Archivo mensual: noviembre 2011

Los becarios

Los becarios somos los parias de la sociedad, ya lo dije en algún post. ¿Por qué?

Que se me ocurra a bote pronto:

-Los becarios no tenemos muchos derechos, que digamos. No voy a empezar con legislación y demás, pero básicamente: no tenemos vacaciones, que así de primeras es lo que más jode.

-Los becarios nos quedamos en las vacaciones de los demás, eso sí.

-Los becarios somos a los que nadie quiere cuando llegamos. Todo el mundo mira para otro lado, porque nadie quiere hacerse cargo de nosotros y enseñarnos cómo funcionan las cosas. O sea, que regresas a ese momento en el que nadie te cogía para su equipo de fútbol o baloncesto.

-Los becarios tenemos nuestro minuto de gloria en un momento muy concreto. Exactamente, justo, precisamente, en cuanto se necesita a alguien para un marronazo; ahí las miradas nos taladran. Porque otra cosa no, pero marrones tenemos todos los del mundo.

-Los becarios acabamos manejándonos a la perfección por la oficina (a base de hacer de todo, claro), pero seguimos siendo el último mono. Incluso para el tema de los cheques restaurante, que si nos tenemos que quedar a comer lo pagamos nosotros, que para eso nos dan una “ayuda para el estudio”.

-Los becarios tenemos que ocultar de cara al público nuestra condición de parias, porque quizá los clientes o quien sea se sienta ofendido si un becario se dirige a él.

-Los becarios no tenemos sentimientos. Si hablan delante de ti utilizando frases  del tipo “porque ella es becaria” o “pero ella es becaria”, te callas.

-Los becarios somos expertos en tóner, sobres, sellos, y material de oficina en general.

-Los becarios no tenemos margen de error. Debemos ser máquinas precisas e indestructibles. Echarnos es muy fácil y muy barato.

-Los becarios somos perritos falderos: necesitamos caerle bien, contentar y gustar a todo el mundo. De eso depende nuestra continuidad, al fin y al cabo.

-Los becarios hacemos muchas cosas que llevan la firma de los demás.

-Los becarios tenemos que trabajar las mismas horas que el resto, pero por el tercio del sueldo de la persona que menos cobra aparte de nosotros (que suele ser un pringado también).

-A los becarios nos retienen del sueldo entre 8 y 14 euros (en mi experiencia). Dos o tres copas.

-Y por último, cagaos, los becarios tenemos que estar AGRADECIDOS porque nos pagan. Que tengamos eso en cuenta. Que pensemos que tenemos suerte porque nos pagan 400 EUROS.

Los becarios somos… No, no somos nadie.

Yo sobreviví al Erasmus: Via Imbriani

Continuando con los posts sobre Perugia, toca hablar de nuestra casa. Via Imbriani, 5.

Cuando Vero y yo llegamos a aquella casa que nos había recomendado un desconocido por teléfono, nos encontramos con una dulce anciana de 1,50 m. completamente enchepada. Ja. Esa es una de las veces en la vida que aprendes a no fiarte de la primera impresión. Esa anciana, Adelia, nos enseñó el que sería nuestro futuro apartamento, y se convirtió en nuestra cruz de Erasmus, porque Adelia era mucha Adelia, y no pasaban dos semanas sin que se dejara caer. Ya hablaré más sobre ella; ahora, el piso.

Nosotras llegamos sin ningún tipo de esperanza, pero había que ver de todo, así que seguimos a la señora por las escaleras. Porque eso es algo que debéis saber: en Perugia lo del ascensor, como que no, que no se estila. Y creedme si os digo que yo resoplaba más que la venerable anciana que subía aquello a toda velocidad.

Nosotras la seguíamos tan felices, hasta que nos quedamos heladas. No recuerdo exactamente nuestra reacción, no sé si nos cogimos de la mano o nos miramos o qué. Lo que sé es que no se nos ocurrió correr, que hubiera sido la opción más lógica, cuando la signora Adelia se paró un momentito a coger un cuchillo jamonero que, por cosas de la vida, estaba en un alféizar de la escalera.  Qué grotesco, imaginaos, morir apuñaladas por una señora de 90 años en Perugia.

