Archivo mensual: enero 2012

Por qué deberías leer

Sé de buena tinta que hay gente muy preparada e inteligente que no ha sido capaz de acabarse un libro en su vida. De hecho, yo veía cómo año tras año la gente se descargaba o copiaba de la Encarta los trabajos que en el cole nos mandaban sobre libros (y eso que ya nos pilló mayorcitos el boom de Internet, no quiero saber lo fácil que debe de ser ahora para un pipiolo de Primaria). Es decir, hay personas que no se leen un libro ni durante los años de colegio. ¿Cómo lo van a hacer después?

En cierto momento de nuestra vida alguien nos mete la idea de que leer es aburrido. Yo veo dos opciones: o la tele es la leche cuando somos pequeños, o precisamente en el cole nos dan libros que son un tostón. Existen obras buenísimas para niños que no tienen por qué ser un rollo, incluso una vez pasada la etapa de los colores, los animales y los números.

En mi casa siempre se ha leído, y por eso sé que hay libros muy distintos para cada edad, es decir: hay donde elegir. Y me vais a permitir ponerme nostálgica un ratito.

Recuerdo perfectamente los libros de Fray Perico y su borrico, La bruja Mon (“y un jamón, dijo la bruja Mon”)  y en general toda la colección del Barco de Vapor en el cuarto de mi hermana. Mucho más antiguos, pero igualmente apetecibles cuando tienes ocho o nueve años, eran los libros de Enid Blyton (cuya foto en la contraportada siempre me recordó a mi abuela materna, por cierto). ¿Los conocéis? Rebuscando ahora por Internet veo que escribió una barbaridad de libros, pero nosotras teníamos varias colecciones; que recuerde: Santa Clara, Torres de Malory, Los Cinco y Los Siete Secretos.

Santa Clara y Torres de Malory narran lo que todas soñamos en nuestra infancia: un internado con uniforme guay, piscina construida en un acantilado, y mil amigas para hacer travesuras y fiestas clandestinas en las que se bebía cerveza de jengibre. Os juro que no sé qué más puede desear una niña. Las otras dos colecciones eran de pandillas de niños que descubrían misterios; yo era de Los Siete, mi hermana de Los Cinco. Nunca supe por qué esa división, pero si te gustaba Jorgina de Los Cinco no apreciabas tanto la inteligencia de Scamper (el perro de Los Siete).

Reconozco que no hace falta irnos hasta libros de los años 40 y 50. Yo siempre fui un poco más bestia, y los libros de Manolito Gafotas, de Elvira Lindo, me encantaban. Hoy día los sigo guardando con la esperanza de que mis hijos se entretengan con el niño de Carabanchel (Alto), mientras yo me parto viendo la peli, que es puro humor para adultos. -Si no la habéis visto, 100% recomendable.-

Sin embargo, recuerdo que el primer libro que realmente me gustó en el cole, me enganchó y me compraron a petición mía, fue una joya de Carmen Martín Gaite: Caperucita en Manhattan. Aún lo leo de vez en cuando y le tengo especial cariño.

Aunque no lo creáis, en la adolescencia, entre cambio de hormona y bronca con las amigas o con los colegas, también hay libros interesantes. Yo misma tengo aún en una estantería terribles libros de colores que me contaban cómo niñas con granos y pringadas como yo no conseguían al guaperas de turno. No guardo especial recuerdo de ninguno, prueba de que son bastante malos, pero oye, al menos no dejé de leer.

Y ahí es donde quería llegar. Da igual que no sea un premio Nobel: LEE, por favor. Reconozco que yo más de una vez me he metido con los libros de Moccia, incluso aquí, en el blog, pero en el fondo soy defensora de cualquier libro. ¿Por qué? Tres razones básicas: te ayudan a expresarte, aprendes a escribir (tanto por la ortografía como por la estructura de los textos) y potencian la imaginación.

Cualquier libro publicado merece ser leído por alguien, porque, aunque sea malísimo y la historia una porquería, siempre implica que algún editor ha trabajado en ello, y lo más normal es que al menos esté bien redactado (que no escrito). Y eso sirve de mucho.

La gente que no lee no sabe escribir. Eso es así. Y no hablo de escribir especialmente bien, como para pensar en publicar una novela, me refiero a escritos básicos, al día a día, al trabajo.

