Archivo mensual: febrero 2012

Escucha siempre a tu madre

Nací en 1988. Eso quiere decir que tenía todas las papeletas de sufrir unos años terribles respecto a la moda.

Es verdad que cosas que nos parecerán ahora muy chic, harán que nos llevemos las manos a la cabeza dentro de unos años (no sé por qué presiento que mis uñas naranjas del verano pasado causarán estragos en mi relación con mis hijos). También dicen que toda moda vuelve. Lo que queráis, pero lo que vivimos en los 80 y 90 no era normal. Y lo sabéis, lo sabéis bien pero queréis hacer como si nada, como si aquello no hubiera pasado.

Y pasó.

Dejando aparte los looks estrafalarios propios de las pasarelas de moda o de las más atrevidas… Mujeres del mundo: ¿en qué pensabais para llevar esas hombreras? ¿Os veíais favorecidas? Mi madre dice que sí, pero realmente todas parecíais listas para ir a jugar la final de la Superbowl. ¿Erais conscientes acaso?

Esos pendientes enormes, de colores o dorados… de clip. ¿Por qué? Eran incongruentes, como tratando de darle un poco de clase a aquellas chaquetas de colores chillones o de flores, combinadas con las faldas ajustadas y zapatos de medio tacón. Y eso cuando ibais monas, porque si no, os poníais unas bambas, que ni zapatillas eran aquello, unos vaqueros de diez tallas más de las necesarias, y una camiseta de propaganda metida por dentro del pantalón. ¿PERO EN QUÉ PENSABAIS?

Y no he empezado con los peinados, pero es que en ese tema no tengo tanto valor para meterme con vosotras… creo que tenéis demasiado mérito. ¿Cómo lo hacíais? ¿Cómo? ¿Por qué mi madre era capaz de tener dos niñas pequeñas y llevar siempre el pelo como Diana Ross? ¿Por qué otras optaban por ponerse flequillo y mucho, pero mucho, mucho volumen? ¿Qué os pasaba, en serio?

Mi madre, una heroína de su tiempo

El caso es que en aquella época yo era muy pequeña, y, en el fondo, casi prefiero ver a un bebé con aquellas pintas de los 80 y 90, que al menos eran cachondas, que los típicos padres que llevan a la niña de Zara de los pies a la cabeza de beige. Nada, donde estén aquellas cenefas en los jerséis, esas mallas, esas diademas gigantescas que se te echaban hacia delante y te creaban patillas y tupé -éramos pequeñas Morantes-, y esas victoria en todos los colores… Donde esté todo eso, digo, que se quite Inditex. Mi look favorito, sin duda, era uno con el que mi hermana y yo íbamos con el mismo polo de dos colores, -uno en el cuello y los bordes, y el otro en el resto-, y mi madre igual pero con los colores invertidos; era como nuestro negativo. Muy cute, que dirían los americanos.

El problema llega cuando te crees demasiado mayor para que tu madre te vista. No importa que ella haya hecho el esfuerzo de comprarte ropa bonita, porque si eres pequeña y encima vives en los 90, las combinarás con la punta del pie. Así salieron estilismos con camisetas de los 101 Dálmatas y mucho vaquero con el que yo muy digna (o eso creía) iba al colegio. Bendito uniforme que me pusieron después. En su momento nos quejamos, pero por algo lo harían.

La cosa no mejoró con los años. Y mira que mi madre y mi hermana velaban por mí y me avisaban: “quítate esas pulseras, que vas ridícula”. Y yo erre que erre con las pulseras hasta el codo que me dejaban sin circulación. “Péinate mejor”, y yo nada, con la raya en la oreja y ese semiflequillo… ay, ese mechón. Aquí la prueba:

Esto era yo con 14 años

Mi mayor desgracia comenzó cuando, con 13 años, decidí cortarme el pelo. Yo de pequeña tenía el pelo liso, pero liso bonito, de verdad, y de repente aquello empezó a crecer rizado. Se rizó, de hecho, en un momento en el que no me venía bien, por aquello de los brackets -que ya hemos comentado en otro post-, y mi gusto por los collares apretados y los pendientes largos. Aquello no podía salir bien.

El caso es que acabó por rizarse del todo, y yo decidí que lo mejor que podía hacer era acallar aquellos bucles, oprimiéndolos con una goma y un lazo de color, por aquello de darle glamour. Era como Mozart.

Yo no lo veía, y, cegada por aquellos lazos, me entró una vena monocromática: si el lazo era amarillo, yo iba con alpargatas amarillas, camiseta amarilla (del toro, normalmente), pantalones con raya amarilla, bolso de flores blancas y amarillas (por darle algo de color) y las consabidas pulseras. Y, oye, me quedaba más ancha que larga. Adjunto testimonio gráfico:

Monocromática

He cortado al de al lado porque era mi novio de los 16, y aún me parte el alma… No, en realidad es que me puede denunciar. (Ojo a la tobillera. Falta el bolso naranja.)