Gracias a Dios, Adelia sólo quería la pasta. Vimos el piso, nos gustó, y nos sentamos en una mesa. Las siguientes dos horas las pasamos haciendo unas negociaciones que ni el BCE. El problema era que Adelia nos dijo que el piso costaba 700 euros al mes, por lo que le explicamos que cada uno pagaría 233 euros, y, por turnos, alguno pagaría un euro más para llegar a los 700.

Bueno, pues si no sumamos mil veces 233 + 233 + 233, para que la señora entendiera de una maldita vez el asunto, no lo hicimos ninguna.

Recordemos que, a todo esto, nosotras “ni papa” de italiano y ella neanche un pochino di spagnolo. Pero como siempre, no se sabe cómo, conseguimos hacer unos contratos utilizando hojas sueltas y alguna servilleta, acordamos llevarle el alquiler cada mes a la tienda de su hija en un sobre (muy normal todo, como veréis)… y soltamos la pasta, que es lo que quería. Eso, y saber sobre nuestra vida amorosa y por qué éramos tan altas.

Adelia era una persona entrañable, pero con un punto de mafiosilla que supongo que sólo Italia te puede dar.

Por fin conseguimos llevarnos a Carlos a nuestra casa. Y después de meterlo en un cuarto, intentamos cuidarlo como buenamente pudimos. No éramos su madre, pero lo hicimos lo mejor que supimos, e incluso fuimos a comprarle una sopa. Luego resultó ser una especie de fabada repugnante que acabó en el suelo, pero bueno.

El caso es que Charlie  sobrevivió (al contrario que la fabada), y al cabo de un par de días pudo ver el agujero en el que le habíamos metido.

He oído muchas críticas sobre nuestro apartamento perugino, e incluso mi señor padre no quiso entrar cuando me vinieron a visitar, pero dejadme que os diga que a mí me parecía muy mono y acogedor. Y que lo echo de menos, incluso con toda su porquería  -había una guerra fría importante por ver quién limpiaba primero-.

Via Imbriani tenía su encanto, era una tercer piso de techos altos con vigas de madera, que daba a una calle tranquila por un lado -menos cuando un amable señor se ponía a tocar el acordeón debajo de mi ventana-, y a todas las montañas de Umbría por el otro. Era increíble, en serio.

Era pequeña, sí, pero tenía sus detalles molones, como que el pasillo era morado, mi cuarto y la cocina eran verdes, y las habitaciones de Carlos y Vero eran amarilla y naranja, respectivamente. No había salón, porque en Italia es costumbre utilizarlo como cuarto y así cobrar un alquiler más (esas cosillas que  hacen nuestros amici). Pero tenía cosas graciosas como que te podías dar en la cabeza cada vez que entraras en la cocina, y que para llegar al baño había que subir dos escaloncitos y avanzar por un pequeño pasillo que se iba estrechando como si fuera de Alicia en el País de las Maravillas, hasta que acababa en una puerta enana por la que pasabas agachándote y así aparecías en un baño alto, con los techos abuhardillados y completamente reformado. Que no tuviera cortina y hubiera que poner un mantel para que los vecinos no nos vieran las vergüenzas es otro asunto.

Ah, también tenía su gracia el rinconcito de Almodóvar. Básicamente, la esquina de las escaleras del portal en la que alguien había puesto un mueble con tapetes, una foto como de película de terror, una tele del año de la polca y un perchero. Muy cuco todo. Ahí tenéis la foto.

Es verdad que en la cocina no había campana de extracción, y en su lugar había… un agujero. Es decir, la campana había sido arrancada y nadie se había molestado en pensar qué pasaría con la lluvia y la nieve. Nosotros lo descubrimos cuando tuvimos que empezar a poner cubos de agua los días de lluvia, y cuando deduje que había sido una Navidad especialmente nevada aquella del 2009, cuando en enero de 2010 tuve que dedicarme a achicar agua de la cocina durante 4 horas tras unas semanas de ausencia por vacaciones.

También se oía todo lo de los vecinos, y acabamos bastante mal con los abogados que trabajaban abajo; quienes, por cierto, nos dieron su contraseña de Internet y así no tuvimos que pagar. La desventaja de este pirateo consentido es que sólo podíamos conectarnos dos a la vez, así que la guerra era a ver quién se levantaba antes y lo pillaba. Tampoco acabamos demasiado bien con la vecina, a la cual Carlos le dedicaba bellas serenatas cuando salía al balcón a decirnos que spagnoli di merda, que a ver si nos callábamos.

