Se me ha movido un diente.
A algunos esto les sonará como “se me ha roto una uña”. No, no, no y no. Se me ha movido un diente después de llevar durante 4 años los famosos brackets, eso es una verdadera faena. Una guarrada.
Yo soy de las que nace con defectos de serie, desde luego no les he salido muy rentable a los de mi aseguradora. Y una de las cosas con las que crecí muy, muy, muy (y ya son tres muys) mal son los dientes. Y como mis padres quisieron que creciera sin complejos de bocadetiburón, decidieron llevarme al ortodoncista.
Hay que tener una cosa en cuenta: yo esto lo agradezco muchísimo ahora; entonces sólo le añadía una desgracia más a mi época de preadolescente atormentada -o así me veía yo- que saca tres cabezas a todo su curso y que incomprensiblemente empieza a tener el pelo rizado. Y esto por hablar sólo de dos de mis virtudes de entonces (las gafas y la ropa no ayudaban).
El caso es que el día que me fueron a poner brackets estaba hasta emocionada; al fin y al cabo era un cambio en mi vida y todo el mundo ha jugado a ponerse el chicle como si fuera un aparato. Tan excitada debía de estar que, al ver que mi madre llegaba con su coche, fui a saltar los tres escalones que hay en el portal de mi abuela; pero no se sabe por qué en el último momento decidí que mejor debía bajar andando (recuerdo perfectamente aquel cambio de parecer), así que me salió un movimiento raro que terminó con mi largo y raquítico cuerpo estampado en la acera. Y encima la del coche no era mi madre.
El resultado fue un diente partido. ¿Y creéis que el ortodoncista decidió arreglarlo ese día? Pues no, y estuve cuatro años con aparato y sin un buen pico de paleta. Maravillosa mi imagen.
Pero vamos, pasado el tiempo no me sorprende nada la reacción de ese médico… Aquélla era una consulta un tanto sádica que llegaba a rozar la clandestinidad. Bueno, vale, estoy exagerando demasiado un poco, pero años después he hablado de esto con mi prima Elena, que tuvo la suerte de compartir la experiencia conmigo, y sólo pasado el tiempo nos hemos dado cuenta de lo raro que era todo.
Para empezar, el sitio en cuestión está en un bajo. No, no os creáis que había ratas por los rincones y humedades en las paredes, tiene un cartel en la calle -que todavía me produce escalofríos cada vez que lo veo- y está todo en regla, estoy convencida; pero este hecho daba la sensación de que todo era un poco tétrico… Además, cuando te tumbabas en la camilla veías por la ventana los pies de la gente que caminaba por la calle. Eso con suerte, porque cuando ibas a la hora de la salida de los colegios los niños pequeños no tenían ningún reparo en asomarse por los barrotes y saludarte mientras tú sufrías. Probablemente pensarían que yo les sonreía amablemente, años después aprenderían que en realidad llevaba un plástico que te mantiene la boca abierta a la fuerza -y que probablemente sufran ellos ahora-.
Y es que ésa es otra: es imposible no dar miedo en la consulta de un dentista. Para que os hagáis una idea voy a contaros cómo era una visita corriente a aquel maldito lugar… Entonces puede que entendáis por qué mi prima y yo lo vemos un poco como de curandero.
En la recepción estaba Julia. Julia era la enfermera mamporrera del lugar. Se sabía cada nombre y era siempre encantadora. Intentaba tranquilizarte. Pero, al cabo de un rato de leer revistas tales como Jara y Sedal o Pelo, pico, pata y ver en mute un canal de documentales, se abría la puerta a través de la cual se oían los ruidos que nos hacía temblar a todos los presentes. Era tu momento, y Julia era la que te llevaba dentro.
Pasabas y el espectáculo era… grotesco, diría yo. Para empezar, creo que querían tener fama de puntuales y por eso no querían tener mucha gente en la sala de espera. Es la única explicación razonable que se me ocurre al hecho de que siempre esutvieran las cinco camillas ocupadas -habiendo tres ortodoncistas en total- y otras cinco personas de pie; bueno, cuatro, porque había un afortunado que podía sentarse en un taburete medio cojo.
La cosa funcionaba así: al entrar te tumbaban en una de las dos camillas a la izquierda, el doctor te veía, te echaba la bronca por algo terrible que le hubieras hecho a su gran obra (tus dientes), y les decía a las otras dos doctoras lo que tenían que hacerte. Por ese orden.
Entonces ibas a alguna de las tres camillas de la derecha. Ahí una doctora empezaba con el tratamiento que el jefe le había mandado, y esto solía implicar un aparato que te mantenía la boca abierta. Yo creo que me lo pusieron el 90% de las veces que fui a lo largo de cuatro años. Seguro que sabéis de lo que hablo: una especie de círculo que te colocan para meterte un tubito que succione tu saliva mientras ellos trabajan. No entraré en detalles respecto a este aparato, los ruidos, y lo que pasaba si se te salía.
La cuestión es que aquello que te estuvieran haciendo solía necesitar reposo, con lo cual, para ganar espacio, te mandaban a esperar de pie… con una servilleta para no babear el suelo. Sí. Es duro. Comprended la impresión que daba abrir la puerta y ver a cinco personas apoyadas en la pared mirándote fijamente con la boca abierta y babeando. Dicho así suena hasta halagador, pero en realidad era patético; hecho que prefería obviar sabiéndome la siguiente víctima.
Pero bueno, mejor era ese aparato que el que usaban mientras te hacían fotos. Ahí Julia era un factor fundamental: la tía se transformaba y se convertía en una especie de psicópata, porque parecía incapaz de comprender que cuando te tiran tan fuerte de los labios duele. Mucho.
Así pasé cuatro años de mi vida, como ya he dicho… Perseguida por frases como “el molde sabe a fresa, ¡te lo juro!”, “enjuágate y escupe aquí”, “intenta mantener la lengua muerta, que me muerdes”, “cuidado no te ahogues cuando te meta este aparato hasta la campanilla”. Falsa la primera, repugnante la segunda (todo el mundo mirándote y tú soltando un absurdo chorrito), averngonzante la tercera, y ridícula/sádica la cuarta.
Pues tengo que volver. Y probablemente me pongan aparato (por dentro, gracias). Y ahora sacaré diez años a los demás pacientes. Y creo que en cuanto oiga el primer “toma, límpiate la barbilla, que tienes babas y pasta del molde” lloraré…
No quiero ir al dentista, mamá.












