya he hablado alguna vez de lo mal que se me daba la gimnasia, y el segundo fue un cabrón poco malo conmigo.

Lo cierto es que Leticia tampoco fue una santa. Pero esto lo conté en su día, no me repetiré; pinchad aquí si queréis releerlo de lo mucho que os gustó (como siempre).

Don Javier, por su parte, era una persona… especial. Lo mejor de este profesor era que no le gustaban los niños, y por ende su educación musical le importaba un carajo. Lo que más le gustaba era tenernos de pie. No sé, a lo mejor tenía complejos y le gustaba verse por encima de nosotros, el caso es que cada vez que podía te ponía de pie, y en cuanto hablaba más de una persona a la vez -lo normal- todos teníamos que levantarnos y estar así los 45 minutos de clase. Parece una tontería, pero pasarte todo ese tiempo marcando el ritmo de una canción sin poder apoyarte puede ser mortal; y él era lo suficientemente sádico como para ocuparse de que no doblaras las rodillas ni un centímetro.

Los castigos de don Javier no se limitaban a vernos cansados, sino que también disfrutaba haciéndonos copiar el libro; tú le preguntabas qué parte y su contestación era “qué más me da, sólo quiero verte aburrida y sufriendo”. Luego también desvariaba diciendo que nos iba a meter a todos en un microbús (siempre decía ese transporte, no sé qué le pasaba) y mandarnos a África o algo así… Bueno, yo ahí desconectaba así que no me hagáis demasiado caso.

Después de él no ha habido nadie a quien odiara profundamente… En general me he llevado bien con todos y en particular muy bien con uno del que estuve enamorada. Paradójicamente me daba la otra asignatura chorrada que yo suspendía de pequeña: plástica. Pero es que era guapo y no paraba de hacernos reír. De hecho, cuando ya estaba en Bachillerato y no tenía esa asignatura, seguía pasándome todas las semanas cuando él daba clase a los pequeños para hablar con él. Cuando me empezó a enseñar las fotos de su hija recién nacida estos encuentros perdieron la gracia y tuve que cortarlos. Creo que sigue llorando por mí.

Ya en la universidad la situación cambia completamente, pero desde luego los profesores siguen actuando de la misma manera. Puede que seas un número para ellos y que jamás te vayan a reconocer por la calle, pero la manera de dar la case seguirá siendo igual por los siglos de los siglos (amén).

Tenemos al prepotente, aquel que el primer día te cuenta todos sus logros y cargos, y que no para de comparar la panda de alumnos que tiene delante con la que él tenía a su alrededor cuando estudiaba en Harvard, por ejemplo. Olvídate de hacer preguntas en clase porque te dejará en ridículo y te fichará para fastidiarte en el examen.

El tierno es quien, por el contrario, responde a lo que quieras con mil explicaciones (haciéndose un lío él mismo, por lo general). Si le cuentas cualquier milonga por la que no has podido entregar un trabajo te sonrerirá y te dirá que a ver cuándo tienes tiempo de entregárselo, si es que quieres. Aunque la asignatura, y por tanto el examen, sea difícil él hará lo posible para aprobar al mayor número de gente; y si te ha salido mal, las revisiones darán sus frutos. Siempre llevan gafas y te saludan en la cafetería.

Uno de los peores tipos de profesor es el frustrado. No le gusta la asignatura, sabe que es una maría, y por tanto tiene que fastidiar a esos incautos que aguantan sus explicaciones cada semana. En todo curso hay una maría en la que te confías, y a la hora de ver la nota se te queda cara de póker cuando te enteras de tu pedazo de suspenso que te llevas a septiembre. Y te fastidia. Y vas a la revisión. Y gritas. Y te vas como has venido porque no va a dejar que le toreen y le echen de la universidad (suelen ser adjuntos). Y juras venganza. Y en realidad acabas estudiando cual pringado y presentándote el día de la recuperación sonriendo a diestro y siniestro para que vea que te mereces un aprobado.

De todas maneras casi soporto más a uno de esos profesores que al que va de colega. No paran de hacer gracia y ahí es donde se pilla a los pelotas de la clase que no te dejarán los apuntes más adelante, porque son los únicos que se ríen y hacen movimientos con la cabeza para que vea que han sido ellos los que entienden su “fino” sentido del humor. Estos profesores también suelen fastidiar a la hora de corregir exámenes, pero eso sí, tendrán su grupito de predilectos: los intocables. Casi prefiero no ser uno de ellos, porque si un pelota no consigue entrar en ese selecto grupo su furia será incontrolable. Y te puede encontrar.

Pero no todos los profesores son malos. Seré justa. El problema es que los buenos suelen sacar lo peor de ti: puedes llegar a convertirte en la insoportable de la clase que no para de intentar impresionar al profesor. Espero que este año no me pase eso, aunque ya tengo un objetivo y un par de comentarios absurdos en voz alta.

Trataré de controlarme…

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Esos loco rubitos

Mayo 20, 2008 · 15 comentarios

Los guiris… ¡Qué decir de los guiris! Lo primero, que son una raza aparte, eso lo tenemos todos claro. No, no, la raza del guiri en cuestión me da igual, todos ellos forman una especie aparte. Difícil de describir, por cierto, pero se puede intentar…

Me parece que la principal característica de los miembros de este clan, movimiento, o como quiera que lo llamemos, es que se les reconoce a la legua. Da igual de qué subtipo sean -ingleses, alemanes, suecos, americanos…-, el caso es que se les capta en seguida. Yo me voy a ceñir al caso de los guiris en Madrid, obviamente, que es donde tengo el placer de observarlos casi a diario.