Ah, por supuesto no había lavadora; pero eso te obligaba a salir de vez en cuando de casa durante el día (que si no, como que no) para ir a una especie de cuarto lleno de lavadoras gigantes, como en las series americanas. Tenía su punto.

Sí bueno. Via Imbriana nº 5, 3ª, era un agujero infecto. Pero era nuestro agujero. Con nuestras fotos, nuestros post-its que la gente dejaba cuando venía a vernos, nuestros vasos y sillas robados … Y, sobre todo, con nuestro balcón.

Yo sobreviví al Erasmus: Cerco e Trovo

Cerco e Trovo es un periódico de la región de Umbría, Italia. Su nombre significa “busco y encuentro”. ¿El qué? Lo que te dé la gana, pero como no estábamos para comprarnos una Vespa y hacernos los spaguetti todavía, moviendo mucho la mano y eso, pues nosotros lo utilizábamos para buscar casa.

Hablo de Vero, Carlos y yo, claro. Los tres que llegamos como pudimos al hostal que había reservado Charlie (que estaba en todo), asfixiándonos por unas cuestas infernales al bajarnos de aquel autobús que os contaba en el último post perugino,

Vamos a ver, 12 euros la noche no pueden dar para mucho, claro. Lo bueno que tenía es que era el Ostello della Gioventù, es decir, era para jóvenes. Y ahí estábamos todos, más perdidos que un pulpo en un garaje intentado que la señora que lo regentaba no nos timara, y a la vez tratando de entender las condiciones que esos maravillosos 12 euros implicaban. A saber: que compartías cuarto con desconocidos (obvio); que no había llaves, sólo pequeñas taquillas para guardar los portátiles y algo más de valor; que los chicos iban a un pasillo y las chicas a otro (ciao, Carlos), y que no podías estar en el hostal de 10 a 16 h. (La foto es de la habitación que ocupamos Vero y yo. Che bei momenti.)

El primer día no estuvo mal. Era viernes, hacía bueno, y después de una noche de lucha con nuestras compañeras de cuarto porque nosotras queríamos dormir después del viaje que incluyó tres horas de absoluta falta de orientación en Termini, salimos a buscar casa.

Ese mismo día conocimos a dos de nuestros mejores amigos ahí: Felipe y Paula. Se conocían de Galicia y se habían encontrado ahí por casualidad, y mientras Felipe empezaba a mover hilos para organizar fiestas (el que no corre, vuela), Paula  se iba con el Rober, su padre, que se vino a Perugia a ayudar a su filla a encontrar el apartamentiño.

Aquel viernes hicimos lo que debíamos: contratar móviles Wind, la compañía más barata del mundo mundial, comprar un Cerco e Trovo… y llamar. Llamar sin saber italiano. Llamar a las casas que tuvieran camino, según los anuncios, porque si tenían pasillo y aparecía especificado, es que eran grandes. Luego resultó que camino es chimenea y no pasillo, pero oye, que tampoco nos hubiera venido mal.

Sin encontrar nada, pasamos una noche más en el hostal y Carlos se levantó al día siguiente a lo Walking Dead (como el de la foto, più o meno). Aún no estaba muerto, pero las anginas y la fiebre que tenía tampoco le ayudaban mucho a tener un aspecto saludable. Pero la mujer del ostello no dio su brazo a torcer. Lo mismo da que pidas meter un tío en tu cama o que te dejen quedarte porque estás muriéndote de fiebre: las reglas son las reglas, y los italianos, así a gran escala como que no las respetan mucho, pero en ese hostal se hacía lo que decía la signora como si fuera el Papa.

Así que nada, Charlie a las escaleras de la catedral agonizando, y nosotras a buscar, teniendo como reto encontrar una casa decente para que durmiera esa noche.

Ese sábado Vero me acabó llamando Yoko Ono. Yo, que he sido mujer perla toda la vida -y hasta esa misma semana las llevé-, me contentaba con cualquier mierda que viéramos. PORQUE ESTABA HARTA.

En 48 horas visitamos de todo: pisos lejísimos del centro; casitas en las que teníamos que ir agachadas porque si no, nos dábamos con los techos; caseros que afirmaban necesitar inquilinos, pero cuyos cuartos estaban sospechosamente ocupados (ordenador encendido, zapatillas de andar por casa bajo la mesa, música puesta); casas en las que, atención, no había plato de ducha, sino una alcahofa, y en el centro del baño un sumidero por el que se iba toda la mierda. ¿Que se resistía? Una ayudita con la escoba de la esquina y ya está. O sea, bien visto, es cómodo, porque te puedes duchar haciendo de todo. De todo.

