Empezamos el 2009 con exámenes. Ah, feliz año y eso. ¿Bien todo, no? Me alegro…
El caso, que estoy de exámenes. Y sí, sé que ya he escrito más de una vez sobre el tema -Cosas para hacer en época de exámenes, Cómo saber que estás de exámenes, Los apuntes: esos grandes desconocidos, Blablabla, Post para no tener que estudiar-, y también soy consciente de lo pesada que soy con los links -en realidad es por vuestro propio bien, para que me entendáis-, pero es que siguen estando ahí… En cuanto me despisto, ya me están poniendo exámenes.
El curso es como un juego de la oca, pero en vez de “oca a oca” aquí vamos de “fiesta en fiesta“. No, no es que yo sea la reina del mambo (o sí, yo qué sé, no me importaría), pero me refiero a que los estudiantes solemos estar en la inopia cuando los exámenes empiezan a asomar la cabeza. Porque, claro, termina el verano y hay que hacer una fiesta para celebrarlo; todavía no hay mucho que hacer para la universidad, oye pues vamos a salir; cada vez que haya puente lo damos todo, que sea diferente a cualquier fin de semana; si hay un cumpleaños tenemos que celebrarlo a lo grande… Y así entras en una dinámica con la que te plantas en Navidades aprovechando cualquier ocasión para salir de fiesta. (“Que me he comprado una falda nueva, tíaaaa, ¡cómo no vamos a salir!”) Creo que me seguís.
Absolutamente nadie puede estudiar en Navidad. Yo desde luego soy incapaz. No sólo por los días de fiesta, sino por esa sensación de “me puedo quedar todo el día en casa tumbada viendo pasar mi vida porque a mí me da la gana”. Es superior a mí.
Pero este año me han adelantado los exámenes, y aquí estoy, con el primero en dos días y planeando qué hacer para el cumpleaños de una amiga este sábado, o recordando lo bien que me lo pasé el viernes cuando salí con dos amigas a celebrar que nevaba; bueno, mejor dicho, a celebrar que conseguimos sacar a una de ellas de casa a pesar de la nieve, que la gente se idiotiza con el mal tiempo y el otro día éramos tres colegas sin miedo a caernos en el hielo.
Pero es que estudiar aburre. Y que nadie me lo niegue. Yo tengo asignaturas que me gustan, de verdad. Tengo clases en las que disfruto porque hablamos de cosas interesantes (y porque tengo un profesor monísimo también), pero tener que meterme algo por la fuerza me repatea. Además, yo estudio mal, porque las asignaturas que no me gustan me las aprendo de memorieta y luego las olvido, y para eso… Pues sí, me voy de juerga.
El caso es que algún día quiero ser una periodista que informe de cosas interesantes, así que tendré que sacarme la carrera, digo yo. Y para eso tengo la biblioteca.
Viendo cómo me voy por las ramas en todos mis posts, creo que no es difícil deducir que soy la típica que se sienta en una mesa y de pronto encuentra fascinante hasta dónde puede sacar la lengua, o descubre lo difícil que es darle vueltas al boli distraídamente mientras lees los apuntes (algún día aprenderé sin lanzarlo por los aires). Y como en mi casa tengo ordenador, teléfono, libros, comida, revistas y televisión -por ese orden-, pues me tengo que ir a la biblioteca, a rodearme de gente tan desgraciada como yo.
En exactamente seis periodos de exámenes (contando con este) he pasado por más de una biblioteca, y tengo que decir que existen dos tipos bien diferenciados: a las que se va a estudiar y a las que se va a hacer vida social. Y esta clasificación es totalmente subjetiva, es decir, yo puedo ir a estudiar a la facultad de Derecho de la Complutense sin problemas, y conozco a más de una persona que me ha dicho que es imposible. El quid de la cuestión radica en el número de conocidos que también estudie en dicha facultad.