Ya he comentado alguna vez que vivo cerca del Bernabéu, parada obligatoria para los guiris sedientos de fotos horteras y de toursablazos que no aportan nada en absoluto. Ellos llegan felices, muy rosas, y siempre en la parte superior del guiribús; ésa es una norma de oro: aunque haga -10º en febrero, o 40º a la sombra en agosto, ellos se tienen que sentar arriba, achicharrándose o helándose. ¿Por qué? Pues porque todo buen guiri sabe que en España hay muy buen clima; de ahí que se pongan chanclas en cuanto sale el sol en marzo. ¿Que llueve? Un chubasquero a lo Parque de Atracciones y listo. Si la sonrisa no hay quien se la borre…

Lo de que les gusta mucho el clima español se nota en la universidad. Ahora estamos en una época rara en la que vas con sandalias al lado de alguien con medias y botas, o en la que te sientas en un banco al sol y en la acera de enfrente está lloviendo. Pero eso los erasmus no lo notan, porque desde el primer rayito de sol de la temporada van con chanclas de goma y tirantes. Y como haga sol a la hora de comer, ¡prepárate para verles sin camiseta! -Ellos; ellas todavía no dan esas alegrías a los españoles.-

Ay, los erasmus… Son esos guiris que no lo asumen. La gente que viene un fin de semana se lo toma con más filosofía: chanclas, crema solar (imprescindible), mapa y cámara. En cambio, los que se quedan varios meses creen que pueden camuflarse. Que no, chicos, que no lo intentéis. Que aunque sepáis dónde están los mejores sitios de la ciudad y habléis bien español, si al sentaros un rato en el Retiro acabáis con la nuca roja, si al ir por Sol todos los carteristas babean, si paseáis por los campus con un tupper con comida y una bolsa con vuestro portátil… sois guiris. Punto.

Sobre lo de que se conocen los mejores sitios, doy fe de que es verdad. Claro, al llegar nuevos a una ciudad se lanzan a conocer todo. Igual que el resto de España: la mayoría de los erasmus de mi universidad se conocen mejor mi país que yo. Esto es comprensible. Si yo me voy de viaje aprovecho lo que puedo, y si viviera unos meses me querría recorrer todo…

Ahora, aunque yo también tengo fotos horteras/míticas, habrá ciertas cosas que nunca haré. A saber:

-La típica foto en la que te apoyas o sujetas un edificio,

-llevar chanclas con calcetines (¿por qué? ¿por qué? ¿POR QUÉ?),

-sacar fotos a la comida, especialmente si es paella,

-bailar delante de miles de personas bailes típicos de otros países sin tener ni idea (véase como baile típico las sevillanas o Paquito el Chocolatero, da igual),

-y aplaudir cuando aterriza el avión. Eso es algo que me puede.

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Cosas que hacer antes de morir III.

Febrero 20, 2008 · 5 comentarios

Ya quedamos en que dos cosas que veo totalmente necesarias en mi vida son tener mi propio videoclip (pincha aquí), y protagonizar un reportaje en ¡Hola! (ahora aquí).

Bien. Ya he caído en cuál sería el tercer -y lógico- paso: que me canten en un musical. Es obvio, porque el videoclip y sexy.jpgel reportaje inspirarían a mis fans, quienes no podrían contener las ganas de rendirme un merecidísimo homenaje. Y hablo de mis seguidores incondicionales, ¿eh?, no de algún director de Broadway que conociera mi suculenta vida y decidiera forrarse con un proyecto tan prometedor. Es decir, no es exactamente que hagan un musical sobre mí y mis canciones (ya he dejado claro que no pensaba triunfar como artista); a mí lo que realmente me gustaría es que saliera algo espontáneo, que yo un día fuera por la mañana a coger el tren para ir a la facultad y que todo el mundo se pusiera a cantar a la vez la misma canción. Sobre .

wow.jpgAl verlo, yo lo encontraría de lo más natural, y en seguida cogería el ritmillo y me pondría a bailar y cantar por todo Nuevos Ministerios; hasta que un grupo de fuertes -y guapísimos- hombres, que supieran bailar pero no de manera afeminada, me cogiera en volandas y me metiera dentro del tren. Desde ahí, yo saludaría a la gente que se ha quedado haciendo los coros en el andén, y daría la nota final mientras me adentro en el túnel camino de Recoletos.

Esto podría repetirse en diferentes momentos de mi vida, sin que nadie jamás se extrañara por ello. Para poneros un ejemplo claro, os dejo un Youtube de La Bella y La Bestia que lo ilustra perfectamente: todo el pueblo canta al unísono sobre Bella, que lo lleva con total naturalidad. 

Otra opción bastante válida -y que no excluye a la primera- es que un día mi ánimo me invitara a cantar mientras todo el mundo me sigue el ritmo o me saluda cortésmente. Y sin que nadie me eche miradas de desprecio por mi voz, por supuesto. Otro buen ejemplo: Good Morning, Baltimore, de la película Hairspray

Ah,  los ejemplos son para que vayáis tomando nota. Si queréis quedar para prepararlo lo entenderé…

No todos tienen mi talento natural.

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