Pues hasta eso llegué a aceptar. Gracias a Dios, Vero me pegó algún grito -ya se sabe que se coge confianza en seguida con estas cosas- y reaccioné.

Y entonces acertamos. Llamamos a un chico que nos dijo que ya había alquilado su casa, pero que su tía, Adelia, alquilaba un apartamento cerca del centro. La llamamos y… bueno, todo el mundo sabe cómo es una señora anciana al teléfono… Pues prueba a ponerte a hablar con una italiana sin posibilidad de mantener un diálogo coherente en ningún idioma común.

No sé cómo, pero lo acabamos haciendo, y esa tarde conocimos a Adelia, una de las personas más importantes en nuestro erasmus y que merece un capítulo aparte… Porque nos consiguió Via Imbriani, nuestra casa perugina.

PS: Minchia, quanto mi manca Perugia!

Transporte público

Pues resulta que aún no soy millonaria. No os puedo contar el plan maestro con el que pretendía dominar el mundo y ser asquerosamente rica a estas alturas de la vida, porque quizá algún día quiera retomarlo. El caso es que no lo he conseguido, y eso significa que aún tengo que ir en autobús a trabajar.

Y si hay algo que une en esta vida es el transporte público. Los efluvios, la mala leche, incluso las alegrías y las penas. Todo se comparte en un autobús, metro o tren. Los taxis creo que son un capítulo aparte y no me apetece entrar en los topicazos sobre ellos.

Hoy vamos a hacer una radiografía del metro y del autobús de la Comunidad de Madrid, que son los que conozco… También trabajé mucho el Cercanías en mi época universitaria, pero no tiene la mitad de gracia que los otros dos transportes, más que nada porque, precisamente, es el doble de grande. Y lo importante del autobús y del metro es que unen, como ya he dicho. Porque, ¿quién no se ha caído encima de alguien y le ha pegado tal pisotón que se ha pasado el resto del trayecto sonriendo como una pánfila, como si eso compensara? ¿O a quién no se le ha enganchado el típico pesado que te pregunta por dónde se va a tal lugar, y de ahí te despistas y te cuenta su vida en verso? ¿O la clásica señora mayor que te enumera sus actividades del día y lo bien que va ella en autobús a los sitios, con lo mal que está Mari Pili en su casa, que antes andaba perfectamente y ahora la pobre ni subirse al autobús puede?

Sí, en el transporte público madrileño puedes ver lo que sea, pero hay unos estereotipos que no te los quita nadie si vas en hora punta. A saber: los carritos con bebés, niños más creciditos, los ancianos (más ellas que ellos, ya se sabe), gente con aspecto de ser profesor de matemáticas o de lengua en colegios/institutos, y jóvenes en todas sus vertientes, es decir, más o menos maleducados.

Veamos: los carritos. Yo no sé si seré madre algún día sólo por el hecho de no tener que sacar a mis hijos de casa jamás. En tu propio coche es más o menos fácil -antes lo era más, cuando íbamos sueltos por todo el coche sin tener que llevar sillitas ni cinturón-, pero para ir en un taxi también lo tienes complicado, y en el transporte público es misión suicida, vaya. En el metro tienes que pelearte con las escaleras mecánicas, pero en el autobús tienes que luchar contra la gente, que es peor.

Todos sabemos que hay un espacio reservado para sillas de ruedas y carritos, ¿verdad? Y que es el lugar más cómodo para estar de pie si no hay asientos también lo sabemos. Y claro, la madre con el carrito lo que sabe es que lo que va a conseguir es que al menos cuatro pasajeros se hagan mucho más íntimos, porque hay que reorganizarse, y uno se reorganiza apretándose. Y cuando salga, igual, porque los demás nos habremos puesto a su alrededor, dejando esa isla para el cabrón del niño, que hace burbujas con las babas mientras los demás no paramos de darnos golpes y engancharnos de las barras como mandriles. Conclusión: más te vale que tu bebé sea ideal, porque de lo contrario vamos a desear que llore todas las noches y no te deje dormir en un par de meses.