En efecto, esa fue una mala época. Para salir nos poníamos pantalones de campana muy apretados por arriba y muy anchos por abajo. Encima, como soy tan grande, me venían todos pesqueros, así que doble ridículo, porque en verano se veía toda la alpargata y en invierno toda la “china”. Las “chinas” -no sé por qué narices las llamábamos así- son las clásicas merceditas de niña pequeña, pero en tela blanda para adulta. Es decir, para la tonta del pueblo, como bien me decía mi padre.

Yo hacía oídos sordos a todo, era una transgesora.

Sí, pensaba que iba mona

En cierto modo, no sé si prefiero que vuelvan los 80 y 90. Pero no importaría demasiado, porque las adolescentes de ahora no caerán en nuestros errores. No sé si os habéis dado cuenta pero visten bien, que es una cosa que me indigna. En mi época, las más guays tenían una pinta absurda; ¡en mi colegio se puso de moda ir con trenzas y pañuelo al cuello! (Yo intentaba copiarlo sin éxito.) Ahora las adolescentes resulta que tienen buen gusto y visten bien, como en las revistas de moda. Y no, es su época de arrepentirse después. Me dan pena en el fondo.

Nosotros teníamos una presión, teníamos que seguir una moda paralela, una moda hecha para (y,  aparentemente, por) los adolescentes.

Había ciertas camisetas que debías tener. A saber: la de Bloom, la de El Niño, la del toro, la de las Supernenas y la de Coco-Loco. Aquello era un espectáculo terrible, ver a cientos de niños en una discoteca light con las mismas camisetas horrorosas. Nosotras y ellos, porque íbamos iguales; sólo que nosotras ya éramos bastante más mujeres que ellos -algunas no tanto, para nuestra desgracia- e íbamos apretadísimas, enseñando ombligo… Bueno, qué estoy diciendo, si ellos iban igual de apretados, lo que pasa es que en vez de la raya al lado… Ay, no, que me vuelvo a equivocar, que en eso también éramos iguales, que también se dejaban melenas y el flequillo por encima de un ojo. Y llevaban las mismas pulseras y las mismas zapatillas. Sólo variaban los pantalones, gracias al cielo.

Sí, amigos, fue une época confusa como ninguna. Lo que yo viví en aquel ambientillo pijil de las discotecas light era una cosa turbia, turbia, pero tengo que reconocer que fueron años divertidos. Y ahí, queridos, ahí empieza mi siguiente post. Y este viene pronto, de verdad, que tiene chicha. Y de la buena.

21 cosas que lo hombres no podéis (y deberíais) entender

Aviso importante: en este post a veces hablo en primera persona por razones puramente formales -salió así y ya-. Todos estos puntos son perfectamente aplicables a la inmensa mayoría de mujeres. Cualquier parecido con mi vida privada es casualidad.
(Es decir, no te lo tomes como algo personal, no lo haces tan mal. Pero lee atentamente, claro.)
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  1. Nos gusta dedicarle tiempo a la chapa y pintura antes de salir. Déjame tranquila. Que me llames diez veces sólo va a hacer que me manche con el maquillaje y tenga que volver a empezar.
  2. A veces, la ropa beige es necesaria. No lo entenderíais, pero no favorece a todo el mundo enseñar más de la cuenta.
  3. Es normal que no nos gusten algunos de vuestros amigos. Asumidlo e intentad no mezclarnos demasiado; es fácil. Pero que no lo notemos, porque si lo notamos, sospechamos; si sospechamos, daos por jodidos.
  4. Si te la pido, da una opinión sincera sobre mi aspecto. Pero opina, elige, mójate. No es lo mismo pelo suelto que con coleta, por ejemplo. Me importa un pito que para ti siempre esté bien.
  5. Ella es fea, yo no. (En general y sin excepciones.)