En prime
ro de carrera me lo pasé fenomenal yendo a la Autónoma. En la facultad de Medicina hay una biblioteca enorme -con una parte que abre 24 horas- a la que iba la mitad de la gente que conozco en Madrid. El día de “estudio” era más o menos así: llegábamos, descanso para coger algo de la máquina, íbamos fuera porque X quería fumar, entrábamos, qué calor y qué hambre, comíamos en la cafetería, nos sentábamos ya en serio (“¿eh?”), íbamos a la sala de ordenadores “un momentito”, se nos hacía tarde porque luego pillábamos atasco, y… me quedaron cuatro de seis.
Tras este (cantado) fracaso, intenté pegarme a mi querida prima Inés, que saca notazas, y me fui con ella a la biblioteca de Icade. Ok, imaginad un pase de modelos -con tacones, pulseras y pendientes que hagan mucho ruido-, ahora poned alrededor mesas cubiertas de apuntes y libros abiertos (eso de poder reservar el sitio el tiempo qu
e quieras es una verdadera maravilla)… et voilà, Icade. ¡Ahí nadie estudiaba! Estaban todos levantándose cada dos segundos y hablando entre ellos o por el móvil sin parar. Y como algún defensor escriba un comentario llevándome la contraria, me ofrezco a ir un día con una cámara oculta. Esa única tarde que estuve yo, Inés acabó confesándome que cuando está realmente agobiada por los exámenes y ya tiene que estudiar en serio, se queda en casa.
Por supuesto, hay más facultades y además están las públicas, que también las he probado, pero creo que eso es algo bastante personal, y una vez que encuentras la biblioteca “que te vale”, ya no vas a otra. En mi caso, como ya he dicho, es Derecho, y ahora mismo me encuentro en una disyuntiva horrorosa, porque este año han decidido que no ponen calefacción. Y no pienso unir al sufrimiento de los exámenes una hermosa pulmonía. Paso. De todos modos, por muchas bibliotecas que haya, los sujetos que te encuentras en ellas son siempre los mismos.
Primero está el que es incapaz de pedir un pañuelo (asumo que no tiene, porque si no ya es delito). Suelen ser chicos, lo siento. Aparte de ser asqueroso, me pone enferma, porque es como cuando alguien da golpecitos con el lápiz: es un ruido monótono que me ataca los nervios -como el del reloj para dormir-. Por ejemplo, las amigas que van a fichar al guapo de turno -sí, son chicas- suelen ser más ruidosas, pero a mí no me molestan tanto como el anterior. A menos que se rían. Como se empiecen a reír por cualquier tontería me dan ganas de asesinarlas con alguno de sus tomos de Penal. Un golpe seco y me río yo.
Como veis, estos días mis instintos asesinos están a flor de piel, y tampoco se libran de ellos los del móvil. Existe gente que va a la biblioteca sin amigos, se sienta, no abre los apuntes, y saca el móvil. Se pueden pasar una hora con el clickclickclick de las teclas y después marcharse. ¿Por qué?, no lo sé. Si vas con amigos, te despistas y estudias poco, lo entiendo, pero desplazarte a Ciudad Universitaria para releer mensajes o gastarte el saldo… mí no entender.
A pesar de lo que pueda aparentar, cuando voy sola siempre me cunde, porque me planto el forro polar, las gafas y el moño (¡el moño!), y entonces me pongo en modo-estudio. Como que me siento fea y cutre, prefiero no levantar la mirada de los apuntes. Así de simple soy yo.
Gracias a Dios -o, mejor dicho, a la Carlos III-, este año me han comprimido más los exámenes (yo sólo estudio bajo presión, así que tener muchos días entre ellos sólo me sirve para alargar la agonía), así que el 29 de enero vuelvo a ser libre. ¿Y sabéis cómo lo voy a celebrar esta vez? Yéndome a Punta Cana de viaje de ecuador el 10 de febrero.
Intentad no morir de envidia.