Si encima esa madre va con un niño que no para de pegar gritos, todo se hará peor. Pero bueno, siempre hay niños. Niños que en el metro giran en las barandillas como si fueran barras de showgirls y no de sujeción; sólo que ellos en vez de desnudarse acaban dándose la galleta del siglo y llorando, o siendo regañados por el adulto que les acompañe y, por tanto, berreando -que no es llorar, seguro que apreciáis la diferencia-. Niños que en el autobús no saben dónde agarrarse y acaban tirando de bolsos, culos o abrigos a discreción. Niños que comentan cada cosa que alcancen a ver por la ventanilla, o lo que vean dentro del autobús, lo cual puede ser incómodo si se refiere a lo feo que es alguien, por ejemplo. Y, sobre todo, niños que invariablemente comen; porque hay una creencia popular que dice que los niños donde mejor meriendan es en el autobús o en el metro, y la gente no se da cuenta de que, sobre todo en invierno, el olor se queda atrapado para siempre jamás en un sitio con las ventanillas cerradas. Y es asqueroso. Pero los niños son mis pasajeros favoritos, todo hay que decirlo.

Bueno, no tanto como la gente que va acompañada y se cuenta su vida, e inevitablemente consiguen que te quites los cascos para escuchar su conversación.

Seguimos. La gente con aspecto de ser profesores. En serio, sabéis a lo que me refiero. Que sí, que habrá profesores de todo tipo, y esta gente a lo mejor es cantante de una banda de rock, yo que sé, pero si ves a un señor con un traje tirando a verde, gafas con cuerda en el cuello, y leyendo o haciendo sudokus o crucigramas te tiene que recordar obligatoriamente a una clase de colegio; y si les ves corrigiendo exámenes diría que has dado en el clavo. La cuestión es que esta gente siempre está. Es gente apagada, pero amable; con pinta de aburrida pero a veces entrañable. Son los que te mirarán mal si les pisas al llegar, pero te aceptarán con la mirada si sacas un libro. No suelen moverse ante las madres con hijos; nada les achanta.

Los ancianos son otro rollo. Para empezar, si eres una persona medianamente educada, dejarás que un anciano suba antes que tú, aunque acabe de llegar y tú lleves tres horas. Pero no importa, porque aunque no les dejaras al no darte cuenta, por ejemplo, ellos te meterán un codazo antes de permitir que alguien se les adelante; como en la cola del súper, vamos.

Una vez montados, es obvio que hay que ceder el asiento… Ya, ¿pero dónde está la línea que define cuándo se le debe ceder el asiento a un anciano? No, claro, yo me pongo en la situación: a lo mejor tengo sesenta y algo, estoy perfectamente, y me viene una mocosa diciendo que me cede el asiento… Y me acaba de echar 10 años encima. Pues ni puta gracia.

Pero vamos, de pie o sentados ellos se entretienen, porque van a hablar con cualquiera que se les ponga a tiro. Da igual que lleves cascos o te pongas a leer, les vas a escuchar  y punto. Y también da igual que estés de pie porque la próxima es tu parada, vas a dejarles pasar porque él o ella preguntará “¿vas a salir, bonita?, “sí, voy a salir”, “ya, pues es que estás bloqueando la puerta y no vas a dejar salir a los demás”. Codazo y pa’ fuera, aquí hay preferencia tanto para entrar como para salir, o te crees que son tontos.

Ah, y la culpa de que el autobús esté a 110º C es suya. Da igual que esté lleno de vaho y no se vea el exterior, y que vaya todo el autobús sudando: las ventanas se quedan cerradas. ¿Estamos?

Por último, los adolescentes… más o menos de los 14 a los 20 años. Creo que en un autobús o en el metro sale a relucir la educación, de los jóvenes y de todos, pero si eres un adulto hecho y derecho más o menos se espera algo de ti, en cambio a mí me alucina que parece que de los adolescentes no se espera nada. Sé que sueno como una vieja, pero esto se acaba de convertir en un post de denuncia social, maldita sea… ¿Y sabéis qué? Que me lo guardo para el próximo, probablemente mañana, porque me he ido cabreando a medida que pensaba qué decir.

Joder, qué mayor me hago.

PD: Así con todo, lo más chocante que he visto últimamente fue un señor trajeado de 1.90 m., más o menos, leyendo muy seriamente “Mujeres de Manhattan”, el libro que inspiró la serie “Sexo en Nueva York”. Con su título escrito como en pintalabios. Sí, sí.

Y tan pichi.