  6. Sí, nos enfadamos porque habíamos quedado y pasáis de nosotras. Lo entendemos y no os regañaremos porque no queremos ser esa novia pesada. Pero nos molesta. Y mucho.
  7. No, no alucino con un videojuego. Menos con su anuncio.
  8. Algo que os cuesta especialmente: tenemos en cuenta los días en los que debemos lavarnos el pelo. Es decir, no da igual qué día voy al gimnasio o me meto dentro de la piscina, porque si esa actividad -o similar- implica tener que lavarme el pelo después, yo no puedo dejar de pensar que a mí no me gusta lavármelo dos días seguidos porque se estropea demasiado… Y si el día siguiente es viernes, pongamos, y a mí me queda mejor el pelo el día que me lo he lavado -en efecto, hay mucha diferencia-, pues déjame en paz en jueves y no me salpiques, porque no querré lavármelo esta noche y sí la del viernes para salir esa estupenda. Capisci?
  9. Sé que el tema de las bodas es un problema. Sé que todos los hombres acabáis hasta las narices de oír hablar de moños y vestidos que favorecen más o menos. Pero una boda es una ocasión especial, en la que encima es posible coincidir con gente que ha estado en otra, y la mayoría no podemos permitirnos un vestido para cada evento. NO. De nuevo: no vale el “da igual, a mí me gustas con todo”, porque, querido, no es por ti, es por mí (por mi autoestima y bailar con mayor o menor seguridad Paquito el Chocolatero) y por superar a las demás. Y la que diga lo contrario, miente.

  10. Nos depilamos. No venimos así de serie. Lo siento.
  11. Además, hasta que un pelo no salga con las pinzas no me molestes. Es inútil. Siento ser así de cruda, pero es cierto. Y si tú, querido amigo, aún no eres consciente de esto, tiempo al tiempo, ya te acordarás de mí cuando convivas con una bella dama.
  12. Ante un posible conflicto no os vamos a decir jamás qué debéis hacer. Pero siempre -repito: siempre- esperamos que lo sepáis. El “haz lo que quieras, tú sabrás” sirve para algo. Para acojonaros primero, y para que hagáis la opción que menos os apetezca después.
  13. No, no estamos “en nuestros días” siempre que estamos de mala leche o tristes. Probablemente sí, pero el hecho de que lo adivinéis, y sepamos que tenéis razón al acusar a nuestras hormonas de estar tan insoportables, sólo hace que las ganas asesinas aumenten. Por eso lo tapamos diciendo que es machismo y montamos un pollo en el que es imposible que ganéis. Así que, en serio, llevad la cuenta en el calendario y dejadnos en paz.
  14. Yo puedo quedar con mis amigas a salir a muerte. Tú con tus amigos mejor sales sólo a tomar algo.
  15. Nos pueden gustar el fútbol y otros deportes, pero no es necesario ver cinco repeticiones y nueve resúmenes. De verdad.
  16. Nunca, jamás, bajo ningún concepto digáis que estamos más gordas. Ni que hemos echado culo o que algo nos queda peor que antes. Nunca, nunca, nunca. Never. En todo caso, sólo y exclusivamente si estáis 100% seguros, podréis decir alguna vez, de manera completamente positiva, que hemos mejorado.
    Ejemplo práctico :
    -Bien: “Se ve que estás yendo al gimnasio, de verdad que se te nota, ese vestido te queda genial. Qué guapa eres, Dios mío.”
    -Mal: “Joder, qué bien que estés yendo al gimnasio, eh. Se te nota un montón con ese vestido que has adelgazado.”
    Aunque no lo creáis, aunque lo hagáis con la mejor de vuestras intenciones, mientras que con la primera frase percibimos un refuerzo positivo que nos anima a seguir yendo al gimnasio, con la segunda oímos “antes estabas gorda, ahora, bueno”. Y la habéis liado. Que no os quepa la menor duda.
  17. Sí, nos contamos todo, todo y todo. Y no pasa nada. Si vosotros no sois capaces de hacerle una pregunta íntima a un colega, y necesitáis que lleve tres whiskies entre pecho y espalda para que os cuente que está destrozado por una ruptura, es vuestro problema. Nosotras llamamos y hacemos consejos de sabios; es más útil.
  18. A veces lloramos porque sí. De verdad que no pasa nada, no asustarse. Eso sí: no actúes como si no le dieras importancia; date por muerto, vamos. Y no cometas el error ya mencionado en el punto 13.
  19. Que miremos vestidos de novia asiduamente no significa que esperemos que hinquéis la rodilla. A ver si os enteráis de que la boda es una cosa nuestra. El matrimonio de los dos, bueno, pero cuando soñamos con la boda nos vemos entrando en la iglesia espectaculares. Ni siquiera tenéis que estar al otro lado del pasillo, no nos hacéis falta en nuestras fantasías.
  20. Siguiendo por ese camino: si babeamos por un bebé es normal. Tranquilos.
  21. Pues claro que me sé todo tu Facebook. De arriba a abajo. Hombre, por Dios, no puedes ser tan ingenuo.

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Y así, a bote pronto, no se me ocurren más, amigos. Pero no os preocupéis, seguiré apuntando cosas y la vida os será más fácil con nosotras.
Y vosotras, mandadme ideas por Facebook, e-mail, Twitter o tam-tam. Como sea, pero si queréis que incluya algo en una nueva entrada, o lo añada a ésta, lo haré con mucho gusto.