En un mundo conectado por redes sociales y chats gratuitos, nadie puede evitar que los demás vean cómo escribe. ¿Y sabéis lo peor? Que nos importa un pito, y que si un famoso pone un error garrafal en Twitter no pasa nada, aunque le sigan 17.000 personas. Oye, aquí ni mú, no vaya a ser que se ofenda.

Si da igual. Nos da exactamente igual la “ll” que la “y”, seguimos acortando como si aún costara cada espacio como con los SMS. Además, las aperturas de exclamación y de interrogación han pasado a la historia, y parece que en algún momento se ha aprobado un decreto en el que se han perdonado las tildes y yo no me he enterado.

Es lógico que todos tengamos faltas de ortografía, yo misma puse el otro día una tilde mal en Facebook y fui convenientemente corregida por mi amigo Álvaro (en público, ejem). Es normal, sobre todo si escribimos rápido. Pero hay que tener cuidado, y hay que aprender. Y para aprender, se lee. Hay que leer.

Y no me voy a enrollar demasiado en otros aspectos formales, pero creo que todos hemos tenido en nuestras manos algún documento escrito por alguien que claramente no leía. Y lo más probable es que no te hayas enterado de la misa la mitad, porque, amigos, sólo leyendo aprendes con soltura a redactar, a ordenar tus ideas.

Por otro lado, leer es la manera de aprender más vocabulario y expresiones nuevas, más que nada para no parecer un Furby con tres frases hechas.

Más allá de la ortografía y el estilo, leer es divertido, en serio, y tengo el firme convencimiento de que te da más imaginación. No puedes coger un libro que es un coñazo, obligarte a leerlo, y decir que te aburres, que mejor te ves las pelis. ¡No! Busca un libro que te guste, como si es erótico o de amor -reconozco que los típicos libros de chicas son un bodrio pero entretienen muchísimo-, y disfruta. Que te apetezca montarte en el autobús para seguir con la historia de amor, o que no quieras apagar la luz hasta que sepas qué narices pasa con ese asesinato; esas son las clases de sentimientos que se pueden llegar a tener, de verdad.

Imagínate a los personajes, ponles cara. Yo siempre utilizo rostros conocidos para construirme los personajes en mi mente; nunca de gente demasiado cercana, porque no cuadraría con la historia, pero sí de actores que encajen bien o incluso de personas que suelo ver de vez en cuando… Así, Hermione y Ron (de la saga Harry Potter) para mí eran unos niños de otros cursos del colegio; nunca había hablado con ellos, pero me sabía sus facciones y cuadraban. Cuando llega la peli y me las fastidia, pues vaya mierda, pero hasta entonces estaban muy definidos (a Harry me lo inventé, directamente).

Espero no haber sido demasiado pedorra con este post. No me considero una cultureta: hay mil obras de autores conocidísimos que no me he leído, y reconozco que no me van mucho los clásicos. Aunque creo que sé distinguir perfectamente un buen libro de uno malo.

Al contrario de lo que pueda parecer, tener la costumbre de leer no implica ser una rata de biblioteca. Todo el mundo debería leer lo que realmente le apetezca, lo que es absurdo es fingir y llevar un libro sesudo debajo del brazo, cuando en realidad lo que quieres es coger el último de Ruiz Zafón, algo perfectamente comprensible.

Pero, sobre todo, hay que leer porque un libro puede ser como tú quieras, y eso es algo que ni las redes sociales, ni el cine, ni los videojuegos nos dan. Y encima puedes entrar en su historia cuando quieras, en el formato que más te guste (papel o electrónico), y cerrarlo cuando te aburras. ¿Qué más quieres…

… aparte de poder disfrutarlo en un sitio así? :)

Campaña 2012

Mi objetivo este año es abriros los ojos, hombres del mundo:

ESTO NO EXISTE

(Pincha encima para ver mejor de lo que hablo.)

Pobrecitos míos, que luego vais a la playa y os quedáis tristes, claro.

2012

Más vale tarde que nunca…

¡¡Feliz 2012!!

Este año:

  • Escribiré más a menudo en el blog.
  • Trabajaré mucho y dejaré de ser becaria.
  • Iré más al gimnasio.
  • Me sacaré por fin un nuevo título de inglés.
  • Leeré más libros.
  • Intentaré cuidar mejor mis amistades.
  • Seré más paciente (o intentaré no volverme loca tan a menudo).
  • Viajaré algo más que el año pasado.
  • Volveré a pasar unas fiestas tan buenas como las del sábado pasado con esta gentuza y algunos más.